Los chicos de Pozuelo son hijos de Mañara

Mundo · Fernando de Haro
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8 septiembre 2009
Se reúnen el lunes en una cafetería nada barata de uno de los barrios más distinguidos de Madrid. Un grupo de chicas de 17 años. Superaron el curso con buenas notas en junio, en uno de los colegios más selectos de Madrid. Son hijas de familias estructuradas, dinámicas. Todavía les queda algo de resaca. Y se confiesan en voz alta: "ha sido la noche más divertida de nuestra vida".

Se refieren a la madrugada del 5 al 6 de septiembre, cuando los participantes en un macrobotellón organizado en Pozuelo de Alarcón, una localidad de la capital, con la renta per capita más alta de España, acabaron asaltando una comisaría de Policía e hiriendo a 10 agentes, dos de ellos de gravedad. Una auténtica batalla campal con destrozo de mobiliaria urbano y multitud de heridos.

Los sindicatos policiales le echan la culpa al Ayuntamiento, seguramente con razón. La Comunidad de Madrid, seguramente con razón, le echa la culpa a la delegación del Gobierno. Ha habido desde luego un problema de orden público. Los bienpensantes, seguramente con razón, se refieren a la crisis de valores. El ministro de Educación, Ángel Gabilondo, en un país en el que su Gobierno no remedia una tasa de fracaso escolar del 30 por ciento habla, también acertadamente, de un problema cultural. Aunque en seguida le sale la mentalidad de "planificador" y pide planes de ocio alternativos que, claro, son cosa de la Administración. Pero casi nadie parece darse cuenta de que las chicas del botellón, además de ser hijas de familias de orden, son hijas de Miguel Mañara. De ese Miguel Mañara que, después de haber participado en todos los botellones del XVII en Sevilla y de haber seducido y matado, en el acto I de la gran obra de Oscar Milosz, en una noche de sinceridad confiesa que es víctima del tedio. Las frases que pone en su boca el autor lituano son las que pronuncian las chicas de la cafetería: "he arrastrado el amor al fango y a la muerte, convirtiéndolo en placer; fui un traidor, un blasfemo, un verdugo, he hecho todo lo que puede hacer un hombre miserable. ¡Y ya veis! He perdido a Satanás. Y ahora sólo me queda la hierba amarga del aburrimiento".

Aburrimiento es la palabra que explica el peligroso juego con la droga del alcohol y con la violencia. Estamos ante una de las manifestaciones más dramáticas de lo que Benedicto XVI ha llamado "emergencia educativa". El modo en el que los jóvenes pasan el tiempo libre revela, mucho más que su éxito y fracaso en  "hacerse hombres y mujeres de provecho", si la tradición en la que se les ha educado responde. Si responde a su deseo irrefrenable, apasionado -positivo hay que añadir- de vivir una vida interesante. Beben y coquetean con la nefasta violencia porque desean estar satisfechos, porque no quieren rumiar la hierba amarga del aburrimiento, porque la llamada del Infinito es demasiado poderosa para acallarla. Y cundo ese Infinito no está presente hay que matar el tiempo que se ha vuelto enemigo. Miguel Mañara, cínico en el primer acto, muere en el último acto amando cada minuto de su existencia. Cada instante se ha vuelto rico, interesante, sugerente. ¿Qué ha sucedido entretanto? Un adulto le ha acompañado y le ha enseñado a descubrir las infinitas posibilidades, los infinitos mundos, que encierra cada cosa.

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