Morning Glory

Cultura · Juan Orellana
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12 enero 2011
Esta película del veterano director afincado en Gran Bretaña Roger Michell es un ejemplo de aplicación de la fórmula del género de comedia sin más complicaciones. Quiere esto decir que, a la vez que carece absolutamente de originalidad o genio, sin embargo entretiene, divierte y aporta su dosis de reflexión social. No obstante, ni el director llega a la altura de su excelente Nothing Hill, ni la guionista Aline Brosh McKenna alcanza su anterior libreto de El diablo viste de Prada.

El argumento gira en torno al mundo de la televisión, un mundo salvaje sometido a la tiranía de las audiencias y en el que Becky intenta aportar su fe en el trabajo en equipo, en los sueños posibles y en el propio medio televisivo. Pero se encuentra con un muro de escepticismo, cuando no cinismo, narcisismos galopantes y competitividad sin cuartel. Pero como en cualquier comedia de trasfondo capriano, se abrirá finalmente paso lo más noble y humano de los personajes.

La película descansa sobre una gran actriz de comedia, Rachel McAdams, que tiene como antagonista a un sobreactuado Harrison Ford, que hace una interpretación demasiado mecánica. Como secundaria de lujo está Diane Keaton, que salva unas cuantas escenas, y también contamos con la presencia de Jeff Goldblum y de Patrick Wilson, que lleva a cabo la imprescindible subtrama romántica. Algunas situaciones son muy divertidas, la mayoría muy previsibles, y el tono general, aunque poco elegante, se deja ver. Siempre acompañado de una muy notable presencia de canciones pop muy conocidas.

La cuestión de fondo que se plantea es muy actual e interesante: el periodismo tradicional ya no tiene cabida en productos televisivos que, al tener como único cometido subir la audiencia, tienen que recurrir a lo grotesco, sensacionalista y esperpéntico a cualquier precio. Lo que propone el film no es la abolición de ese perverso sistema, sino el reciclaje de los buenos profesionales al nuevo y discutible formato.

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