Lo que responde a la impotencia no será una muestra de poder sino una presencia

Mundo · José Medina
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10 junio 2020
Un profundo grito humano atraviesa nuestras ciudades. Una vez más, hombres y mujeres negros temen ser asesinados indiscriminadamente a manos de aquellos que deberían protegerlos y servirles. Y se sienten impotentes.

Un profundo grito humano atraviesa nuestras ciudades. Una vez más, hombres y mujeres negros temen ser asesinados indiscriminadamente a manos de aquellos que deberían protegerlos y servirles. Y se sienten impotentes.

En una columna de opinión publicada en Los Angeles Times, Kareem Abdul-Jabbar lo expresaba así: “Lo que debemos ver al contemplar a los manifestantes negros de la era de Trump y del coronavirus es gente que se encuentra al límite, no porque quieran que abran los bares y los salones de cosmética sino porque quieren vivir. Respirar”.

Todos nosotros nos sentimos impotentes.

Una manera habitual de desahogar esa impotencia es identificar a un enemigo e idear formas para llegar a someterlo. Saltar al campo de batalla es una manera de restaurar una cierta sensación de poder. Al no estar en primera línea, podemos sentir ese poder tuiteando o simplemente comentando los males de nuestra sociedad.

Pero eso no responde adecuadamente al grito de los que protestan en las calles. La humillación pública que siguió al video viral con la reacción de Amy Cooper ante Christian Cooper, un hombre negro en Central Park, no ayuda a erradicar el racismo.

Martin Luther King Jr. dijo una vez que podríamos matar al asesino pero nunca podremos asesinar al odio que lleva a matar. Quien piense que eliminando a la persona racista que comete violencia derrotaremos al racismo está ignorando un hecho innegable: todos deseamos vivir, y todos somos violentos, y hasta racistas.

Como decía King, “algo dentro de nosotros nos lleva a gritar con Goethe que hay suficientes cosas en mí para hacerme ser caballero y pícaro”.

Todos deseamos vivir, ser amados. Y ese deseo tampoco es ajeno al agente de policía que mató a George Floyd. Y todos somos violentos, con aquellos a los que no conocemos, e incluso con aquellos a los que amamos.

Para ser sinceros, podemos reconocer en nosotros mismos a esa mujer de Central Park, al policía y al saqueador. Asoma en nuestras publicaciones en Facebook e Instagram, aunque salimos indemnes porque nadie lo grabó.

Al margen de nuestro estatus social, raza o religión, a pesar de lo que hayamos hecho o seamos capaces de hacer, todos compartimos ese grito de la calle. Queremos vivir, y no sabemos cómo. ¿Qué puede responder a este grito tan humano?

En 2017, Richard Preston, por aquel entonces ‘mago imperial’ de la sección de Maryland del Ku Klux Klan, disparó contra un hombre negro durante unas manifestaciones de protesta en Charlottesville, Virginia. En lugar de condenar al ostracismo a Preston, Daryl Davis, otro hombre negro, decidió hacerse amigo suyo, y de otros muchos miembros del ‘klan’.

Un año después, la prometida de Preston invitó a Davis a acompañarla en su boda de camino al altar. Al igual que King, Davis cree que solo el amor tiene el poder redentor de transformar a hombres y mujeres, por muy recalcitrantes que puedan ser sus intenciones. Su acción evoca estas palabras de King: “La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad. El odio no puede expulsar al odio; solo el amor puede hacerlo”.

Davis ha tenido que enfrentarse a mucho escepticismo. Muchos creen que su postura no es adecuada para afrontar los problemas endémicos que sufre nuestra sociedad.

Durante una acalorada discusión en el documental ‘Accidental Courtesy’ de la television pública, Kwame Rose, una activista de Black Lives Matter, le dijo a Davis: “Deja de malgastar tu tiempo yendo a casa de gente que no te quiere”. Sin embargo, parece que la “presencia” de Davis está cambiando misteriosamente a esa gente.

Hace unos días nos conmovían las imágenes de agentes de policía escuchando ese grito, uniéndose a los manifestantes, leyendo las listas de los que habían muerto o arrodillándose en solidaridad con las víctimas de la violencia y el racismo.

Hemos visto cómo lo que responde a la impotencia no es el poder sino una “presencia” capaz de comunicarse con el supuesto enemigo. Sin una presencia, nuestra impotencia acaba siendo aterradora.

La contribución que podemos ofrecer a los demás en un momento tan dramático como este es escuchar el grito, no acallarlo con soluciones rápidas, y compartir nuestra experiencia con alguien que responde a nuestra impotencia y despierta nuestra humanidad. Mejores leyes y estructuras sociales más humanas solo saldrán a la luz de hombres y mujeres conscientes de haber sido redimidos por una presencia.

Catholic Philly

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