Los estudiantes deben estudiar

España · Pablo Martín de Santa Olalla
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14 julio 2013
En los últimos días hemos visto al ninistro de Educación, José Ignacio Wert, dar los primeros síntomas de flaqueza. Lo que resultaba esperable, porque va de abucheo en abucheo. Ayer reconoció que probablemente “midió mal sus fuerzas”, y que “después de acabar con el su empeño personal” (que no es otro que la reforma educativa), dejará la política activa. Yo le creo cuando dice esto último, porque Wert, a diferencia de la mayor parte de los políticos actuales, tiene una vida profesional fuera de la política, y probablemente mejor remunerada y sin los sinsabores que genera su actual labor como Ministro de Educación. Pero no por ello debe caer en el desaliento, ya que personalmente creo que su reforma educativa no sólo es muy necesaria, sino que está muy bien planteada en el fondo aunque las formas puedan mejorarse.

En los últimos días hemos visto al ninistro de Educación, José Ignacio Wert, dar los primeros síntomas de flaqueza. Lo que resultaba esperable, porque va de abucheo en abucheo. Ayer reconoció que probablemente “midió mal sus fuerzas”, y que “después de acabar con el su empeño personal” (que no es otro que la reforma educativa), dejará la política activa. Yo le creo cuando dice esto último, porque Wert, a diferencia de la mayor parte de los políticos actuales, tiene una vida profesional fuera de la política, y probablemente mejor remunerada y sin los sinsabores que genera su actual labor como Ministro de Educación. Pero no por ello debe caer en el desaliento, ya que personalmente creo que su reforma educativa no sólo es muy necesaria, sino que está muy bien planteada en el fondo aunque las formas puedan mejorarse.

           A Wert le han daño varias cosas en las que él tiene su parte de culpa pero que en otros casos responden a circunstancias externas. Tiene parte de culpa por haber provocado a los catalanes con aquello, dicho en sede parlamentaria, de que buscaba “españolizarles”, lo que no pudo ser más desafortunado en un momento en el que el nacionalismo catalán se está radicalizando y ERC comienza a adelantar en las encuestas a CiU. También tiene su parte de culpa en haber juntado una muy ambiciosa reforma educativa con un conjunto de recortes en la Educación. Sin embargo, Wert no es culpable de que el trámite parlamentario de la ley se está alargando más de lo necesario por la sencilla razón de que la reforma educativa cuesta dinero y las arcas públicas están para todo menos para afrontar nuevos gastos, por muy necesarios que éstos sean. Esta necesidad de dilatar en el tiempo la aprobación de la ley está suponiendo para Wert un desgaste personal muy importante, quien, aunque ha sido públicamente respaldado por Rajoy, aún tiene que batallar con un sector, el educativo, en el que sobra ideología y en el que falta esfuerzo y exigencia.

           Uno de los principales problemas con que se encuentra Wert es que, a pesar del bipartidismo imperante en España desde hace más de treinta años, en el terreno educativo el dominio de la izquierda ha sido abrumador. En efecto, socialistas han sido una de las dos leyes de la universidad (la LRU, nefasta en muchos sentidos porque dejó sin futuro a las nuevas generaciones de investigadores universitarios) y, lo más importante, todas las que podían afectar a la enseñanza primaria y secundaria: la LODE, la LOGSE y la LOE son todas ellas obras del Partido Socialista. Los resultados son bien conocidos: España, a la cola de la educación dentro de los países de la OCDE. Y no lo digo yo, sino el prestigioso Informe PISA, para el que nuestra educación lleva en caída libre por lo menos veinte años. Frente a todo ello, tenemos los dos intentos fallidos de la derecha: la reforma de Esperanza Aguirre, que no fue a ningún sitio por falta de apoyos parlamentarios (eran los tiempos de la mayoría simple del primer Gobierno Aznar); y la LOCE de Pilar del Castillo, que, aunque aprobada por el Parlamento, nunca llegó a entrar en vigor. En el lugar de esta última se puso la LOE, que no es más que una reafirmación de la LOGSE con la novedad de las “competencias básicas” que los educadores no saben ni por dónde cogerlas ni menos aún cómo aplicarlas. Y que quede claro que el problema educativo trasciende con mucho a las leyes, es un problema mucho más amplio para explicarlo exclusivamente en función de una ley.

          Personalmente, creo que en este momento lo que más le conviene al Ministro de Educación es crear un orden de prioridades, y en él el primer lugar lo debe ocupar que la LOMCE sea finalmente aprobada y entre en vigor. Mientras, los recortes educativos deben esperar mientras los Presupuestos Generales del Estado lo permitan: ya vendrán, pero ahora no es el momento. Y no es el momento porque la sociedad española no ha tomado conciencia aún que la Educación implica derechos pero también deberes, y el primer y fundamental deber es que nuestros alumnos aprovechen el dinero que aportamos todos los ciudadanos para mejorar su formación y que así puedan ser realmente capaces de competir en cualquier mercado laboral. A veces parece que olvidamos que hay una masa de trabajadores asalariados con cada vez menor poder adquisitivo debido a continuas subidas de impuestos que buscan sufragar temas como la Educación, para que luego el dinero no sea debidamente aprovechado.

          Lo dicho, Señor Ministro: no se desanime, somos muchos los profesionales de la Educación que necesitamos un cambio drástico en nuestro campo laboral, cambio que sólo puede venir de su reforma educativa, a partir de la cual podremos comenzar en la dirección correcta. Una reforma que busca, ante todo, recuperar el mérito y el esfuerzo, le pese a quien le pese. Eso sí, Don José Ignacio, no podemos ocultarle que tendrá que dar lo mejor de sí mismo, porque le van a seguir boicoteando su LOMCE lo que puedan y más. Pero no olvide que, a día de hoy, pertenece Vd. a un Gobierno con una sólida mayoría absoluta y dos años y medio de legislatura por delante. Y eso es algo que, sencillamente, no se puede desaprovechar, estamos ante una ocasión única.

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