Mensaje en el círculo verde

Editorial · Fernando de Haro
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10 octubre 2021
Fue una reveladora coincidencia. La semana pasada, casi al mismo tiempo que Frances Haugen declaraba en el Congreso de los Estados Unidos sobre los excesos y las atropellos de Facebook, Whatsapp e Instagram (propiedad también del imperio de Zuckerberg) dejaron de funcionar durante seis horas.

Durante ese intervalo de tiempo, que nos pareció eterno, sacamos decenas de veces el smartphone de nuestros bolsillos sin acabar de creernos que no hubiera ningún nuevo mensaje con círculo verde. Más de 2.000 millones de usuarios en el mundo buscábamos el último recado de nuestro jefe, un comentario picante en uno de los grupos que nos animan la jornada, la última homilía o un mensaje de amor. Los corresponsales dejaron de mandar sus notas de voz y los familiares distantes no pudieron verse las caras o coste cero. Al mismo tiempo que se producía un nuevo derrumbe moral de Facebook, se hacía patente su gran poder. Anduvimos desorientados, con cierto síndrome de abstinencia, faltos de la libertad de una aplicación digital. Certificamos, como dice Byung-Chul Han, que “el régimen neoliberal, que no oprime la libertad sino que la explota, no se enfrenta a ninguna resistencia. No es represor, sino seductor. La dominación se hace completa en el momento en que se presenta como libertad”.

Las declaraciones de Huagen, exalto cargo en Facebook, certifican lo que ya sabíamos. Es necesaria una forma de regulación, una actualización del concepto de soberanía para un mundo digital y global en los que una compañía con 2.700 millones de usuarios convierte a las personas en “minas” de datos y favorece la desinformación. Una desinformación que llega a amenazar las bases de la democracia. En los próximos meses en la UE se van a poner en marcha la Digital Services Act (DSA) y la Digital Markets Act (DMA) para intentar actualizar el control de las plataformas.

No es fácil encontrar el equilibrio entre la libertad de información y la posible difusión de desinformación. Todavía colea el debate de la conveniencia de que Twitter suspendiera la cuenta de Trump. ¿Hay que dejarlo todo al autocontrol? ¿El autocontrol debe tener límites externos? En cualquier caso, si como ha señalado Haugen, Facebook desactivó tras las elecciones en Estados Unidos todos los controles de desinformación y facilitó, directa o indirectamente, el asalto al Capitolio, el reto es evidente. La tutela de la privacidad y la lucha contra la desinformación deberían ser objetivos de los entes supranacionales. El número de estadounidenses que considera necesario el control de la desinformación en internet ha aumentado al 48 por ciento (datos de Pew Research).

La desconexión del pasado lunes no solo hace evidente el poder de los gigantes tecnológicos. Nuestro síndrome de abstinencia por la ausencia de mensajes con círculos verdes durante seis horas dice mucho de nosotros mismos. Ya en su momento Sean Parker, el cofundador de Facebook, explicó que el diseño de muchas aplicaciones de la que fue su compañía tenía como objetivo colonizar la atención logrando pequeñas descargas de dopamina. La dopamina es uno de los neurotransmisores y causa sensaciones placenteras. También Tim Wu en su libro Los Comerciantes de la Atención denunció los mecanismos psicológicos usados en el desarrollo de los productos digitales para evitar la desconexión digital.

El reto, en este contexto, como señala el filósofo Byun-Chul Han, es evitar que nos “desconectemos del mundo de forma creciente. En la depresión perdemos la relación con el mundo, con el otro”. Para recuperar la relación con el mundo y con el otro hay quien receta una especie de “ayuno tecnológico”. Seguramente ese ayuno es necesario, como es necesaria la regulación de entidades supranacionales, pero sin entender el mecanismo antropológico por el que el círculo verde nos atrae, difícilmente la respuesta estará a la altura de las circunstancias.

Hay razones psicológicas, como explica Parker, que reflejan la estructura de nuestra persona. Estamos siempre esperando ser contactados. Tan potente es la espera que casi parece bastarnos para satisfacerla un mensaje genérico lanzado a un grupo de antiguos alumnos del colegio. Un nuevo mensaje verde significa la posibilidad de que alguien está pensando en nosotros, la posibilidad de que alguien quiera decirnos algo, aunque sea una tontería: que ha llegado a determinado sitio, que está disfrutando de una excelente comida. Esperamos un mensaje aunque nuestro perfil se haya diluido en el anonimato. Porque un mensaje significa, en cierto modo, que alguien nos deletrea, que alguien piensa en nosotros, que le importamos. Como niños pequeños, con una identidad insegura, vivimos esperando, delante del teléfono, escuchar nuestro nombre como esperábamos escucharlo en los labios de nuestra madre. Mientras llega el nuevo círculo verde que nos anuncie que algo ha sucedido, en esa soledad del que cree no haber sido pensado, domina la espera de una respuesta que consideramos necesaria. No admitimos la posibilidad de una pregunta sin respuesta. Solo los intelectuales dicen que hay preguntas sin respuesta. Nosotros esperamos nuestro círculo verde como algo que nos es debido, irrenunciable. La espera nos hace compañía, se convierte en la compañía más radical. Sin entender que estamos hechos así no volveremos a conectar con el mundo. 

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