Editorial

Liberación, no solo libertades

Editorial · Fernando de Haro
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23 noviembre 2015
Tenemos que reconocerlo. El asunto de la libertad, la defensa de las libertades, especialmente las más esenciales: la de educación, la religiosa y la de conciencia se ha convertido en un gran reto. El realismo exige ser conscientes de la complejidad con la que opera el poder en nuestros días y revisar, en consecuencia, ciertas formas de pensamiento. La seriedad del desafío es, por otra parte, una invitación a redescubrir qué hace posible la libertad, de dónde surge hoy una experiencia de auténtica liberación.

Tenemos que reconocerlo. El asunto de la libertad, la defensa de las libertades, especialmente las más esenciales: la de educación, la religiosa y la de conciencia se ha convertido en un gran reto. El realismo exige ser conscientes de la complejidad con la que opera el poder en nuestros días y revisar, en consecuencia, ciertas formas de pensamiento. La seriedad del desafío es, por otra parte, una invitación a redescubrir qué hace posible la libertad, de dónde surge hoy una experiencia de auténtica liberación.

Hace un par de años Moisés Naim advirtió en ´El fin del poder´ del cambio radical que se ha producido en sus estructuras y en las formas de ejercerlo. Según Naim, el poder de siempre, de estados y empresas, se ha descompuesto en multipoderes que lo han degradado. La suya es una tesis que requeriría un debate muy amplio pero sin duda supone una invitación interesante a abandonar viejas categorías. El pensamiento liberal clásico nos hizo comprender las libertades básicas como un espacio que no debía ser invadido por el Estado. Y sigue siendo así. Es muy importante evitar que los gobiernos, a través del control que ejercen sobre la Administración, se queden con aquello que es propio de la persona y de la sociedad. Pero ya desde las Cartas Luteranas y los Escritos Corsarios de Pasolini sabemos que se ha producido una mutación en la naturaleza del poder. El pueblo ha pasado a ser no-pueblo, las nuevas formas de dominación, el nuevo totalitarismo no es un totalitarismo positivo, sino un totalitarismo negativo, una invasión multiforme que vacía la consistencia de la persona. Muy pocos advierten el proceso. Pasolini señala que ni la izquierda ni la derecha lo entienden. La defensa de las libertades frente al Estado siempre será decisiva. Pero habrá que encontrar el método más adecuado.

En este mundo nuevo se hace más urgente que nunca un trabajo en favor de la libertad que libere, que sea en sí mismo un ejercicio y una experiencia de liberación. Y para ello puede ser útil recordar cómo apareció el problema en la historia. El Edicto de Milán del 313 es el primer texto que reconoce la libertad religiosa para todos frente al Estado. Marta Sordi explicó en su momento que ese texto supone la ´rrendición de un Estado que confundía a Dios con el César ante un hueso duro de roer: el ejercicio de la libertad religiosa y de conciencia ejercido sin descanso por un grupo humano, los cristianos. Este grupo había puesto en la historia, de forma sistemática, algo diferente que antes solo había sido intuido por algunas cumbres del pensamiento clásico. A través de sus gestos y de sus iniciativas, sobre todo de su negativa a sacrificar ante el emperador, ese grupo reflejaba que los derechos de cualquier hombre son pre-políticos, no tienen como fuente el Estado sino la dignidad del yo, concretamente sustentada en su relación con el infinito. Esta experiencia de liberación, anterior al reconocimiento formal de las libertades, es la que urge recuperar.

Los espacios de libertad no los concede el poder. Se conquistan ejerciéndola, poniendo en el mundo una forma diferente de vivir lo humano, una insobornable audacia que no depende de quién gobierne, de quién maneje el dinero sino de la simple y rotunda conciencia de estar siendo amado, preferido.

No es un problema de cantidad. Pablo, preso dos años en Cesarea Marítima, frente al mar y frente a todas las potencias del Imperio, aparentemente solo, encarna un cambio irrefrenable. Es la diferencia la que se abre paso, la diferencia de un hombre ya liberado.

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