Madrid y Valencia, la peregrinación continúa

Mundo · José Luis Restán
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31 agosto 2014
´La Iglesia es del Señor, que la guía a través de hombres que Él elige´, dijo Benedicto XVI a los pocos días de su renuncia. También nos recordaba que es como un árbol que siempre se renueva, con brotes tiernos y ramas secas.

El obispo es un hombre extraño para la cultura de nuestra época, porque a través de su humanidad (con sus límites y pobrezas) debe manifestar la potencia del Resucitado: debe enseñar, debe sanar, debe gobernar, y todo en nombre de aquel Jesús que sigue siendo escándalo y necedad para tantos.

Pues bien, el pasado 28 de agosto, fiesta de San Agustín, ha sido el día elegido para anunciar simultáneamente los nombres de los nuevos arzobispos designados por el Papa Francisco para Madrid y Valencia, las dos diócesis más pobladas de España y probablemente las más dinámicas desde el punto de vista pastoral.

En el caso de Madrid se cierra una etapa de dos décadas marcada por la fuerte personalidad del cardenal Rouco Varela. Por su horizonte cultural, el número y calidad de su clero, la vitalidad del tejido parroquial, y la presencia activa de diversos carismas, bien puede decirse que Madrid es un caso singular entre las sedes metropolitanas de Europa. Eso no impide que los retos sean inmensos: la secularización avanza, la dificultad para un diálogo fluido con el mundo agnóstico es patente, y es preciso encontrar nuevas formas de presencia en la ciudad multicultural y posmoderna.

El arzobispo Carlos Osoro ha confiado a sus futuros fieles de Madrid que ha sentido algo de miedo al conocer su nombramiento. ¿Y cómo no? También les ha escrito que la misión solo se puede hacer ´de rodillas, escuchando al Señor, acogiendo a todos, caminando siempre con la Iglesia´. Osoro es cántabro, tiene 69 años y llega a Madrid tras conocer como pastor las situaciones diversas de Orense, Oviedo y Valencia. En esta última sede, el arzobispo Osoro ha desarrollado una intensa pastoral cerca de los jóvenes, también en el campo de la cultura y de la empresa, un ámbito este último poco frecuentado por nuestros obispos.

La historia personal y las fuentes de Carlos Osoro permiten esperar una continuidad que no será (no podría ni debería serlo) mera repetición. Los cimientos eclesiales de Madrid son robustos y profundos, pero también aquí es deseable un nuevo impulso misionero, una nueva comprensión de un momento histórico, confuso y acelerado, que demanda de la Iglesia creatividad y coraje. Entre sus primeras palabras me quedo con la urgencia de hacer ver a esta sociedad que Dios no sobra, con su pasión de hacer presente a Jesucristo, con el empeño de cuidar la vida en todas y cada una de sus facetas. Tiempo habrá para identificar los nuevos acentos, las urgencias y deseos que lleva en su corazón el nuevo arzobispo de Madrid, que además se ve refrendado como una de las figuras clave del episcopado español en este momento.

Para la sede de Valencia el Papa Francisco ha designado al cardenal Antonio Cañizares, tras un servicio sacrificado en la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos que se ha prolongado durante casi seis años. El cardenal Cañizares deseaba volver al trabajo pastoral directo cuando ya se acerca a cumplir los 69 años, y ahora podrá hacerlo en su propia tierra, ya que es natural de Utiel, el extremo más occidental de Valencia. Con él vuelve a la Conferencia Episcopal Española un hombre de gran peso y experiencia, a la que ha añadido su bagaje romano de estos años. Son conocidas su capacidad de trabajo y de iniciativa, su inquietud y su lectura crítica de algunas derivas culturales del momento. La rica diócesis levantina va a reclamarle toda esa energía, que también habrá de desplegar en el diálogo eclesial con una sociedad que tiene pendiente reconocer y apreciar la aportación de los católicos a la construcción de la ciudad común.

La fecha elegida para este anuncio nos brinda la oportunidad de mirar al gran obispo Agustín de Hipona, buscador incansable de la Verdad que sacia la sed del corazón humano, un hombre que podría ser el mejor interlocutor para nuestro mundo de hoy. Agustín hubo de ceder mucho para aceptar el encargo de guiar a su pueblo como maestro y pastor, con la luz de su portentosa inteligencia pero sobre todo con su apasionada caridad. ¿Qué mejor inspiración y sustento podríamos desear para los nuevos arzobispos Osoro y Cañizares?

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