María sabía
MaríaMaría Joseph -tenía que llamarse María- habla poco, ahorra las palabras y lo dice todo con la mirada, lo dice todo con sus ojos negros. Miras los ojos a María y te asomas al misterio del mundo. María tiene las manos pequeñas y es muy precisa cuando escribe en su cuaderno de apuntes o cuando cose, cuando corta telas de colores o enhebra la aguja. María, esta María que vive en Maiduguri (noreste de Nigeria) y las otras marías que viven en muchos rincones del planeta, son maestras del único método que está a la altura del desafío de un mundo atravesado por la guerra, amenazado por el poder de la desinformación, por el capitalismo de la atención, por el derrumbe del multilateralismo, por la crisis de la democracia, y por tantas otras cosas más. La historia de María encarna la única reacción, la única construcción, con la proporción adecuada.
Con un hilo de voz que casi no se oye, María me cuenta que Boko Haram, uno de los grupos yihadistas más sanguinarios que opera en el Sahel, la secuestró a los siete años. Estuvo en manos de los terroristas durante nueve años, hasta los 16. Desde el primer momento la quisieron convertir al islam de forma violenta. Nunca se sometió. Luego la usaron como esclava. La obligaron a ir a la escuela coránica donde tuvo que aprender árabe para recitar de memoria algunas suras del Corán. No tuvo tiempo de aprender a leer y a escribir.
Boko Haram, en los últimos 17 años, se ha convertido en una de las peores pesadillas del Sahel y de los cristianos del norte de Nigeria. Controla zonas muy amplias donde el ejército del país no puede entrar, cobra impuestos, destruye iglesias, y tiene una especial obsesión con los bautizados a los que considera infieles. Los asesina por miles. Hace unos años se produjo una ruptura en su seno que dio lugar al Estado Islámico de África Occidental (ISWAP). Muchos combatientes han caído desde 2009 y Boko Haram recurre al secuestro, entre otras cosas, para tener más efectivos, para adoctrinar a los niños desde muy pronto en una interpretación demencial del islam y para que cuando las niñas crezcan puedan «fabricar» nuevos terroristas. Boko Haram convierte a las mujeres en esclavas sexuales de sus soldados. Una mujer suele ser violada sistemáticamente por los sucesivos «maridos» con los que son obligadas a casarse.
María había dejado de ser una niña y sabía que muy pronto le iba a llegar el momento de convertirse en esclava sexual. No estaba dispuesta a tolerarlo. Después de nueve años de lavado de cerebro, María tenía claro que la vida que llevaba no era una vida buena. Ni la pertenencia al grupo ni la poderosa desinformación con la que le habían bombardeado desde que tenía uso de razón le habían cegado.
María me dice que no quiso convertirse al islam, que no quiso esa vida, «porque no era una vida buena, porque no quería tener los valores de sus secuestradores». Ningún poder, ni un poder tan oscuro como el de Boko Haram, puede frenar la capacidad de distinguir lo bueno de lo malo, lo feo de lo bello. María decidió escapar con un grupo de diez mujeres más. Huyeron durante diez días y cuatro de sus compañeras murieron por el camino. Una de ellas estaba embarazada. «Me tenía que sacrificar», me dice María. Sacrificarse para ser libre. Y cuando María me lo explica sus ojos negros son como dos faros de luz en medio de la noche. Sonríe con modestia y envidio la raza a la que pertenece María. Esa raza de hombres y mujeres libres, poseídos por una certeza radical, una certeza alimentada en el choque con la realidad, en este caso la realidad oscura de Boko Haram. Es esa raza de hombres y mujeres que no están dispuestos a renunciar a sí mismos. Cuando María sonríe con sus ojos pequeños me doy cuenta de que es maestra del único método a la altura del desafío: juicio, estima por uno mismo y libertad.
Después de que María pudiera escapar pasó meses sin hablar. Es un espíritu libre en un alma herida. Pero en un año ha aprendido a leer y a escribir. Me dice que quiere ser abogada porque aspira a ayudar a la gente que ha sufrido como ella. Y cuando lo dice vuelven a brillar sus ojos negros como dos linternas infinitas.

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