Los políticos huyen de los católicos, el horizonte se despeja

España · Fernando de Haro
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2 mayo 2008
Gestos de buena voluntad para todos, para todos menos para la Iglesia. De la Vega, el "rostro amable" del Gobierno durante la primera legislatura, la mujer que impulsó el acuerdo de financiación del IRPF, la interlocutora cuando todas las puertas se cerraban, anunciaba el viernes pasado que la Fiscalía -¡nada menos que la Fiscalía!- iba a estudiar el convenio firmado por la Comunidad de Madrid con la Iglesia en el 97. Convenio renovado hace unos meses que permite a los capellanes participar en los Comités de Ética de los hospitales.

En esos comités están también los sindicatos y tienen carácter consultivo. Mucho más "escandaloso" es el acuerdo sobre asistencia religiosa en los hospitales firmado por el Gobierno de Felipe González del 85, en el que se respetan los "derechos adquiridos por los capellanes", que deben tener despacho, un sitio para dormir, y que carga los gastos de la asistencia religiosa al centro sanitario. Para una ofensiva laicista, más munición hay en la Ley de Libertad Religiosa de 1980.

Pero eso no sirve porque el objetivo es estigmatizar al PP con el sambenito del confesionalismo. No es extraño que la Ser destapara el asunto con notoria parcialidad informativa. No es extraño que el diputado Álvaro Cuesta, abanderado de un laicismo decimonónico, mostrara su "repugnancia" por un acuerdo que ha denominado " inquisitorial, fundamentalista e inconstitucional", fruto de "mentes podridas por el dogmatismo".

La noticia es que "la conciliadora" De La Vega sacara a pasear los tópicos de la imposición de las creencias. Eso significa que, tras la victoria del 9-M, el Gobierno considera definitivamente amortizado el voto católico. Zapatero está convencido de que toda la campaña que desplegó contra la Iglesia tras la concentración de las familias el 30 de diciembre le ayudó a ganar las elecciones. Tiene la convicción de que le ha sido muy rentable presentarse como víctima de "una conspiración de cardenales" que no respetan el dictamen de las urnas y que quieren imponer su moral. Ahora, cuando en Moncloa quieren atacar a alguien lo asocian a la Iglesia, a los obispos, a los católicos organizados que quieren tener un rostro público.

Pero en el PP están convencidos de lo mismo. Tanto en el PP del "aparato", en el de Mariano Rajoy, que de momento tiene como cara más visible a Soraya Sáenz de Santamaría, como en el PP que promueve un desgaste rápido del líder. Hay un miedo atroz en el centro-derecha a ser identificado con lo católico. El nombramiento de José María Lasalle, jefe de Estudios del PP, como portavoz de Cultura es muy significativo. Lasalle publicó el pasado 21 de abril un artículo en El País titulado "Liberalismo antipático" en el que daba pistas de cómo tiene que renovarse el PP. Su discurso es muy influyente en Génova y, aunque en ese texto no abogaba por un distanciamiento de la Iglesia, en otras ocasiones lo ha defendido.

Esta situación tiene una evidente ventaja. En la primera legislatura de Zapatero todavía podía alimentarse una ambigüedad poco sana. Se vivía, en gran medida, del espejismo de una "mayoría silenciosa" que, de un modo u otro, confiesa un catolicismo "natural", de valores, y que tiene "derecho" a contar con un peso político proporcionado. Esa mayoría silenciosa, que se habría expresado como sociedad civil en las manifestaciones de la Asociación de Víctimas, en las concentraciones a favor de la familia o de la libertad de educación, debería, si no conseguir un cambio de Gobierno, al menos condicionar "la agenda" del principal partido de la oposición. En realidad es una lógica de poder que no hace las cuentas con la realidad. Tanto si consigue algún día éxito, que no parece, como en el actual fracaso distrae de la verdadera tarea.

Todo esfuerzo que no esté encaminado a la lenta reconstrucción de una experiencia de la fe en la base, que no dé nada por supuesto, que se exprese en iniciativas sociales y en un trabajo cultural alimenta quimeras. Ahora, por fortuna, el horizonte se ha despejado. No hay "mediación" política en la que delegar lo que sólo el testimonio, la seriedad con su experiencia y la creatividad social de los católicos pueden generar. La sociedad civil que puede hacer política, sin producir sueños utópicos, es la que nace de abajo, de las obras. Obras que son más incisivas cuanta más conciencia tienen de la novedad humana que las genera.

 

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