Mirar a un dragón

Sociedad · GONZALO MATEOS
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18 mayo 2023
Es ante lo incomprensible cuando salta la curiosidad y el deseo de comprender una realidad que te supera. Los conceptos crean ídolos, solo el asombro conoce.

“Los conceptos crean ídolos, solo el asombro conoce”. Me dice mi amigo Luis, del que me fío plenamente, que, en esta cita de San Gregorio de Niza, retomada en un libro por Luigi Giussani, se encuentra concentrado todo. Y me pongo a comprobar si está en lo cierto. Cada vez es más frecuente caer en la cuenta que no entiendes lo que pasa a tu alrededor, que cada vez sabes menos de lo importante y que incluso si te esforzaras mucho nunca llegarías a poder entender algunas cosas que pasan o intuir lo que está por ocurrir. Pero es ahí precisamente cuando empieza la aventura. Es ante lo incomprensible cuando salta la curiosidad y el deseo de comprender una realidad que te supera. Se abre entonces una dimensión imprevista que mueve la voluntad impulsada por el deseo y el nacimiento de una novedad que antes no existía. Un asombro que a veces es incomodidad o fastidio, y otras fascinación o admiración.

Un poco antes de la pandemia otro buen amigo me llevó a conocer un pequeño rincón de la Sierra de Guadarrama, cuyo nombre prefiero no mencionar. Se trata de un reducido circo glaciar accesible tras una larga y empinada caminata a través de un intrincado pinar que actúa de barrera de ruidosos excursionistas, reemplazándoles por un exiguo rebaño de cabras montesas y un inmóvil buitre negro pintado en el cielo. Un transparente y cantarín arroyo de agua limpia rasga en dos una fulgurante llanura de hierba verde y flores silvestres. Fiándome de mis recuerdos intenté volver por mi cuenta meses más tarde. Me perdí y derrotado prometí volver. Me hice con mapas de la zona y con nuevos ánimos inicié ilusionado la misteriosa ascensión. Y otra vez acabé fuera de camino y sin poder avanzar. Rendido decidí dar la excursión por finalizada cuando de la nada aparecieron dos montañeros que me resituaron. Sacando fuerzas de flaqueza llegué emocionado al ansiado circo. Y he vuelto en solitario días atrás a sentirme de nuevo desbordado en un lugar que me deja sin aliento, que me trasciende y que me habla de algo más grande de lo que puedo expresar, algo que me remite más allá, que ya no me es extraño y que deseo no quedarme para mí solo. Como el pastor errante de Leopardi ante la belleza experimentada, la belleza existencial.

Es la misma fascinación que le llevó a Tolkien a construir la mitología más influyente de la literatura moderna. En su juventud Tolkien leyó unos versos del poema medieval Cynewulf sobre la estrella de la mañana (Eala Eardendil engla beorhtast…). Se sintió extrañamente conmovido.  “Sentí una palpitación de curiosidad, como algo hubiese tocado una fibra dentro de mí, medio dormida. Había algo muy remoto y extraño y hermoso detrás de esas palabras, algo que deseaba alcanzar y que iba mucho más allá del inglés antiguo”. Dar pleno significado a ese verso fue la obra de su vida. Cuando le preguntaban cuál era la función de su literatura que sigue maravillando a millones de contemporáneos respondía que era recuperar una posición de “asombro” ante la realidad. Y que la única manera de hacerlo era dejándose sorprender por algo nuevo, maravilloso, fantástico, aparentemente irreal. Tolkien nos invitaba a una renovación en el sentido de un volver a ganar una visión prístina. Ver las cosas cotidianas como si las viéramos por primera vez y deberíamos ponerles nombre. Como miraríamos cuando de manera imprevista nos cruzáramos con un dragón. Y esto pasa incluso cuando observamos nuestras propias creaciones.

Mi mujer y yo cumpliremos en los próximos días veinticinco años de casados. Recordando estos años juntos, observando nuestro camino y nuestra realidad se impone la sensación de desproporción que se convierte proporcionalmente en un inevitable agradecimiento. Ese milagro de sostener en sentido amplio a una familia durante un cuarto de siglo excede sin duda las capacidades de cualquiera. Afirma Diego Garrocho en una entrevista reciente que no entiende mayor éxito hoy que el de quienes han sido capaces de sacar una familia normal adelante. Algo sencillo pero muy complejo a la vez. En la familia, en la amistad, en el amor, se produce algo infinitamente más grande que la suma de lo que uno ha podido aportar. Y un miedo a perderlo. Esto se hace mucho más evidente con la vida de nuestras tres hijas, algo que nos deja con la boca abierta. Cuando nos miramos el uno al otro se nos hace evidente que no hay mejor manera de situarse ante la realidad que la que percibe lo que hay de nuevo y maravilloso, de misterioso y de fascinante en ella, y que no puede ser suplida por una mirada “realista” o “científica”.

Pero es que en la ciencia ocurre lo mismo. Basada en la misma cita de San Gregorio el profesor de Astrofísica Marco Bersanelli explica en un ensayo publicado cómo el asombro y la contemplación de la realidad están en el origen y en cada paso de la ciencia entendida como aventura humana. El hecho de que sea posible conocer científicamente, afirma, es uno de los mayores misterios de la experiencia humana. “Lo más incomprensible del universo es que sea comprensible” decía Einstein. La contemplación de una noche estrellada con la Vía Láctea atravesando el cielo sólo nos puede llenar de estupor y de una irrefrenable invitación a saber más de ella. Tengo un hermano que se dedica profesionalmente a mostrarla a otros. Estudiar la expansión del universo, el inicio de la creación de la vida y la de nuestra autoconciencia no pueda más que dejarnos estupefactos y demuestra que hemos sido hechos para entrar en relación con toda la realidad sin dejar nada fuera.

Estos días se me presentan acontecimientos en la misma dirección. Una amiga me cuenta serena que haber superado recientemente un cáncer de mama le ha ayudado a entender mejor qué es la vida. En el trabajo la preparación de la Presidencia de España del Consejo de la UE genera una ilusión y un entusiasmo nuevos no exento de trabajo y sacrificio. Veo comprometidas a mis hijas en sus afanes y me dejan anonadado. Un amigo ya de vuelta de muchas cosas me cuenta sorprendido el afecto recibido inesperadamente tras publicar un libro. Otra amiga me cuenta emocionada el inicio de un proyecto voluntario y gratuito en una escuela en un entorno desfavorecido. Al final va a tener razón Luis y en la capacidad de asombro nos jugamos el poder conocer lo que es verdaderamente el mundo.

 

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