EDITORIAL

Lo que España no puede aprender de Rimini

España · P. D.
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3 octubre 2013
El Meeting de Rimini, que concluyó su 34 edición el sábado pasado es, a pesar de su importancia cuantitativa (700.000 presencias cada año) y cualitativa (uno de los encuentros culturales más relevantes de Europa),  un fenómeno poco conocido en España. En su momento el ex presidente Aznar y su ex ministro Mayor Oreja lo visitaron, también lo visitó como ponente el director de El Mundo, Pedro J. Ramírez. Pero los tres fueron contactos epidérmicos. Más sistemática ha sido la presencia del cardenal Rouco, que sí sabe bien de él. Salvo esta y alguna otra excepción el desconocimiento es general. Quizás no sea causal.

El Meeting de Rimini, que concluyó su 34 edición el sábado pasado es, a pesar de su importancia cuantitativa (700.000 presencias cada año) y cualitativa (uno de los encuentros culturales más relevantes de Europa),  un fenómeno poco conocido en España. En su momento el ex presidente Aznar y su ex ministro Mayor Oreja lo visitaron, también lo visitó como ponente el director de El Mundo, Pedro J. Ramírez. Pero los tres fueron contactos epidérmicos. Más sistemática ha sido la presencia del cardenal Rouco, que sí sabe bien de él. Salvo esta y alguna otra excepción el desconocimiento es general. Quizás no sea causal.

De hecho hubo dos momentos en los que algunos españoles sí tuvieron interés por esta iniciativa de Comunión y Liberación. Las razones por las que luego se ha ignorado son muy ilustrativas. Uno de los interesados  fue  Martín Patino, que a mediados de los 80, cubrió para El País, varias jornadas. Las crónicas de Patino de aquellos años están llenas de sorpresa. Pero su curiosidad surgía, sobre todo, del temor de que el modelo de la democracia cristiana se exportara a España vía CL. No por causalidad Patino, secretario del cardenal Tarancón, fue el hombre que luchó con todas sus fuerzas para que, tras el franquismo, en España los católicos no tuvieran un partido propio.

El segundo contacto, más discreto, se produjo ya en la época de Zapatero. Algunos de los nuevos movientos de movilización contra la política radical, buscaron en Rimini la inspiración y el modelo para exportar una forma de presencia católica incisiva. Volvieron entusiasmados pero las réplicas no funcionaron.

Era lógico que la izquierda temiera la creación de un proyecto de teología política que pudiera resucitar fórmulas superadas con el fin del franquismo. Era normal que la derecha intentara localizar ideas y proyectos en los que inspirarse para defender con los dientes apretados los valores que el secularismo estatal destruye. Pero la curiosidad desapareció con el tiempo porque el Meeting de Rimini no responde a un proyecto político ni tiene la forma de un lobby. Ni era una amenaza ni una inspiración.

El Meeting de Rimini se resiste a ser encajonado en un esquema idelógico. Pero esa complejidad es precisamente la que puede hacerla más interesante a un país como España. Donde los laicos se echan a temblar cuando ven a varios católicos juntos, afrontando un problema público, por el recuerdo real o artíficioso de la dictadura. Y donde los católicos, demasiado a menudo, se refugian en el templo o vuelven a soñar con proyectos de hegemonía.

La sana complejidad del Meeting, que es la que le permite ser fiel a su nombre -lugar de encuentro- es que nace de un catolicismo que lo fía todo a la capacidad que tiene la fe de avivar lo humano, de generar una experiencia en la que el otro, sea cual sea su religión o ideología, puede convertirse en compañero de camino.  Cualquier estrategia es infinitamente menos eficaz y menos bella, menos verdadera, que la potencia de una fe vivida en sus dimensiones esenciales: caridad, cultura y misión.

De ciertos proyectos es lógico que la gente huya, sobre todo en un país con la historia que tiene España. De un compañero de camino leal que lo confía todo a la libertad y que no tiene nada que defender, sin embargo, no hay por qué defenderse.  

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