Editorial

¿Matrimonio? ¡Viva la diferencia!

España · PaginasDigital
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3 octubre 2013
Ha reentrado con fuerza. El debate sobre el matrimonio homosexual ha retornado con intensidad a la agenda internacional. Va camino de convertirse, junto al tiki taka de la selección española de fútbol -la tricampeona- en la "otra gran aportación" de España al mundo.

Desde luego, será de lo poco que quede del zapaterismo. Obama, que intenta desbloquear sin éxito el empate con Romney, lanzó hace unas semanas la promesa de que su segunda victoria serviría para reconocer "plenamente" los derechos de los gays. A principio de mes, el primer ministro Jean-Marc Ayrault, le puso fecha al compromiso hecho por Hollande en campaña electoral. Habrá matrimonio de personas del mismo sexo en Francia en 2013. Y en Uruguay un juez ha reconocido los efectos de una boda rosa celebrada en España.

Es muy posible que antes de que concluya el mes de julio el Tribunal Constitucional español se pronuncie sobre la reforma que puso en marcha Zapatero en 2005. La sentencia llegará poco antes de que los nuevos magistrados, pactados por el PP y el PSOE, tomen posesión. Los dictámenes del Consejo General del Poder Judicial y del Consejo de Estado dejaron claro que el matrimonio entre personas del mismo sexo es contrario a la constitución española. Aunque la Carta Magna del 78 es de las más novedosas y exhaustivas de Europa en la definición de derechos fundamentales, está claro cuando habla de matrimonio habla de la unión entre un  hombre y una  mujer. Pero el fallo tendrá carácter político y, salvo sorpresa de última hora, dirá que es constitucional. El PP en el Gobierno, que presentó el recurso, verá con alivio ese pronunciamiento. Será una buena excusa para no emprender una "contrarreforma" con la que los populares no quieren comprometerse.

A diferencia de lo que ha sucedido en el socialismo francés, en la derecha española no ha habido debate sobre este asunto. Los socialistas franceses han aportado en los últimos años argumentos laicos muy interesantes para defender la heterosexualidad matrimonial. Ségolène Royal, la ex de Hollande, dijo en su momento que "la familia y la autoridad parental son valores que es necesario reforzar". Y todavía hay izquierda francesa que sigue pensando como Jospin. El ex primer ministro señaló con acierto en 2004 que en este debate la cuestión no es "la igualdad de derechos, porque la igualdad de derechos no debe anular toda diferencia".

En realidad, el valor de la diferencia es la gran cuestión en juego. Es necesario defender los argumentos jurídicos y éticos sobre el carácter heterosexual del matrimonio. Pero una excesiva insistencia en este enfoque puede hacer olvidar que lo decisivo es que estamos ante el final de un viaje antropológico que comenzó a mediados del siglo pasado. Lo ha retratado con precisión Jesús Trillo en su libro Una revolución silenciosa: de la revolución sexual a la pérdida del sexo como dado y su sustitución por el género.

El postulado esencial lo formuló Foucault al asegurar que "la sexualidad no es una simple realidad natural que las distintas sociedades reprimen sino que ella misma es el resultado de un proceso complejo". La identidad sexual se fabrica, no se recibe. El matrimonio homosexual no es más que la expresión jurídica y simbólica de un hombre (habrá que decir también mujer) que se construye a sí mismo sin aceptar ningún tipo de identidad previa. Es la prueba más fehaciente de que todo un mundo se ha acabado. Buena parte de la civilización y tradición occidental, tal y como la entendíamos hasta el momento, ha desaparecido. Esa tradición que, no sólo en el sexo, sino en todos los aspectos de la vida reconocía como positivo lo que venía de la naturaleza se ha esfumado, ya no es ni  tejido habitual de la conciencia ni  experiencia cotidiana. Es inútil pretender que sea sostenida por fórmulas jurídicas o por lo que hasta ahora ha sido costumbre. El matrimonio homosexual certifica que las grandes instituciones generadas por el cristianismo (había matrimonio antes del cristianismo pero era otra cosa) se están disolviendo.

Las nuevas generaciones son ya educadas en una cultura en la que el valor de la diferencia sexual, custodiada hasta ahora por la fe, no existe. El sexo, más que un rasgo que permite relacionarse con lo diverso y complementario, se ha convertido en refugio de lo ya conocido. En una fuente de continuo despecho. Es inútil, en este contexto, enfadarse o reivindicar el pasado.  Más que nunca estamos en el tiempo de la persona. Sólo el testimonio de una sexualidad intensa, complementaria, amor entre diferentes capaz de fecundidad, sirve en estos tiempos. 

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