Mil años de oración: el triunfo de la esperanza

Cultura · Josep Maria Sucarrats
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18 abril 2008
Con alguna que otra semana de retraso, por fin se estrena esta perla premiada en el Festival de San Sebastián con la Concha de Oro, y con el premio SIGNIS y del CEC. Ha tocado esperar un poco, pues, a que se estrenara este pequeño cuento de lo humano, que parece visitarnos en el zarandeo cotidiano para darnos un poco de esperanza.

 

Dirigida por Wayne Wang, es ésta una película minimalista, lejos de los proyectos comerciales del director; poco metraje y atención a la esencia. Wang desea aprovechar en la cinta las peculiaridades de su propia biografía (el contraste entre su nacionalidad estadounidense y el hecho de ser oriundo de Hong-Kong) para viajar hasta lo común y lo diverso de la naturaleza humana.

Narrada casi como un cuento oriental, Mil años de oración retrata de modo sencillo y sin sobresaltos el reencuentro tras doce años de separación entre un padre chino y su hija, que vive en Norteamérica. El Sr. Shi, un viudo de Pekín, se traslada a Estados Unidos para ayudar a su única hija, Yilan, a recobrarse de su reciente divorcio. El Sr. Shi (fantástico Henry O) pretende con el viaje que su hija recupere su matrimonio y rehaga su vida; sin embargo, no espera que su hija le evite constantemente en un vacío de comunicación. Los silencios entre padre e hija y la perplejidad ante un mundo insólito llevan al viejo Sr. Shi a entrar en la ciudad, donde conoce a Madam, una señora mayor que huyó de la revolución iraní. De ese encuentro sorprendente de lenguas, tradiciones y creencias distintas en un mundo extraño (América) surge una amistad que se convierte en una compañía que da sentido y afecto al vivir. Será precisamente este punto lo que permita, tras la desaparición de Madam y las discrepancias con Yilan, que el Sr. Shi inicie un recorrido hacia recovecos donde reside la felicidad.

Mil años de oración ofrece un microcosmos del mundo actual, distanciado por diferencias culturales, generacionales, religiosas e ideológicas. La película muestra el camino que hay que recorrer ineludiblemente (y que equivale a mil años de oración) para que se produzca el acercamiento y la comunicación necesaria para el resurgir de lo humano. Wang cincela de modo tranquilo y afable, sin que esto signifique inocuo o desalmado, un conjunto de relaciones que por su grado de diferencia deben ir a lo común y esencial. El director de Smoke retrata así un grito al trato imprescindible que despierta nuevamente el deseo concreto de la felicidad a partir de relaciones fotografiables.

Debemos agradecer a Wayne Wang que cree un símbolo de la espera de todo ser humano para advertirnos de la necesidad de relación con el logos, con la esencia de lo que nos constituye y que conforma el conjunto de nuestras exigencias. Como se dice en la película, uno puede ser un arruinado o venido a menos, una divorciada o venida a más, una extranjera o dislocada, pero sea como sea nunca es tarde para empezar de nuevo a vivir un momento de ternura hacia la propia existencia o vocación. El genio de Wang es reconocer que éste es un camino de petición despertado siempre a partir de una trama de relaciones. Son precisamente éstas aquello que permite sacar (como en esa bella imagen de las niñas rusas) el grito humano que reclama, a través de mil años, que, por favor, sea posible la felicidad.

Una propuesta interesante y a considerar esta semana, digna de ser vista y comentada, y que compite con otra de las grandes propuestas del momento, la recién estrenada La banda nos visita. Dos ofertas atentas a lo humano de un modo insólito en el cine actual y que vale la pena no dejar escapar.

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