Macron, Francia y Europa

Mundo · Antonio R. Rubio Plo
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8 mayo 2017
El 9 de mayo, día de Europa, se conmemoran los sesenta y siete años de la Declaración Schuman, origen del proceso de integración europea. Este aniversario pasa a un primer plano con la victoria del candidato social liberal, Enmanuel Macron, en las elecciones presidenciales francesas. Ha sido un triunfo del europeísmo frente a un nacionalismo aislacionista que incluso amenazaba con un Frexit. Pero no deberíamos olvidar que, pese a lo afirmado por los partidarios de Marine Le Pen, que Macron es un nacionalista francés, un tanto híbrido a la manera de De Gaulle.

El 9 de mayo, día de Europa, se conmemoran los sesenta y siete años de la Declaración Schuman, origen del proceso de integración europea. Este aniversario pasa a un primer plano con la victoria del candidato social liberal, Enmanuel Macron, en las elecciones presidenciales francesas. Ha sido un triunfo del europeísmo frente a un nacionalismo aislacionista que incluso amenazaba con un Frexit. Pero no deberíamos olvidar que, pese a lo afirmado por los partidarios de Marine Le Pen, que Macron es un nacionalista francés, un tanto híbrido a la manera de De Gaulle. No es el presidente que encarna el fantasma de la globalización y del capitalismo sin alma. No representa la disolución de los valores franceses. Por el contrario, encarna un nacionalismo más atractivo y puesto al día que el consabido del Front National, anclado en el culto a la tierra y los muertos, en la línea combativa de Maurice Barrès durante la Tercera República.

El discurso de Marine Le Pen subrayaba la oposición radical entre Francia y Europa y participaba de esa opinión generalizada de que los padres franceses de la integración europea no eran auténticos patriotas, ni Jean Monnet, supuesto caballo de Troya de los intereses americanos, ni Robert Schuman, una especie de ingenuo democristiano que debía pensar más en la paz que en los intereses de su país. Si esto hubiera sido así, si el proyecto europeo fuera antifrancés, el general De Gaulle lo habría descartado cuando llegó a la presidencia en 1958. Es sabido, por ejemplo, que los gaullistas se opusieron radicalmente a la Comunidad Europea de Defensa en 1954. Pero De Gaulle decidió dar a Europa un nuevo enfoque, distinto al funcionalista de Monnet, y abogó por una unión europea de Estados soberanos. No concibió los tratados de Roma como el preludio a una unión aduanera transformada posteriormente en unión política, tal y como había sucedido en la unificación alemana en el siglo XIX. Por el contrario, los tratados representaban para el general un instrumento del librecambismo al servicio de la modernización de Francia, en defensa de los intereses franceses porque el escenario geopolítico anterior a 1945, por no decir 1918, ya no volvería. De Gaulle no juzgaba incompatible pertenecer a una organización internacional si la soberanía estatal quedaba a salvo. De ahí que fomentara la reconciliación con Alemania, marcada por la entrevista con Adenauer en Reims (1962) y el tratado del Elíseo (1963). En el enfoque gaullista, más Europa –eso sí, la de los Estados– suponía más Francia, y una Francia en un papel de liderazgo.

Pero en su época, aunque también en la nuestra marcada por los populismos de signo diverso, no pocos se aferraban a una Francia encerrada en sí misma, nostálgica de la grandeur del pasado. Con todo, existían voces discrepantes como el gran politólogo Raymond Aron, del que he rescatado un artículo suyo publicado en Le Figaro el 16 de marzo de 1959, en el que relacionaba la supervivencia de las patrias europeas con la Alianza Atlántica. “Europa de las patrias, alianza de las patrias, ciertamente, pero con una condición: la de no olvidar que la preocupación exclusiva por el interés nacional (…), si hiciera escuela, no dejaría finalmente subsistir ni a Europa ni a la Alianza. ¿Por cuánto tiempo las patrias sobrevivirían a la Alianza, que les asegura, en este siglo difícil, la dimensión de seguridad compatible con la debilidad de cada una de ellas?”. Si sustituimos el término Alianza por el de Unión Europea, no cabe un enfoque más realista, sobre todo porque la seguridad en nuestros días tiene una dimensión económica fundamental e influye en los aspectos políticos y sociales.

Enmanuel Macron buscará, por tanto, dar un impulso al proyecto de integración europea en interés de la propia Francia, con independencia de quien ocupe la cancillería en Berlín, tras las elecciones de septiembre, bien sea Merkel o Schulz. En cualquiera de los dos casos, encontrará un socio deseoso de volver a impulsar el eje franco-alemán. No es bueno para una Alemania con rasgos pospolíticos y economicistas encontrarse sola en el puente de mando europeo. Macron, cultivador de una imagen gaullista a la vez pragmática y nacionalista, ha triunfado no por su europeísmo ni por su experiencia financiera sino por ser un outsider proveniente de las élites que ha derrotado a otra outsider de la política. No puede presentarse como el presidente de la globalización sino como el representante de un nacionalismo inteligente que cuando dice Europa, en realidad quiere decir Francia.

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