Lope

Cultura · Juan Orellana
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2 septiembre 2010
Por fin vuelve el cine español a ese subgénero que ha dejado títulos tan interesantes en su historia: la revisitación de nuestro Siglo de Oro. Se abandona así el terreno devastado de la Guerra Civil, casi siempre presentado con intenciones de propaganda ideológica, para adentrarse en un mundo que permite mirar la historia de España sin absurdos complejos. Si Alatriste fue un interesante experimento que demostró que el cine español puede abordar el género de aventuras históricas con éxito, Lope confirma que se pueden hacer grandes diseños de producción al servicio de guiones aceptables. Se trata de una coproducción con Brasil -aunque rodada en parte en Marruecos-, dirigida por el brasileño Andrucha Waddington, y escrita por los españoles Jordi Gasull e Ignacio del Moral. Entre los productores figuran Julio Ariza, Ángel Blasco, Edmon Roch y los Teddy Villalba, padre e hijo. Es la primera vez que el Grupo Intereconomía participa en una producción cinematográfica.

El film recrea un periodo de cinco años de la vida del literato Lope de Vega, desde su regreso de la batalla de la Isla Terceira (1583) hasta su destierro (1588). Ese lapso biográfico permite al guionista hacer un boceto del mundo literario de la época, del ambiente noble, y también del contexto religioso de la época. Pero fundamentalmente la película quiere hacer una caracterización de la personalidad humana de Lope, más allá de su talento literario. Indaga en sus dudas, en sus contradicciones, en su idealismo y su coraje.

Lope no es una película especialmente brillante, pero en conjunto es aceptable, y cuenta con momentos -sobre todo en el tramo final- ciertamente bien resueltos. El film quiere combinar la trama romántica -la que muestra aspectos más discutibles y tópicos, cercanos a veces al culebrón- con el género más aventurero -la más breve, y sin embargo la mejor-.

En el elenco de aciertos hay que empezar con el diseño de producción de Federico Ghio e Isabel Viñuales y el vestuario de Tatiana Hernández, apoyados por la fotografía de Ricardo della Rosa. Aunque algunos efectos digitales -como los navíos en Lisboa- son deficientes, este capítulo merece un sobresaliente. También es muy acertada la elección de algunos intérpretes, especialmente Leonor Watling (Isabel Urbina), así como Pilar López de Ayala (Elena Osorio), Luis Tosar (Fray Bernardo), Antonio de la Torre (Juan de Vega) y Antonio Dechent (Salcedo). Más discutible es el trabajo de Juan Diego (Jerónimo Velázquez), cuya dicción es cada vez más ininteligible. Pero la gran cuestión es si Alberto Ammann encarna a Lope de Vega de la mejor manera posible, y no parece que la respuesta sea afirmativa. No es que lo haga mal, al contrario, hace un trabajo correcto, pero no está claro que exprese y comunique con acierto el alma de Lope de Vega.

El tratamiento del catolicismo español de la época, que encarna el único clérigo que aparece, Fray Bernardo, supone una novedad en la filmografía española contemporánea. No hay asomo de caricatura, ni de interpretación ideológica anticlerical. Fray Bernardo es un buen creyente, honesto, amigo leal, firme pero no mojigato. Es un personaje positivo que recuerda mucho a los sacerdotes de La buena estrella (Ricardo Franco) y Héctor (Gracia Querejeta). En fin, una película estimable que mejora el panorama del cine español.

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