Lo que distingue a un católico en la política

Mundo · Giorgio Vittadini
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10 junio 2008
En Italia continúa, prácticamente sin solución de continuidad, la discusión sobre el papel de de los católicos en la vida política. Después de las valoraciones sobre su peso en el nuevo Gobierno italiano, los máximos exponentes de la oposición han vuelto a ponerse en guardia frente al peligro de que la Iglesia actúe como una suerte de organización al servicio del poder. Como se ha puesto de manifiesto, el problema es otro y está más allá de esa simple contraposición, que sería más propia del siglo XIX.

A los que se preocupan por la presencia -escasa o excesiva, según se mire desde derecha o izquierda- de los católicos en el poder, les recuerdo lo que respondía don Giussani en una entrevista publicada en La Stampa en 1996. A la pregunta: "¿Pero usted se sentiría más seguro con un cristiano en el Gobierno?", el sacerdote milanés respondía: "No. El problema es la sincera dedicación al bien común y una competencia real y adecuada. Se puede ser un cristiano cuya honestidad y competencia dejen lugar a dudas". Muchos ejemplos en estos 60 años de historia de nuestra república así lo demuestran.

Desde los años 50 en adelante, muchos católicos, paradójicamente aliados de aquéllos que hoy tienen miedo de la intervención de la Iglesia, se han convertido en los más feroces defensores, incluso en los últimos tiempos, de un estatalismo "bueno", que está en la raíz de gran parte de los males que Italia padece en la actualidad. Pero ahora, para evitar el riesgo de un poder que le ponga fin, ¿hay que refugiarse en un espiritualismo desencarnado? Más bien, como dijo el Papa en la asamblea general de la Conferencia Episcopal Italiana, frente al desafío del relativismo y del nihilismo que afecta a todos, lo que hace falta son "educadores que sepan ser testigos creíbles de esa realidad y de esos valores sobre los cuales es posible construir tanto la existencia personal como proyectos de vida común y compartida".

El cristianismo tiene una incidencia histórica real cuando es visto no como una ideología teórica sino como una experiencia personal en la que se mira y se sigue una Presencia misteriosa y amiga que está en la realidad. Quien vive así resulta útil para la sociedad humana porque toma conciencia del deseo de bien que alberga en su corazón, hace suyas las verdaderas necesidades de cualquier hombre, empieza a construir obras que son formas de vida nueva, sabe pedir a la política que salvaguarde la afirmación de aquellos valores que hacen más humana la convivencia de todos. Y si hace política, la renueva, con paciencia, desde dentro, sea cual sea su puesto y su tarea.

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