Montini según Ratzinger

Mundo · José Luis Restán
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9 noviembre 2011
Las sobrias pero elocuentes palabras que Benedicto XVI ha dedicado en su Carta apostólica Porta fidei a la iniciativa tomada por Pablo VI en 1967 de convocar un Año de la Fe me han llevado a releer la homilía que el Papa Montini pronunció el 30 de junio de 1968 antes de proclamar solemnemente el Credo del Pueblo de Dios.

Dice Benedicto XVI que las grandes transformaciones que tuvieron lugar aquel año, hicieron que la necesidad de esa iniciativa fuese todavía más evidente, y que Pablo VI tomó esta decisión "consciente de las graves dificultades de aquel tiempo, sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación". Entendemos a lo que se refiere, pero hace falta releer las intervenciones de Pablo VI en aquellos días de plomo para captar toda la dureza del momento. Dureza que provocó una indescriptible amargura a un hombre sensible y delicado como pocos, que vivió y sufrió por y para la Iglesia. A este respecto recuerdo la confidencia del cardenal Thiandoum, que tras una audiencia descubrió a Pablo VI con lágrimas en los ojos: "Pedro lloró por haber traicionado, pero él lloraba por el sufrimiento que se le imponía para no traicionar".

"Bien sabemos, dijo en aquel verano incendiado del 68, por qué perturbaciones están hoy agitados, en lo tocante a la fe, algunos grupos de hombres, los cuales no escaparon al influjo de un mundo que se está transformando enteramente, en el que tantas verdades son o completamente negadas o puestas en discusión". Apenas quedaba un mes para que el Papa Montini publicase su última encíclica, la Humanae Vitae, que supuso para él un gesto de libertad y autoridad dolorosísimo que le reportó las críticas más injustas de todos los poderes de la tierra, el abandono de muchos amigos y la frialdad distante de no pocos episcopados. Está claro que en su mente y su corazón todo eso pesaba ya como una losa.

Y sin embargo Pablo VI no quedó paralizado por el dolor ni se enrocó en una mera posición defensiva. Él quería proclamar su inquebrantable voluntad de conservar íntegramente el depósito de la fe, pero también quería llevar la misma fe a la vida en el tiempo concreto, en la hora y el minuto en que la Iglesia tiene que peregrinar por este mundo. Por eso sentía a un tiempo la obligación de defender (incluso al precio de la propia vida) la tradición apostólica y la obligación de no interrumpir los esfuerzos para penetrar más y más en los misterios profundos de Dios, para proponerlos a los hombres de las épocas sucesivas cada día de un modo más apto. Ésta era la doble responsabilidad que sentía, aun sintiéndose "muy inferior en méritos", consciente de su pequeñez pero "con la inmensa fuerza de ánimo" que tomaba del mandato que le había sido confiado.     

No es la primera vez que Benedicto XVI coloca aquel momento dramático del pontificado del siervo de Dios Juan Bautista Montini, como espejo en el que mirarnos hoy. En su viaje a Brescia, la tierra natal de su predecesor, el Papa Ratzinger pronunció un verdadero homenaje del corazón a Pablo VI, pero hizo algo más, lo señaló como ejemplo de cómo se debe conducir la barca de la Iglesia bajo la tormenta. Frente a cambios estructurales, decisiones revolucionarias o golpes de efecto, él apostó por seguir "la línea de la confianza en Jesucristo, a quien su Iglesia le interesa más que a nadie", escogió la vía de una espera vigilante en la oración, y realizó el gesto más sencillo y clamoroso que le está reservado a un sucesor de los apóstoles: "como en otro tiempo, en Cesarea de Filipo, Simón Pedro, fuera de las opiniones de los hombres, confesó verdaderamente, en nombre de los doce apóstoles, a Cristo, Hijo del Dios vivo, así hoy su humilde Sucesor y Pastor de la Iglesia universal, en nombre de todo el pueblo de Dios, alza su voz para dar un testimonio firmísimo a la Verdad divina, que ha sido confiada a la Iglesia para que la anuncie a todas las gentes".

Sabemos que para Benedicto XVI una correcta teología de la historia es absolutamente necesaria para entender las esperanzas y tribulaciones del presente y para emprender con seguridad el camino al futuro. Por eso no es baladí ni ornamental que haya querido colocar en el frontispicio de su Carta Porta fidei esta memoria de aquel momento tremendo. Es impresionante cómo lee para nosotros la historia y el presente, con qué certeza humilde, pero luminosa y tranquila, aborda el paso que a tantos de nosotros nos hace meramente discutir y temblar.

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