Más grande que el cansancio (y el Covid)

Mundo · Giorgio Vittadini
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13 noviembre 2020
En 1987 Margaret Thatcher afirmaba que “la sociedad no existe. Existen los individuos, los hombres y las mujeres, y existen las familias. El gobierno no puede hacer nada más que a través de las personas, y las personas deben mirarse ante todo a sí mismas”. Parece la foto de lo que está pasando en muchos lugares durante estos meses de emergencia. Todo depende de nuestro comportamiento personal y los protagonistas de lo que sucede (aparte del virus) somos nosotros.

En 1987 Margaret Thatcher afirmaba que “la sociedad no existe. Existen los individuos, los hombres y las mujeres, y existen las familias. El gobierno no puede hacer nada más que a través de las personas, y las personas deben mirarse ante todo a sí mismas”. Parece la foto de lo que está pasando en muchos lugares durante estos meses de emergencia. Todo depende de nuestro comportamiento personal y los protagonistas de lo que sucede (aparte del virus) somos nosotros.

Viendo el aumento de medidas restrictivas para hacer frente a la pandemia, me pregunto cuántos hemos sentido al menos por una vez la experiencia del distanciamiento no solo como una necesidad, aunque sea obligada, sino como un miedo a una vida sin relaciones, a la práctica del individualismo de masas donde el otro es en definitiva un enemigo.

Falta algo, tal vez porque ya empezaba a faltar antes. Faltan comunidades donde circule la vida, donde los unos sean para los otros, donde se nos rete a crecer y a desear. No guetos protectores sino estímulos que nos vuelvan a poner en marcha, que nos hagan sentir algo más grande que el mal, el dolor, el cansancio, la confusión, el aburrimiento. De tal modo que cada vez resulte más difícil decir “yo” sin decir “nosotros”.

En otras palabras, ámbitos que animen a ensanchar la mirada. Entonces, aunque no hayamos resuelto nuestras necesidades, puede suceder que caigamos en la cuenta de la existencia de los otros. Y no podamos quedarnos parados, queramos interesarnos y hacer todo lo posible por echar una mano allí donde sea necesario, material o espiritualmente.

La historia ya ha mostrado suficientemente hasta qué punto se equivocaba la dama de hierro. El bien común no es la suma de los bienes individuales. Como tampoco lo es el compromiso, garantizado por el Estado, entre pluralidades autorreferenciales. Es más bien una dimensión orgánica, continuamente buscada y construida, hecha de proyectos ideales y operativos generados por realidades de base, que hoy más que nunca hay que intentar reconstruir.

Pero para que esto ocurra hay que reconstruir una cierta mentalidad.

Una amiga, médico de familia, me ha escrito: “La mayoría de las peticiones de mis pacientes para hacerse la PCR son inapropiadas. Esperan certezas de esa prueba, pero creo que la certeza que más necesitamos todos ahora es la que viene de aceptar que la salud y la vida no nos pertenecen”. No nos pertenecemos, estamos en relación no solo con el Misterio sino con todo lo que nos rodea.

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