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Merkel contra Adenauer

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17 junio 2012
Días de vértigo para el euro y para el proyecto de construcción europea. El resultado de las elecciones helenas no va a despejar las dudas que lastran la moneda única. El rescate de Atenas nunca ha tenido valor por sí mismo. Su economía representa sólo el 2 por ciento del PIB de la eurozona. Su importancia es que ha servido como termómetro para medir la temperatura europeísta, la voluntad de construir un proyecto lo suficientemente sólido como para resolver el problema de un pequeño país en quiebra que no ha cumplido las condiciones que se le habían impuesto. Para Grecia había y hay dinero. Bastaría renegociar las condiciones. Merkel podría incluso salvar la cara ante sus electores.

Pero lo importante es que Grecia ha provocado un efecto contagio en España y en Italia. La partida que juega Europa con los mercados está siendo durísima. El rescate de la banca española y la línea de crédito de hasta 100.000 millones no ha servido para reducir la presión sobre la deuda soberana. Y el propio Mario Monti reconocía este sábado que Italia vuelve a estar al borde del precipicio. Las dos semanas que nos separan de la Cumbre Europea del próximo 28 y 29 de junio son decisivas. Los mercados actúan con una lógica implacable. Las finanzas globales permiten en este momento ganar mucho dinero apostando a que un determinado activo va a seguir bajando. En esta lucha los inversores-especuladores sólo entienden un lenguaje. Solo se detienen cuando se le da un respaldo suficientemente contundente al valor que está siendo atacado. Es lo que hizo la Reserva Federal Estadounidense con su moneda y con deuda en 2008. Lo decisivo es que en un caso este prime la política sobre el mercado. A estas alturas ya sabemos que la "mano invisible", que según los liberales ordena los intereses para conseguir un orden superior, no funciona. Para hacer más política hace falta superar el viejo enemigo del nacionalismo. La reunión preparatoria del G-20 que han protagonizado los líderes europeos ha sido la prueba evidente de cómo el nacionalismo económico germano se está convirtiendo en un obstáculo para salir dar una respuesta contundente. Merkel se opuso con uñas y dientes a los eurobonos, una de las soluciones que nos podría evitar la catástrofe.

Este momento en el que nos jugamos el futuro del euro tiene mucho que ver con lo que sucedido en el año 50. Adenauer se enfrentaba entonces a un rebrote del nacionalismo alemán porque el Sarre, estado productor de carbón, había quedado bajo control internacional. Frente a las presiones que entonces recibía el canciller respondió con frases contundentes: "ya no hay problema que sea exclusivamente alemán o exclusivamente europeo". Ese espíritu fue el que le llevó a abrazar inmediatamente la solución que Schuman, el entonces ministro de Exteriores francés, ideó -con la ayuda imprescindible de Monnet- para resolver la cuestión. La vieja rivalidad francoalemana que tantos muertos había causado se solucionó con la gestión conjunta del acero y del carbón en la CECA, el germen de la Unión Europea. Se impuso una decisión política al nacionalismo económico. Entonces era el carbón y el acero, ahora son las pensiones y el miedo a la inflación de los alemanes lo que impide adaptar las soluciones necesarias. Schuman y Adenauer hicieron política pero no cualquier tipo de política. La suya llevaba el sello del realismo cristiano.

En la declaración que se hizo pública en el Salón del Reloj del Quai d'Orsay, con la que nace la CECA, se dice claramente que "no es hora de vanas palabras, sino de un acto audaz". Ese acto audaz consistió en afirmar que "Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho". Fue una genialidad metodológica que ha hecho posible la paz en Europa durante los últimos 60 años. Ese es el tipo de audacia que en este momento necesita el euro. Alemania ya no es el país vencido, ahora tiene en sus manos los destinos del Viejo Continente. Su bienestar depende de que en los próximos días acepte realizaciones concretas para hacer ver a los mercados una voluntad clara de unidad política, permitiendo los eurobonos, dando vía libre al Banco Central Europeo para comprar deuda de los países periféricos, permitiendo bajar los tipos, impulsando un plan de crecimiento. Hay que olvidarse del Sarre.

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