Matrimonio estable y comprometido

Mundo · Ignacio García-Juliá, director General del Foro Español de la Familia
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29 octubre 2012
El 20 de octubre se ha celebrado en Madrid el congreso del Foro de la Familia, que con el lema "El matrimonio sí importa. El divorcio no es la solución", ha tratado de abrir el debate sobre un tema silenciado o adormecido en nuestra sociedad y que no es otro que el alto índice de rupturas matrimoniales, las leyes que coadyuvan a ello y el drama que ambas cosas suponen.

Se dice que nadie escarmienta en cabeza ajena, y en el tema que nos ocupa es lamentablemente cierto. Países con larga tradición divorcista, como los anglosajones por ejemplo, hace tiempo que han hecho sonar las alarmas ante una sociedad cada vez más infeliz y más descompuesta, donde la duración media de los matrimonios no alcanza los siete años y donde la cifra de menores de matrimonios rotos es alarmantemente alta, traduciéndose en un mayor abandono escolar (25%, frente al 10% en los matrimonios estables), una mayor delincuencia juvenil (en una relación de 3 a 1) y una mayor incidencia en trastornos psiquiátricos de la infancia y juventud (60% frente al 30%).

Por si lo anterior no fuera suficiente motivo para suscitar una profunda reflexión sobre la actual mentalidad divorcista de las sociedades occidentales, según un informe de la OSCE de Junio de 2011, el divorcio es la principal causa de pobreza femenina en Europa.

Parece entonces que ha llegado el momento de hacer una reflexión sobre el tipo de sociedad que estamos creando, que se apoya en los débiles pilares de un matrimonio cada vez menos valorado, unas rupturas que dejan heridas abiertas que no se curan con el tiempo y una juventud que crece sin referentes familiares que les ayude a madurar en un ambiente estable.

La dicotomía matrimonio-divorcio puede y debe romperse. Lo uno no tiene que ver con lo otro ni tienen por qué ir de la mano. Lo uno es compromiso y alianza y lo otro es una patología de la convivencia y es la consecuencia de unas leyes que han convertido las uniones matrimoniales en "matrimonios que no casan" y han alentado las rupturas por encima de las medidas conciliadoras y de reconstrucción de las relaciones.

Pero también se constata que hay muchas parejas que no se conforman con lo que las leyes actuales dictan para ellas en materia de matrimonio. No se sienten reflejadas en una legislación que facilita las rupturas y que incluso llevan al "repudio", que no es otra cosa que el abandono unilateral de la relación sin la consulta del parecer del otro y sin mediar un mínimo tiempo de reflexión que dé lugar a la ayuda que necesitan.

Así las cosas, parece llegado el momento de ofrecer a aquellas parejas que basan su relación en el compromiso estable, una legislación que las proteja de sus propias veleidades y que les ayude a la permanencia, articulando las ayudas que la sociedad pueda ofrecer. Dicha opción, elegida en libertad, puede ayudar a que el índice de rupturas disminuya y los matrimonios adquieran esa estabilidad que tan necesaria es para que la sociedad se desarrolle de forma sana.

No se trata, por tanto, de limitar a nadie el modo en el que quieran fraguar su compromiso matrimonial. Se trata de ofrecer otra vía que esté más acorde con el sentir de aquellos que no ven reflejada su relación en las leyes actuales.

Como tantas veces, la solución a este problema no puede dejarse exclusivamente en manos de los políticos. Nuestro ordenamiento jurídico prevé el mecanismo oportuno, la Iniciativa Legislativa Popular, para llevar una modificación de la Ley, en este caso el Código Civil, de manera que se contemple otra opción de matrimonio muy distinta a la actual que, como hemos dicho, es un "matrimonio que no casa" tan absurdo como una tubería sin paredes.

El debate está encima de la mesa. Ahora se trata de mover a la reflexión a las gentes de buena voluntad, la mayoría, que buscan en el matrimonio una forma de unión estable y duradera donde los hijos puedan crecer felices con un padre y una madre y proyecten esa madurez y felicidad al conjunto de la sociedad.

Después de casi quinientos años de la implantación de la mentalidad divorcista en las sociedades occidentales, ha llegado el momento de decir muy alto que el matrimonio sí importa y el divorcio no es la solución.

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