Libertad vigilada, ¿qué nos plantea el caso Snowden?

Mundo · Horacio Morel (Buenos Aires)
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22 julio 2013
Mientras Edward Snowden continúa en el limbo jurídico de la zona de tránsito del aeropuerto de Moscú, la sociedad mundial tiene una buena oportunidad para reflexionar sobre las implicancias del caso y no reducirlo a un triller diplomático-policial de amplias repercusiones mediáticas.

Mientras Edward Snowden continúa en el limbo jurídico de la zona de tránsito del aeropuerto de Moscú, la sociedad mundial tiene una buena oportunidad para reflexionar sobre las implicancias del caso y no reducirlo a un triller diplomático-policial de amplias repercusiones mediáticas.

Como se sabe, este ex agente de los servicios de inteligencia norteamericanos (CIA/NSA) hizo públicos métodos y contenidos del Programa Prism, por el cual el espionaje yanqui con la asistencia casi segura de las más importantes firmas del mundo informático (Microsoft, Google, Apple, Facebook) accedía a la intimidad de millones de usuarios de Internet.  La gigantesca red de información y comunicación, emblema de un planeta globalizado y sinónimo de libertad, convertida en vehículo de control y dominación.

Muchos han querido emparentar en estos días a Snowden con Julian Assange, el mentor de Wiki Leaks.  Creo que debe establecerse una diferencia: aunque las motivaciones políticas de ambos puedan parecerse (poner al desnudo las prácticas ocultas del poder), Assange es por definición un entrometido, un hacker, alguien que no visualiza una cuestión moral en el hecho de inmiscuirse en la privacidad ajena.  Snowden, por su parte, justamente ha denunciado tal conducta de los servicios de inteligencia de su país.  Es cierto que ninguno de los dos optó por el camino de la extorsión y el chantaje con el cúmulo de información que pasó por sus manos (o mejor, por su pantalla), pero hasta que el incierto futuro de Snowden no demuestre lo contrario, corresponde señalar la diferencia.

Esta semana Crónica Viva (el órgano oficial de la prestigiosa Asociación Nacional de Periodistas del Perú), reveló que la Unión Europea, o al menos el gobierno alemán, tenía conocimiento del Programa Prism y consintió el accionar de los servicios de inteligencia norteamericanos.  Conducta confirmada por los gobiernos europeos que cediendo a evidentes presiones de EEUU demoraron por largas horas al avión oficial que trasladaba al presidente boliviano Evo Morales, bajo la sospecha que llevaba consigo a Snowden, lo cual se reveló falso.  Sin embargo, ninguno de los países involucrados presentó sus disculpas a Bolivia por lo acontecido.  El episodio Snowden, aún no concluido, pone una vez más a la luz el doble discurso de EEUU en materia de libertad: lo que suele proclamar puertas adentro no es lo que practica puertas afuera de sus fronteras.  Trae a la memoria aquella escena de ‘Algunos hombres buenos’ (‘Cuestión de honor’ en Latinoamérica) en la que un encolerizado Jack Nicholson le recuerda al incisivo abogado militar interpretado por Tom Cruise que la libertad de la que goza en los Estados Unidos se debe a la “defensa” de que la misma se hace en Guantánamo.  Aunque constituya la conducta propia de todo imperio, es claro que el reloj norteamericano atrasa: tal como afirma Jorge Castro, el mundo del siglo XXI no se puede dominar, sólo se puede conducir.  Y esa conducción no será unipolar en cabeza de EEUU: ahí está China abandonando tenuemente sus fronteras proteccionistas y la permanente devaluación del yuan para alistarse a jugar definitivamente en las grandes ligas.  Y aunque EEUU siga simbolizando la legitimidad institucional que acredita más de 230 años de democracia y la productividad de su economía siga mostrándose robusta pese a la excepcional crisis sufrida, está claro que en una economía globalizada en la que un estornudo en un rincón determinado del mundo puede causar una gripe del otro lado del planeta la gobernabilidad del orden global no puede recaer sino en una compleja arquitectura política cuyas bases, en este período de incuestionable transición histórica, aún no están explicitadas.  El G20 y el BRIC demuestran que el liderazgo político de EEUU, concebido en soledad o con la sola compañía de sus socios europeos, está en debate.

El caso Snowden, pues, revela como mínimo tres problemáticas que la sociedad humana mundial aún registra en el haber: la primera de ellas, la gobernabilidad del sistema global, lo cual ya hemos intentado explicar anteriormente; la segunda –íntimamente ligada a la primera- es que a la globalización de la cultura y la economía debe seguirle una globalización del derecho.  La internacionalización de la justicia penal, con la implementación de la Corte Penal Internacional, es un fenómeno que no responde a esta exigencia, sino que está más vinculada al fenómeno de la violación de los derechos humanos, al terrorismo de Estado y a los crímenes de lesa humanidad, como consecuencia directa de los horrores de la guerra, de los cuales la sociedad mundial tomó conciencia a partir de la culminación de la Segunda Guerra.  Esa Corte tiene grave problemas de funcionamiento y de concepto jurídico por la intromisión política de los estados poderosos, siendo oportuno recomendar el meticuloso análisis realizado por Danilo Zolo en “La justicia de los vencedores, de Nuremberg a Bagdad”.  De lo que hablamos aquí es de la necesaria renovación del derecho internacional (no sólo en materia penal) para que las garantías constitucionales reconocidas a favor del individuo a nivel local lo sean también a nivel global en forma efectiva.  Aunque sea tema para otro análisis complejo y completo, la reciente visita del Papa Francisco a Lampedusa está en línea directa con esta exigencia urgente de globalización del derecho.

La tercera problemática que sale a la luz es el vacío legal que reina en Internet.  El caso Snowden revela claramente que el usuario de la red, así como se beneficia de las amplísimas ventajas que ésta le brinda, está a la merced e indefenso de quienes cuentan con los medios, las posibilidades y la temeridad necesarias para apropiarse  de las notas privadas de su quehacer.  En la mayoría de los países del mundo, incuso los más desarrollados, no existe una normativa eficaz que regule el uso de Internet y de las redes sociales, que condene los abusos de las empresas del sistema y que proteja a los usuarios de los delitos públicos y privados de los indiscretos, sea un hacker perdido en el mapa o sea la misma CIA.

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