Más experiencia y menos sermones

Editorial · Fernando de Haro
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7 abril 2024
El fracaso en la transmisión de certezas se expresa en una pérdida de confianza en el sistema democrático liberal. Por eso, los partidos con un discurso autoritario están en auge. Frente a esto, la receta de los "sermones morales" pueden ser contraproducente.

Hace unas semanas tuvo lugar en una capital europea uno de esos extraños encuentros que cada vez son menos frecuentes. Un encuentro, una conversación, entre personalidades con orígenes culturales muy diferentes que afrontaron cuestiones como la importancia de la verdad y de la libertad, así como la relación que puede haber entre ambas cuando se aspira a no censurar ninguna dimensión humana. Los relatores eran exponentes de eso que Charles Taylor denomina “nuevos buscadores de sentido”. Nuevos no porque sean jóvenes sino porque van más allá de las habituales contraposiciones dialécticas, reduccionismos ideológicos o de las certezas que se dan por descontadas.

En el ambiente del encuentro se respiraba la inquietud por una época en la que el drama aumenta, crece la insatisfacción ante las respuestas de los dirigentes políticos, de las elites, de los medios de comunicación y de sus lugares comunes. Uno de los relatores se preguntaba cómo la afirmación de la verdad, la afirmación del sentido y del valor podía hacerse sin restar nada a la libertad. Es la gran pregunta que el hombre postmoderno ha heredado del hombre moderno. Otro de los intervinientes expresaba la misma preocupación: se puede buscar solución a la actual crisis defendiendo la verdad de un modo que no respete la libre adhesión. Paradójicamente en este tiempo se multiplican los ejemplos de esta fórmula.

La cuestión requiere una respuesta urgente. Como ha puesto de relieve el reciente y voluminoso estudio Values – Politics – Religion: The European Values Study  “los enormes problemas mentales y psicológicos que han aumentado durante la pandemia, la guerra y la actual crisis económica son una llamada a la educación en valores”. Podemos sustituir la expresión “valores” (siempre limitada porque puede conducir a un moralismo reductivo) por sentido. El problema es que “los jóvenes se enfrentan a retos para los que muchos de los valores (respuesta de sentido) de sus antepasados ya no parecen suficientes”. Y añade: “la transferencia intergeneracional de valores ya no está garantizada, es un problema que también pone en peligro la solidaridad intergeneracional y la cohesión social”.

Regina Polak, profesora universitaria y representante de la OSCE para la Lucha contra el Racismo, editora del trabajo, señala que el fracaso en la transmisión de certezas se expresa en una pérdida de confianza en el sistema democrático liberal. Por eso, los partidos con un discurso autoritario están en auge. Las crisis financieras, los rescates bancarios y los escándalos de corrupción han desgastado la confianza en la élite nacional e internacional. Los grupos de extrema derecha explotan la ansiedad y los temores derivados de esta dinámica, apelan a quienes ya no se sienten representados políticamente por los partidos liberales clásicos. La dinámica no solo afecta a los que se sienten socialmente perdedores o amenazados. La desconfianza se extiende en los diferentes estratos de la población. Es un patrón que debe considerarse como una de las principales raíces de la crisis de la democracia liberal.

¿Cuál es la solución? ¿Cuál es la solución cuando no hay transmisión de lo que se consideraba verdad hasta hace poco, cuando no hay transmisión del significado o cuando la verdad y el significado tienen el sabor árido de una abstracción? Polak señala: “hay que desarrollar alternativas. Las personas con actitudes antidemocráticas probablemente no necesiten sermones morales”. Y añade: “una descalificación moral generalizada de aquellas partes de la población que eluden las directrices políticas democráticas de la UE -como puede observarse tanto en los círculos intelectuales europeos como en las élites de los medios de comunicación públicos- parece contraproducente”. El problema es que “para muchas personas, la práctica de la democracia liberal no es una experiencia de la vida real”. Por tanto, menos discursos y más experiencia. “Se necesitan lugares de fácil acceso donde (…) la gente pueda experimentar el valor de una democracia liberal”.

El único lugar en el que se supera el aparente enfrentamiento entre verdad y libertad tiene la forma de la experiencia. Sin experiencia la conformidad será imposible para los europeos que se toman en serio a sí mismos. Las adhesiones acríticas y pasivas son alienantes y están condenadas al fracaso.

 

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