Manos de caridad

Mundo · Fernando de Haro, Gaza
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10 julio 2018
Son las cuatro de la tarde. Y un sol de justicia me hace buscar las sombras del casco viejo de la ciudad de Gaza. El asentamiento tiene 4.000 años, lo fundaron los cananeos. Al comienzo tampoco fue fácil la vida para los cristianos en esta localidad. Incluso después de Constantino, la iglesia principal se construyó fuera de las murallas para evitar los ataques. Las dos parroquias que siguen abiertas, la ortodoxa de San Porfirio y la católica de la Sagrada Familia, no están identificadas con cruces en sus puertas.

Son las cuatro de la tarde. Y un sol de justicia me hace buscar las sombras del casco viejo de la ciudad de Gaza. El asentamiento tiene 4.000 años, lo fundaron los cananeos. Al comienzo tampoco fue fácil la vida para los cristianos en esta localidad. Incluso después de Constantino, la iglesia principal se construyó fuera de las murallas para evitar los ataques. Las dos parroquias que siguen abiertas, la ortodoxa de San Porfirio y la católica de la Sagrada Familia, no están identificadas con cruces en sus puertas.

A San Porfirio, a pesar del calor, entran mujeres y hombres vestidos de negro, traen sus mejores galas. Suben al primer piso de los locales parroquiales, y allí, separados por sexos, se les ofrece un café negro fuerte y agua fresca. Han venido a participar en el memorial que se celebra a la semana del fallecimiento de un miembro de la comunidad. En este caso se trata de una mujer, muy querida por todos, que ha muerto con poco más de 60 años de cáncer. Obtuvo el permiso del Gobierno de Israel para salir de la Franja en los dos primeros ciclos de quimioterapia, pero no para el tercero. Los conocidos se acercan durante toda la tarde para dar sus condolencias a la familia. Entre ellos hay musulmanes.

Jaber, un laico que en gran medida hace de líder parroquial, les invita a visitar la iglesia y les explica los tesoros que contiene. El templo, cuya primera factura es del siglo V, ha quedado semienterrado. La entrada principal da directamente al coro. Jaber se detiene ante los iconos, ante la tumba de San Porfirio, y les explica a dos mujeres cubiertas con velo el significado de lo que ven. “Nuestra convivencia con los musulmanes aquí no tiene ningún problema”, me dirá luego Jaber. No quiere hablar de los ataques que sufrió el convento y el colegio de las Hermanas del Rosario (católicas) hace once años. “Fue cosa de algunos pocos extremistas, no de Hamas”, me comenta otro de los parroquianos. En San Porfirio no se oyen críticas contra el gobierno de los islamistas, en realidad en San Porfirio no se quiere hablar de ningún Gobierno. Los cristianos de Gaza prefieren no hablar ante los periodistas, tienen miedo, no se quieren hacer notar, su entrada y salida de la Franja, su posible tratamiento, su visita a Jerusalén depende de unos permisos que en la pasada Pascua no se concedieron.

Jaber enseña a los visitantes también el pequeño cementerio que hay junto a la iglesia de San Porfirio. Un trozo de terreno con tantas tumbas que resulta difícil caminar. Se detiene ante la de su madre y reza. “Nuestras raíces están aquí”, me explica. “¿Y no temes que dentro de poco de los cristianos de Gaza solo queden sus tumbas?”, le pregunto. “Eso no va a suceder –me dice con esperanza– seremos pocos, pero seguiremos aquí”. Un grupo nutrido de jóvenes scout pasa junto a nosotros rompiendo el recogimiento en el que nos hemos quedado.

La Parroquia de la Sagrada Familia dista solo unas manzanas de la de San Porfirio. Cuando llegamos acaba de terminar la misa de la tarde. El párroco, un argentino, está de vacaciones. Se ha quedado a cargo de los feligreses Rafic, un sacerdote egipcio del Verbo Encarnado. Amable, sonriente, prefiere no hablar con los periodistas. Está impartiendo una catequesis sobre cómo ofende a Dios el suicidio. No es una clase ahistórica abstracta de teología moral, más bien un intento de respuesta a la desesperación y la violencia con la conviven estos jóvenes. Hablo con dos de ellos que me reconocen que, tan pronto como sea posible, se marcharán de Gaza.

Al vernos llegar, las tres hermanas de la Caridad que salían de misa se han escapado hacia la casa que tienen junto a la parroquia. Sus tres saris blancos, con sus filos azules, son como un destello de luz en medio de tanta impotencia. Entro en la pequeña guardería para niños discapacitados que regentan. Todo está limpio, los niños en sus cunas, las paredes, el suelo. Todo está en paz. Las hermanas cuidan de los pequeños noche y día en esta franja del mundo donde la vida vale muy poco, donde los niños sanos van descalzos y sucios, donde muchos sufren desnutrición. A pocos kilómetros los niños crecidos mueren en la frontera, por las balas israelíes, por la instrumentalización del Gobierno de Hamas. Las manos de la hermana con la que hablo son blancas, son las manos que cambiarán los pañales, que mecerán las cunas. Manos de caridad en Gaza, manos que rezan y que cuidan, donde los hombres han construido un duro purgatorio. No, la religión de los cristianos aquí no es la religión de los cementerios, es la religión de la vida.

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