Locura ordinaria o compañía de personas reales

Mundo · Giorgio Vittadini
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11 enero 2019
¿Qué tiene que ver el aumento de sucesos violentos sin razón, el malestar y el sinsentido de las sociedades del mundo desarrollado, con la crisis de los cuerpos intermedios, los movimientos, las asociaciones, las compañías y las libres agregaciones de personas? Aparentemente, nada. Los cuerpos intermedios parecen estar en crisis irremediablemente por dos razones. La primera va ligada al derrumbe planetario de la confianza que estamos viviendo. Confianza entre países, entre ciudadanos de distinta procedencia, entre ciudadanos e instituciones, entre las personas y sus agregaciones.

¿Qué tiene que ver el aumento de sucesos violentos sin razón, el malestar y el sinsentido de las sociedades del mundo desarrollado, con la crisis de los cuerpos intermedios, los movimientos, las asociaciones, las compañías y las libres agregaciones de personas? Aparentemente, nada. Los cuerpos intermedios parecen estar en crisis irremediablemente por dos razones. La primera va ligada al derrumbe planetario de la confianza que estamos viviendo. Confianza entre países, entre ciudadanos de distinta procedencia, entre ciudadanos e instituciones, entre las personas y sus agregaciones.

El hombre contemporáneo ya lleva tiempo viviendo las dimensiones globales y “líquidas” de la sociedad, tan bien descritas por el sociólogo polaco Zigmunt Bauman. Todo eso ha llevado a pensar que toda forma de realidad organizada es portadora de intereses particulares contrarios al bien común y por tanto hay que mirarlo con sospecha. En escena solo quedan el Estado y el individuo. Cuando el capitalismo era industrial, necesitaba una mediación entre el individuo y la producción, como por ejemplo en la organización sindical. Pero eso ha cambiado con el tardo capitalismo, el financiero, que ve en la sociedad intermedia un obstáculo a la inmediatez de las transacciones económicas.

Luego hay una segunda razón que ha acelerado radicalmente el proceso. El acceso a la red global ha desatado los vínculos, hasta el punto –como hemos visto– de que muchos piensan que esta es una sociedad formada por mónadas, cada una con sus necesidades y deseos específicos, que contrastan con los de los demás.

En esta línea, Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, hace un año publicó un largo manifiesto en el que alaba a las comunidades tal como las conocemos (plazas, clubes deportivos, iglesia), pero subraya que están en declive, así como la confianza y la esperanza, y que para preservarlas hay que restablecer sus “conexiones” a través de las redes sociales. Estas, según Mr. Facebook, no alienan a la gente sino que tienen de hecho un efecto positivo, pues refuerzan el tejido social. Hay quien habla de las redes sociales incluso como los “nuevos cuerpos intermedios”, destacando el valor de su dimensión incluso física, más que virtual. Se trataría de formas de agregación más informales y fluidas, con objetivos más específicos y sin jerarquías fijas, más bien como ámbitos de relación, espacios de sociabilidad.

Pero estas nuevas formas de agregación tampoco están siendo capaces de contener la crisis de confianza que está minando no solo a los cuerpos intermedios, sino a toda la vida social. La desbandada actual afecta a los fundamentos de la existencia porque afecta a la posibilidad de realizar un camino de crecimiento y satisfacción en la familia, en el trabajo, en la vida cotidiana. Parece imposible pensar que la gente pueda estar determinada por una irrenunciable capacidad de bien, de construcción, de positividad. Los cuerpos intermedios no están en crisis porque se hayan vuelto superfluos, sino porque, aislándose, la gente ha perdido la conciencia de su necesidad de relacionarse.

Entonces no es extraño que, en un día de locura habitual, ya sea en familia, en clase, en un bar, en un lugar público, alguien que durante años ha vivido solo con su malestar y su rencor desfogue toda su agresividad reprimida. En estos casos se descubre lo precaria que es la amistad por internet. Solo se cultivan relaciones profundas saliendo de casa, estrechando manos, encontrándose físicamente, mirándose a la cara, compartiendo cosas importantes. No basta con rebotar mensajes de whatsapp o twitter, confiar nuestras opiniones a una página web. Cuando la vida muestra su cara más dura, entiendes que ningún aparato electrónico puede sustituir las relaciones estables y físicas, en contextos locales o globales, en la vida personal o social. Como dice el historiador Giulio Sapelli, “la participación en la sociedad intermedia ha educado a millones de personas en el mundo, con una orientación a la acción y al pensamiento concreto y no abstracto, mediante la práctica social. La participación en la vida de la comunidad y de la sociedad intermedia ha sido un proceso educativo que ha edificado los pueblos de todo el mundo”.

Por tanto, si no queremos convertirnos en polillas nocturnas a merced del poder, hay que superar la tentación tanto del individualismo frente al Estado como la de concebir los cuerpos intermedios como corporaciones de intereses y principios particulares alejados de la experiencia real, del deseo no reducido, de la búsqueda del bien común. Hay que volver a empezar con humildad, en la vida familiar y social, en la política, en la economía, por las preguntas sobre el sentido de la vida porque son las que inspiran la vida cotidiana. Si uno está solo, se volverá amarga la utopía de encontrar respuestas en la realidad. Incluso seguir buscándolas.

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