¡Menuda historia!

Mundo · José Luis Restán
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12 junio 2008
Hace poco me preguntaban en un foro, con tintes de angustia, qué podemos hacer los católicos si el laicismo (político, mediático y cultural) aprieta de tal forma que hace prácticamente imposible transmitir la fe a las nuevas generaciones o mostrarla públicamente en todas sus dimensiones. ¿Prácticamente imposible? La historia del monje san Columbano, que el Papa ha desplegado en la audiencia de este miércoles, nos cura de bastantes aflicciones estériles, y sobre todo nos señala un camino.

Educado en la sólida tradición monástica irlandesa, Columbano no dudó romper amarras y pasar al continente europeo, en el que extensas regiones ya cristianizadas habían vuelto al paganismo por la presión de las migraciones del norte y el este. Corría el año 590, y los viajes no eran precisamente de placer: abandonar el solar patrio significaba con toda seguridad no volver. Pero la vida (¡la vocación!) bullía con fuerza en la sangre del joven monje, que la entendía como una "peregrinación por Cristo". En la costa bretona le ceden una fortaleza en ruinas, en la que Columbano y sus compañeros levantan el primer monasterio: cultivo de la tierra y cultivo de las almas, vida comunitaria y acogida de cuantos buscaban respuestas para su vida. La evangelización, apunta el Papa, se desarrolló sobre todo a través del testimonio de la vida. Después surgirá un segundo monasterio, y luego un tercero.

Columbano redacta diversas reglas y cartas para educar a sus monjes, y la autenticidad de la vida en sus monasterios atrae a numerosos jóvenes. Su libertad y autenticidad conllevarán enfrentamientos tanto con la autoridad eclesiástica (a la que reprendió por la relajación de sus costumbres) como con la autoridad política. Y así, veinte años después Columbano es forzado al exilio por el rey Teodorico. Tras diversas aventuras, el irlandés y sus monjes remontan la corriente del Rín y se asientan junto al lago de Constanza para evangelizar a los alemanes. Se diría que el Señor le asomaba siempre a nuevos proyectos, pero después le pedía el duro sacrificio de renunciar a ellos y empezar de nuevo. Otra vez las intrigas y los celos de los poderosos le obligarán a emprender una dura marcha, esta vez a través de los imponentes Alpes.

La Italia de comienzos del siglo séptimo está dominada por los longobardos, que habían abrazado mayoritariamente la herejía arriana. ¿Qué podemos hacer? Columbano no se arredra, y en el final de su vida consigue un terreno para edificar un nuevo monasterio llamado a convertirse en un gran centro de cultura y evangelización. Será allí, en Bobbio, muy lejos de su verde Irlanda, donde este infatigable apóstol entregue finalmente su vida, una auténtica peregrinatio pro Christo en la que abundaron los fracasos humanos, las emboscadas de los enemigos y la persecución de los poderosos.

Benedicto XVI ha querido recordarnos la figura de este hombre de fe y de cultura, que dedicó sus mejores energías a alimentar las raíces de aquella Europa naciente. Pero su historia no suscita sólo estupor por el entusiasmo creativo de su fe, sino que nos muestra también un sendero a recorrer en esta Europa de nuestros días: la generación de espacios comunitarios donde el cristianismo se expone ante el mundo como respuesta a las exigencias más profundas del hombre, y la urgente tarea de una educación que se basa en el testimonio y que no precisa un contexto socio-político halagador. Hace falta tan sólo un hombre que viva la fe y que pertenezca al pueblo de la Iglesia. ¿Qué hacemos pues frente al laicismo? Vivir, construir, testimoniar, educar. Sin avales ni permisos.

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