Miedo y nostalgia de un abrazo

España · Federico Pichetto
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27 octubre 2016
Cuando la tierra vuelve a temblar, da miedo. En el silencio de estas noches de otoño, bañadas por el agua y acariciadas por el viendo, parece consumarse la distancia definitiva entre la naturaleza y el hombre. La naturaleza, de hecho, vive, respira, vibra. Mientras que el hombre se convence de que su existencia es algo quieto, definido, cerrado. Los hombres abandonan la vida en el momento en que se olvidan de que la vida es devenir, es un continuo moverse, elevarse, derrumbarse.

Cuando la tierra vuelve a temblar, da miedo. En el silencio de estas noches de otoño, bañadas por el agua y acariciadas por el viendo, parece consumarse la distancia definitiva entre la naturaleza y el hombre. La naturaleza, de hecho, vive, respira, vibra. Mientras que el hombre se convence de que su existencia es algo quieto, definido, cerrado. Los hombres abandonan la vida en el momento en que se olvidan de que la vida es devenir, es un continuo moverse, elevarse, derrumbarse.

Nada dura para siempre y todo nos es dado en préstamo porque todo está llamado a cambiar y terminar. El terremoto que en estos momentos vuelve a sacudir el centro de Italia es el testimonio más imponente del hecho de que nada es estable, que todos debemos vivir mientras la tierra tiembla. Para muchos podría resultar curioso saber que en el texto bíblico la tierra representa el deseo humano. Por tanto, la tierra tiembla, pero aún más tiemblan nuestros deseos, que mudan, cambian, que nunca sabemos colmar. Aprender a vivir dentro de este borboteo de vida, escucharlo, comprenderlo, acogerlo, es la única manera de dejar de tener miedo y empezar a dar espacio a esa inquietud que habita dentro de todas las cosas.

Vuelve a mi mente una antigua poesía de Pascoli donde dos hermanos, acostados en su cama en una noche oscura, sienten miedo de la oscuridad, sencillamente porque son huérfanos, sencillamente porque sienten que se han “quedado solos”. Entonces todo lo viven como una amenaza, como el recuerdo borroso de un amor ausente. La cuestión es –inútil negarlo– que esta inquieta soledad, este escalofrío del alma y de la tierra, solo puede hallar descanso en las manos de un padre, en los brazos maternales de quien acuna, abraza y estrecha al hombre que tiene miedo, a esos niños que en su cama siguen esperando el regreso de su madre.

Tal vez por eso, en la hora del dolor y de la prueba, la gente sencillamente se abraza. Porque, cuando todo tiembla, sentimos finalmente y con fuerza dentro de nosotros la nostalgia de ese abrazo primero que un día –unos antes y otros después– nos donó la gracia de dejar de ser huérfanos temerosos para llegar a ser hijos amados. Con la certeza de que cuando todo tiembla algo queda: el deseo invencible de que todo este temblor halle por fin la paz.

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