Los pupitres de la recesión

Mundo · Valentí Puig
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29 marzo 2010
Los efectos de una recesión económica de tanta gravedad como la actual dificultan que la sociedad reflexione sobre otros problemas. La prioridad económica sustrae a la racionalización asuntos como la reforma educativa o la reconsideración sustancial de la política exterior. Es lo que ha estado ocurriendo en la sociedad española a inicios de 2010: incluso los brotes de violencia escolar pasan a segundo término porque la incertidumbre económica absorbe la capacidad de atención del ciudadano a la cosa pública, y siempre con perspectivas a corto plazo, mimetizadas también por una clase política que calcula según plazos electorales. Así que es previsible una postergación de las urgencias de cambio educativo hasta que en el futuro se produzcan mayores saturaciones de deterioro o conflictividad. Es propio de las sociedades en estado de confusión explícita o larvada. Sin transparencia y lucidez, las crisis inducen al miedo.

Irá en aumento el desprestigio del sistema educativo al haber llegado de forma sobrada al punto de inestabilidad entre su mejoría cuantitativa y su descuido cualitativo, según la mayoría de prospecciones de todo orden. Sobresalen dos escollos: la ausencia de noción meritocrática y la fosilización de un sistema fragmentado por las competencias autonómicas. La inarticulación de la sociedad civil provoca en general el confluir de inercias y la improbabilidad de sinergias.

Según los datos de 2008, en España el nivel de abandono escolar prematuro ha aumentado casi un punto, llegando al 31,9%, con una media de los 27 de la UE situada en el 14,9%. Se sabe que el problema no es de índole estrictamente presupuestaria, pero no se reconocen sus orígenes ideológicos, que son una mezcolanza de años tecnocráticos -de empeño cuantitativo-, de igualitarismo arcaico y de un antiautoritarismo que es consecuencia de la permeabilización institucional lograda por los contravalores del 68. Con los gobiernos socialistas, la política educativa ha sido de continuidad en la ruptura, lo que ha llevado a muchos padres de actitudes definidas como progresistas a preferir la escuela privada a la pública en busca de un quehacer educativo más disciplinado y exigente.

Va a menos la motivación del profesorado en educación secundaria: baja el nivel de disciplina en los centros; hay frustración en los claustros universitarios. En conjunto, la inquietud de la mayoría de los padres duda al reconocer las causas de la crisis educativa: en realidad, no son muchos los que asumen cierta responsabilidad por el fracaso escolar de sus hijos. Por ahora, parece no contar como factor la rentabilidad educativa, el sueldo que se pueda obtener en el futuro según se alcance uno u otro nivel educativo.

Para un futuro en el que la sociedad española valore realmente su capital humano, los efectos de la crisis económica pueden tener resultados reactivos, pero a inicios de 2010, incluso con alguna propuesta de pacto educativo, la impresión es de pasividad cívica y de inhibición colectiva. Con altos porcentajes de desempleo juvenil y un panorama de Estado de bienestar lastrado por el envejecimiento y las bajas tasas de natalidad, los incentivos para iniciativas de capital humano se esfuman mientras gana terreno la insatisfacción. Es la llamada Generación Cero o Generación Ni-Ni. Entre sus pocas opciones está la de acceder a unas aulas universitarias que operan a modo de aparcamiento subterráneo de futuros parados.

Como ocurrió en otros términos con el Estatuto de Bayona en 1808, los nuevos afrancesados esperan que sea la Unión Europea la que imponga las reformas que la sociedad española no sabe o no quiere asumir. De todos modos, una reforma educativa en profundidad es una cuestión de conciencia nacional, porque atañe a la propia idea de comunidad de pasado, presente y futuro. Quizás sirva de acicate el esbozo de sistemas de control de calidad en todo el ámbito europeo, aunque ésa sería una paradoja chocante para una España embebida de particularismos educativos.

El impacto de la recesión en las aulas incrementa la desvinculación, a pesar de que todavía sea pronto para divisar plenamente el paisaje postrecesión. Aparece la banalización de la violencia en aulas, patios de recreo y en la vida familiar. La precariedad económica, el paro y el desposeimiento contribuyen a la instalación en un minimalismo ético. Estamos quedando atascados en la sociedad del postdeber, a la que habíamos llegado a consecuencia, en parte, de un crecimiento económico acelerado -el turbocrecimiento del semiadosado y la Semana Santa en Cancún- que expandió una capacidad adquisitiva equivalente a la de la clase media pero sin tiempo para estabilizar valores y arraigos. De ahí un déficit de cohesión que inmediatamente se traslada a la comunidad educativa. El producto es como de envasado al vacío. Frente al valor del ahorro, el endeudamiento sin mesura y las hipotecas: de ahí a lo que estamos viviendo, con su espectacular incidencia en la propiedad inmobiliaria, en crisis radical. El truncamiento de vínculos deviene status quo. Lo único claro es que en la España postcrisis van a emerger unas mutaciones que alterarán las constantes actuales del sistema educativo.

¿Se puede sustraer la necesaria gran reforma educativa al tempo político y nutrirla de los exponentes intelectuales de una sociedad postideológica? Es una pregunta para después de la recesión, pero las respuestas corresponderían a una ciudadanía que pretendiera superar sus inconexiones actuales, generadas en parte por unos estadios de crecimiento económico que fueron en no poca medida ajenos a los elementos indispensables de competitividad y productividad. Es, tal vez, la dejadez más espectacular de la opinión pública española. De aprenderse las lecciones de la recesión, no sería poco para proponerse estar a la altura de los tiempos.

Artículo publicado en Foreign Policy

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