Mirar al otro como hermano para salvarnos, nosotros y el mundo

Mundo · Andrea Tornielli
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6 octubre 2020
Estamos rodeados por las “sombras de un mundo cerrado”, pero hay quien no se rinde ante el avance de la oscuridad y sigue soñando, esperando, ensuciándose las manos, comprometiéndose para crear fraternidad y amistad social. La tercera guerra mundial a pedazos ya ha comenzado, la lógica de mercado fundada sobre el beneficio parece vencer sobre la buena política, la cultura del descarte parece prevalecer, nadie escucha el grito de los pueblos que pasan hambre, pero hay quien indica un camino concreto para construir un mundo distinto y más humano.

Estamos rodeados por las “sombras de un mundo cerrado”, pero hay quien no se rinde ante el avance de la oscuridad y sigue soñando, esperando, ensuciándose las manos, comprometiéndose para crear fraternidad y amistad social. La tercera guerra mundial a pedazos ya ha comenzado, la lógica de mercado fundada sobre el beneficio parece vencer sobre la buena política, la cultura del descarte parece prevalecer, nadie escucha el grito de los pueblos que pasan hambre, pero hay quien indica un camino concreto para construir un mundo distinto y más humano.

Hace cinco años, el papa Francisco publicaba la encíclica Laudato Si’, captando de manera evidente las conexiones existentes entre crisis medioambiental y social, guerras, migraciones, pobreza. E indicaba un objetivo que alcanzar: un sistema económico y social más justo y respetuoso con la creación, que ponga en el centro al hombre custodio de la madre tierra y no al dinero elevado a divinidad absoluta. Ahora, con la nueva encíclica Fratelli Tutti, el sucesor de Pedro muestra un camino concreto para alcanzar dicho objetivo: reconocerse hermanos y hermanas, hermanos por ser hijos, custodios unos de otros, todos en la misma barca, como ha puesto aún más en evidencia esta pandemia. El camino para no rendirnos a la tentación del ‘homo homini lupus’, de los nuevos muros, del aislamiento, y mirar en cambio el icono evangélico del buen samaritano, tan actual y tan fuera de nuestros esquemas.

El itinerario señalado por el papa Francisco se funda en el mensaje de Jesús, que borra toda extrañeza. De hecho, el cristiano está llamado a “reconocer a Cristo en cada ser humano, para verlo crucificado en las angustias de los abandonados y olvidados de este mundo y resucitado en cada hermano que se levanta”. Pero el de la fraternidad es un mensaje que también pueden escuchar, comprender y compartir hombres y mujeres de otros credos, así como no creyentes.

La nueva encíclica se presenta como una summa del magisterio social de Francisco, y recoge de manera sistemática apuntes de pronunciamientos, discursos e intervenciones de sus primeros siete años de pontificado. Toma su origen e inspiración sin duda del “Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común”, firmado el 4 de febrero de 2019 en Abu Dabi con el gran imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyib. De aquella declaración común, piedra angular del diálogo entre religiones, el Papa vuelve a proponer un llamamiento para que se adopte el diálogo como camino, la colaboración común como conducta y el conocimiento mutuo como método y criterio.

Pero sería reductivo relegar esta nueva encíclica tan solo al ámbito del diálogo interreligioso. El mensaje de Fratelli Tutti se dirige de hecho a cada uno de nosotros. Y también contiene páginas luminosas sobre el compromiso social y político. Puede resultar paradójico que sea el obispo de Roma, una voz en el desierto, quien relance hoy el proyecto de una buena política. Una política capaz de retomar el papel que le es propio, y que durante demasiado tiempo ha delegado en las finanzas y en la fábula de los mercados que producirían bienestar para todos sin necesidad de ser gobernados. Hay un capítulo entero dedicado a la acción política vivida como servicio y testimonio de caridad, que se nutre de grandes ideales y proyecta el futuro no pensando en la pequeña ganancia electoral sino en el bien común, y especialmente en el futuro de las nuevas generaciones. En un tiempo en que muchos países cierran sus fronteras, es precisamente el Papa quien formula la invitación a no perder la confianza en los organismos internacionales, aunque necesiten reformas porque no solo importan los más fuertes.

Entre las páginas más potentes de esta encíclica figuras las dedicadas a condenar la guerra y el rechazo a la pena de muerte. Siguiendo la huella de la Pacem in Terris de Juan XXIII, partiendo de una mirada realista a los catastróficos resultados que tantos conflictos de las últimas décadas han causado en la vida de millones de personas inocentes, Francisco recuerda que hoy es muy difícil sostener los criterios racionales madurados en otros siglos para hablar de una posible “guerra justa”. Del mismo modo que resulta injustificado e inadmisible el recurso a la pena capital, que debe ser abolida en todo el mundo.

Es verdad, como señala el Papa, que “en el mundo actual los sentimientos de pertenencia a una misma humanidad se debilitan, y el sueño de construir juntos la justicia y la paz parece una utopía de otras épocas”. Pero hay que volver a soñar, y sobre todo realizar juntos ese sueño. Antes de que sea demasiado tarde.

Vatican News

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