Los engaños de ETA, sus verdaderas víctimas

España · José Manuel de Torres
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27 febrero 2014
El pasado 17 de febrero, y en el mismo avión en el que sus padres regresaron a España, Iker y Anuk, dos jóvenes de 16 y 19 años, pisaban por vez primera tierra española. Seguramente a su desorientación física por el largo viaje desde México ambos sumaban una terrible desorientación psicológica y el miedo y el desasosiego por el incierto futuro al que, sin comerlo ni beberlo, se veían irremediablemente abocados.

El pasado 17 de febrero, y en el mismo avión en el que sus padres regresaron a España, Iker y Anuk, dos jóvenes de 16 y 19 años, pisaban por vez primera tierra española. Seguramente a su desorientación física por el largo viaje desde México ambos sumaban una terrible desorientación psicológica y el miedo y el desasosiego por el incierto futuro al que, sin comerlo ni beberlo, se veían irremediablemente abocados.

Y es que nada hacía presagiar tan sólo unas fechas antes que su rutina diaria en el colegio y en la universidad mexicanas donde se educaban iban a ser alteradas brutalmente, y aún menos que sus vidas girarían súbitamente como peonzas sin dirección al descubrir la terrible verdad que sus progenitores, los emigrantes españoles “Eva Barreña” y “José Manuel Ruiz”, les habían ocultado premeditadamente: ellos, Itzíar Alberdi y Juan Jesús Narváez Goñi, sus verdaderos padres, eran realmente dos peligrosos asesinos etarras de los comandos Madrid y Ekaiz reclamados por la justicia española por 22 asesinatos y una treintena de atentados. Una verdad realmente terrible.

¿Qué podrá pasar por la cabeza de dos chavales adolescentes al descubrir de repente una realidad tan dramática? ¿Serán capaces de digerir que todo el basamento de su anterior existencia se deshaga en segundos como un azucarillo en el café? ¿Encontrarán alguna razón real para asumir que ellos deberán pagar ahora en sus propias carnes la culpa de sus padres? ¿Qué sentirán cuando éstos sean finalmente condenados a largos años de cárcel por sus horrendos crímenes? ¿Podrán perdonarles la larga orfandad que les espera? ¿Serán capaces de ponerse en el lugar de los familiares e hijos de los asesinados por sus padres, estos sí realmente víctimas y huérfanos? ¿Y qué opinarán del pretendido arrepentimiento de medias palabras con que algunos asesinos etarras pretenden acogerse a medidas de gracia y reinserción individuales? ¿Comprenderán al fin que ellos también son víctimas principales de ETA?

Los engaños de ETA no terminan sólo con el falso relato de un pretendido “conflicto político” con el que hoy la marca terrorista, sus adláteres de Bildu y otros tontos útiles tratan de enmascarar sus crímenes de lesa humanidad, embaucar a la sociedad vasca con un falso “proceso de paz” y adormecer a toda la sociedad española con una falsa entrega de armas verificada por unos chapuceros agentes internacionales dignos de competir con Mortadelo y Filemón en sus aventuras de tebeo. No, los engaños de ETA empiezan en la propia mentira con que los terroristas huidos reconstruyen sus vidas y que finalmente acaban arruinando otras muchas vidas: entre ellas, las de sus propios hijos. ETA lleva muchos años engañando a los vascos: exactamente los mismos años que lleva engañándose a sí misma.

Los engaños y trampas de ETA siempre han sido visibles para quien quisiera verlas. El pretendido romanticismo de unos jóvenes nacionalistas e idealistas luchando por la democracia o por la libertad del pueblo vasco en los finales del franquismo y en los principios de la Transición ocultaba una única realidad: aquellos “gudaris” no eran más que unas alimañas sedientas de sangre con la que forzar al Estado a negociar su único y real objetivo antes y ahora: la imposible independencia del País Vasco de España. Y estos engaños de antaño se disfrazan hogaño con nuevas máscaras: el intento de imposición por parte de Bildu de un relato mentiroso al que desgraciadamente parece también prestarse el PNV, al menos como estrategia política; un relato falaz donde no hay frontera moral entre las víctimas y sus verdugos; un falso relato que pretende equiparar la violencia terrorista de una banda armada con el uso legítimo de la misma por parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado para defender constitucionalmente la democracia, la libertad y la paz de todos los españoles; en resumen un relato tramposo donde se pretende aún una idílica sociedad vasca discriminada y víctima de una fantasiosa ocupación española. ETA, Bildu y sus adláteres nacionalistas, pues, siguen engañando y engañándose.

Y ante todo ello, no vale ya mirar para otro lado o llamarse a andana como a veces han hecho los Gobiernos españoles de turno. La sociedad española en su conjunto ha sido y es la principal víctima moral de la organización terrorista, además de las víctimas individuales y de los familiares de sus 829 asesinatos. La indiferencia, el tancredismo y la inacción no parecen nunca la mejor de las políticas. Así, pues, es necesario enfrentarse políticamente a todos estos engaños con la verdad y con la razón democrática, pero sobre todo con la acción policial y con la actuación sistemática de la justicia y de la ley. Ésta es la única manera de corroborar con hechos que el único final posible de ETA y de sus engaños es su derrota final y su total disolución; lo que implicará, entonces sí, la entrega sin condiciones de todo su armamento y la puesta a disposición judicial de todos los terroristas huidos, con hijos o sin hijos. Éste es un debate político que no debe esconderse a la nación española por respeto a la dignidad de todas las verdaderas víctimas de ETA.

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