Mayor marca el camino

España · Lartaun de Azumendi
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9 junio 2009
Cuando Mariano Rajoy jugaba al gato y al ratón con la elección del cabeza de lista popular para las europeas, allá por el mes de enero, el presidente del PP no podía ni imaginar el escenario que iba a darse tras el 7-J. Por supuesto que Rajoy soñaría con ganar en las urnas al PSOE después de nueve años, pero a buen seguro no tendría en la cabeza que ocurriera como finalmente ha sucedido.

La principal lectura de los comicios del domingo no debe partir de la mayor o menor diferencia de escaños, de los casi cuatro puntos de distancia. Siendo los datos relevantes, la circunstancia más decisiva nace de la manera en la que se ha llegado a derrotar al partido en el gobierno.

La diferencia se ha llamado Jaime Mayor Oreja. Mayor no ha sido nunca favorito en las quinielas sucesorias, ni ha contado nadie con ello. Por eso, quizá, no ha sentido nunca la necesidad de deberse a sector político o mediático alguno. Es un hombre conservador, del centro-derecha español, un hombre de fe, tranquilo y sin complejos.

Ante una campaña electoral truculenta desde la acera de enfrente, con descalificaciones y vídeos de todo tipo, ha sabido mantenerse al margen y no ha descansado hasta poner negro sobre blanco una y otra vez el porqué de su presencia en el número uno de lista popular para Europa. Como un martillo pilón ha repetido hasta la saciedad que otra sociedad es posible, que otra España y otra Europa son alcanzables y deseables. La defensa de la vida, la denuncia de la pérdida de valores como causa de la crisis global que vivimos y la negación de que cualquier política, por moderna que se denomine, no sirve han sido una constante en su discurso.

En cierto sentido, se podría decir que se ha podido ver que el camino marcado por Sarkozy en los últimos tiempos corresponde con una forma adecuada de servicio público. El ciudadano ha demostrado responder a quien le habla, sin complejos, de asuntos que son cruciales para su vida diaria. Mayor ha destacado durante la campaña por encima de su propio partido, enrocado en un discurso lleno de reproches en lo económico, de vuelos en Falcon y demás irregularidades. Como él mismo llegó a confesar, desoyó los consejos de los suyos y una y otra vez puso sobre la mesa el drama del aborto porque resulta decisivo para los españoles. Así se ganó a la gente. Con convicciones, contracorriente y sin complejo alguno.

El domingo, en el balcón de Génova, Mariano Rajoy se mostraba exultante y prometía cifras mejores en las próximas elecciones generales. De que haya aprendido la lección de este 7-J dependerá que pueda cumplir su promesa, entre otras cosas, porque ni Mariano es Jaime ni Zapatero es López Aguilar. La vía está abierta, ahora hace falta querer seguir insistiendo en ella.

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