El verdadero peligro, la pérdida del gusto de vivir

´Me parece más conveniente hablar de amor que del gusto por la vida´

Cultura · PaginasDigital
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19 octubre 2009
Entrevista a Álvaro de la Rica, profesor de Literatura de la Universidad de Navarra, sobre el manifiesto de Comunión y Liberación sobre la reforma legal del aborto en España.

¿Qué le ha parecido el manifiesto de Comunión y Liberación sobre el aborto?

Me parece un escrito que intenta hablar de muchas cosas al mismo tiempo. De cosas muy complejas y difíciles en muy pocas líneas. Algunas cuestiones se solapan, en una cierta confusión, pero se trata de un texto que parte de una idea que comparto: que el problema del aborto, tal y como está planteado hoy, surge en realidad de la extensión de una mentalidad que se enfrenta a la vida, propia y ajena, desde la ausencia de sentido. Algo a lo que el propio aborto contribuye, en una espiral nefasta, a aumentar de manera exponencial, aunque no irreversible.

¿Que le parece la vinculación del aborto con la cuestión del gusto y el sentido de la vida?

Permítame que me extienda un poco más sobre este punto crucial. Me parece una vinculación al mismo tiempo problemática y ajustada. Parece escandaloso, ante la tragedia del aborto, ante el hecho de que una vida nueva sea segada en su mismo comienzo, ahora de manera impune, y hasta sobreprotegida por parte de una ley inicua, una anti-ley de signo totalitario, hablar sin más del gusto por la vida. No pocos abortos se perpetran en nombre de una determinada concepción de la vida en la que la enfermedad quiere, como un fin que todo lo justifica, ser excluida del mapa de la vida: sólo se considera digna de ser vivida una vida en la que el disfrute no quede de entrada impedido por la enfermedad; también se cree que un embarazo prematuro, en una adolescente, trunca inevitablemente su vida, si se quiere que ésta sea razonable, placentera o gustosa. Hay que ser muy cuidadoso con las palabras. Quizás podría comprenderse mejor el mensaje si se mencionara directamente la palabra amor, la vinculación afectiva con la vida. El afecto a la propia vida (con todas las carencias y limitaciones que siempre presenta, pero también con todo su secreto esplendor) está íntimamente unido al amor a la vida ajena. Esencialmente se trata de una relación entre personas, o sea, de la proyección exterior de nuestra vida más radicalmente íntima. Una apertura a otro. Una aventura, de conocimiento y amor a otro. Es mucho más importante darse cuenta de que un niño concebido es alguien, es otro, autrui dicen con singular precisión los franceses, que reconocer que, además, es nuestro hijo. La alteridad es algo más radical y anterior aún que la filiación. Otro que por serlo es, de entrada, literalmente intocable. Alguien que debe ser paulatinamente acogido y amado. La historia de la humanidad es siempre una cadena, hecha con eslabones de amor o de indiferencia u odio. Un amor que, al crecer en nosotros, nos hace crecer; en realidad es lo único que nos hace crecer como personas. Lo único importante. Sólo si se descubre el amor personal, cosa de la que siempre se está a tiempo (por duras e inhumanas que hayan sido las condiciones vitales que han rodeado la existencia de alguien), la vida adquiere un sentido. Hasta el punto de que se está incluso dispuesto a "perderla" en favor del otro.

Se habla en el texto de la necesidad de una respuesta educativa para responder a la mentalidad que subyace a la reforma de la legislación. ¿Qué le parece?

Me parece indispensable una respuesta en ese plano. Sobre todo porque se trata de una respuesta indirecta, pero por eso mismo siempre más auténticamente conformadora. A amar la vida, a contemplar su dignidad inviolable, en todos los casos (especialmente de la vida indefensa o enferma), no se enseña indicándolo de un modo imperativo sino, indirectamente, fomentándolo de un modo natural en todos los momentos de la vida.

¿Cómo cree que es posible responder a la soledad que acompaña al aborto?

Poniéndose siempre de parte de quien sufre. Primero, de la criatura a la que se mata. También, por supuesto, acompañando la soledad y el sufrimiento de las madres y los padres de esos niños que no verán la luz. Especialmente después de haberse llevado a cabo la injusticia. Tengo cerca de mí personas que han cometido abortos. No voy a decir que desde entonces les quiero aún más. No es exactamente eso, pero hay algo insondable que me une más a ellos; quizás sea la intuición de un dolor que comparto plenamente. Lo siento. No sé explicarme bien. No hemos siquiera comenzado a imaginarnos el dolor que un solo aborto genera en todos: en los que participan directamente en su ejecución pero también en todos los que formamos la sociedad, que aún antes que política, es humana.

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