Mirar antes de juzgar, el desafío de Francisco al llegar a Chile

Mundo · Cristiana Caricato
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16 enero 2018
Al final se le pregunté. Rostro serio y mirada directa. “Santo Padre, ¿podría decirnos qué es lo que le da su médico? Nosotros corremos sin tregua para intentar seguirle el ritmo y usted está siempre super en forma”. Me mira al principio un poco cauteloso, como intentando descifrar el tono de mi razonamiento, y luego me suelta con sorna: “Pero si yo no voy al médico, voy a una bruja”. No hay quien le pille, siempre sabe salir airoso, incluso cuando le asaltas en la ronda de saludos a gran altitud, en el Boeing 777 que le lleva a Santiago. 

Al final se le pregunté. Rostro serio y mirada directa. “Santo Padre, ¿podría decirnos qué es lo que le da su médico? Nosotros corremos sin tregua para intentar seguirle el ritmo y usted está siempre super en forma”. Me mira al principio un poco cauteloso, como intentando descifrar el tono de mi razonamiento, y luego me suelta con sorna: “Pero si yo no voy al médico, voy a una bruja”. No hay quien le pille, siempre sabe salir airoso, incluso cuando le asaltas en la ronda de saludos a gran altitud, en el Boeing 777 que le lleva a Santiago. La capital de Chile era la primera etapa de su visita a América Latina, la segunda será Perú. Países que él mismo ha reconocido conocer bien, pues los frecuentó siendo un joven estudiante jesuita, luego como provincial y finalmente como obispo. En Chile tiene más de un amigo, además de muchos recuerdos, como cuando con sus antiguos compañeros de la casa de formación en la periferia de Santiago se divertía definiendo a Chile como “una franja de tierra larga y estrecha, agarrada a las montañas para no caer al mar”.

Cuenta las anécdotas en español, idioma que estos días le permitirá desenvolverse libremente con los fieles que acudirán a recibirle a todas partes. 21 discursos previstos en una semana, pero no parece que le preocupen demasiado cuando le ves en la fila del avión charlando con los corresponsales, fotógrafos y cámaras, o matando el tiempo interminable de un vuelo de más de 15 horas. Las primeras de las 42 que pasará en el aire en su 22º viaje internacional. Termina dando también alguna información, poniéndonos al corriente de que la de Santiago es la ruta más larga de Alitalia, la compañía que siempre tiene el honor de llevarlo a su destino. Charlando y saludando, entre bromas, autógrafos y selfies, termina respondiendo también a una pregunta que se adelanta a la habitual rueda de prensa del vuelo de vuelta.

La compañera del Messaggero le pregunta si realmente tiene miedo de una posible guerra nuclear. Francisco no vacila y, como dijo hace tan solo ocho días al cuerpo diplomático reunido en la Sala Regia del Palacio Apostólico, responde que estamos al límite. “Me da miedo que hasta un simple incidente pueda desencadenar una guerra nuclear. No se puede correr el riesgo de que la situación se precipite”. Un pontífice asustado, es decir, más convencido que nunca de que el desarme nuclear es impostergable. “Hay que destruir las armas”, dice con firmeza al terminar la conversación, antes de pasar a otro tema y a otra cuestión. Pero en sus ojos todavía lleva la mirada del niño japonés con su hermanito muerto cargado a la espalda, captada en 1945 en una dramática imagen en sepia por Joseph Roger O`Donnell, fotógrafo americano. Estaba delante de un horno crematorio, en una Nagasaki recién atacada por la bomba atómica.

El Papa eligió ese retrato verjurado con unas palabras de su puño y letra, “…el fruto de la guerra”, para recordar, poco antes de Navidad, lo que está en juego. También nos la ha querido dar a nosotros. No esconde su conmoción cuando la encontró casualmente. Ni su decisión de hacerla imprimir y repartir porque, explicó, un rostro marcado por el dolor dice más que “mil palabras”. Podría ser el lema del pontificado, por todo lo que dice el Papa de los gestos y de la consolación, dispuesto a afrontar el enésimo desafío en un país que pocas horas antes de su llegada prendía fuego a las iglesias y ocupaba sedes diplomáticas en señal de protesta por la invitación al sucesor de Pedro.

Será una hermosa sorpresa para todos, chilenos o no, seguir a Francisco, el hombre del diálogo y de los puentes: mirar antes de juzgar, compartir para amar.

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