Leopardi. Más que pesimista, un guerrero en busca del infinito

Cultura · Tommaso Pagni Fedi
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21 marzo 2019
“Hacer y hacerse preguntas –escribe Giuseppe Pacella en su edición del Zibaldone de Leopardi– saca a la luz dudas y contradicciones que, lejos de verse sofocadas, se viven hasta el fondo. Esta es la grandeza del pensamiento leopardiano”. ¿Cómo discutir un juicio así ante las preguntas contenidas en los poemas de sus Cantos, en sus Prosas Morales y en los pensamientos de su Zibaldone?

“Hacer y hacerse preguntas –escribe Giuseppe Pacella en su edición del Zibaldone de Leopardi– saca a la luz dudas y contradicciones que, lejos de verse sofocadas, se viven hasta el fondo. Esta es la grandeza del pensamiento leopardiano”. ¿Cómo discutir un juicio así ante las preguntas contenidas en los poemas de sus Cantos, en sus Prosas Morales y en los pensamientos de su Zibaldone?

A pesar de su imagen habitual como un poeta pesimista, un filósofo materialista y un hombre desesperado, en esos versos y reflexiones resplandecen sobre todo la “sensibilidad” y la “virtud” de “una gentil flor (…) que al desierto consuela”. De hecho, Giacomo Leopardi, como su “olorosa” e “inocente” retama, se inclina “bajo el peso del destino”, no “doblegado”, resignándose al límite de la realidad, ni con “delirante orgullo”, como el hombre que se cree señor de la tierra, sino erigiéndose valerosamente en portavoz de “nuestro estado”, “vil” y “alto” al mismo tiempo.

Esta “sensibilidad”, lejos de verse sofocada con respuestas negativas, es como una bomba preparada para estallar, tanto en verso como en prosa, en todos los momentos del llamado “pesimismo” leopardiano. “Ay, ay”, grita en El Sueño, en 1821, “¿qué es esto llamado muerte?”. En 1824, en sus Prosas Morales, Leopardi dirige una pregunta similar a la naturaleza y en abril de 1826 vuelve en el Zibaldone a esta “contradicción” entre vida y muerte, a la que define como “gran misterio”. Dos años más tarde, el poeta de Recanati reafirma esta paradoja en sus versos A Silvia. “Oh tú, naturaleza, ¿por qué no das después lo que un día prometes?, ¿por qué tanto engañas a tus hijos?”. Al final, en los Cantos de 1835, de nuevo frente a la muerte, grita con fuerza. “Naturaleza humana, ¿cómo si tan frágil y vil en todo, si polvo y sombra eres, tan alto sientes?”.

Toda la obra y la vida de Leopardi están atravesadas por un hilo rojo en el que se entrelazan las preguntas comunes a todo hombre: sobre el significado de nuestra existencia y la de los demás, sobre el fin del amor y la muerte, sobre la desproporción entre la plenitud que nuestra naturaleza promete y la incapacidad de la realidad entera para llevar a cumplimiento ese destino. ¿Esto es pesimismo?

Nos encontramos ante un poeta que eleva el alma al Infinito, un pensador que rechaza cualquier reflexión sistemática, un hombre que grita con vehemencia el drama de todos los hombres en todos los tiempos. No vamos a negar que alguna razón da para que le llamen pesimista, bien culpando de la infelicidad universal a su época o lanzando piedras a la naturaleza, como vemos en gran parte de sus Prosas Morales y también a veces en sus Cantos. Sin embargo, incluso cuando tenemos delante al Leopardi más pesimista, esa definición no vale totalmente, pues esas preguntas siguen siendo palpables e incidentes. De hecho, cuando aparece el Leopardi más negativo, la intensidad de esas preguntas resplandece aún con más evidencia, manifestándose no ya en preguntas en el sentido morfosintáctico del término sino en esa facultad para “sentir infinitamente”, probar “un placer infinito” y “perfecto”, que haría al hombre finalmente “feliz”.

En esta dramática tensión hacia un terreno infinito consiste toda la grandeza de Leopardi, incluso cuando no se expresa en preguntas existenciales.

Es el caso de la “memoria”, que remite a una esperanza pasada, en sus versos A la luna. “Y aún me alegra el recordar y el renovar el tiempo de mi dolor. ¡Oh, qué dichoso es en la edad juvenil, cuando aún tan larga es la esperanza”. Tal es el valor del dolor que se corresponde con un deseo infinito. “En mi primera edad”, escribe en la Noche del Día de Fiesta, “cuando el festivo día se espera con ardor, ya luego que él transcurría, yo en el lecho, en vela, yacía con dolor”. Es el valor de la desesperación, vinculada también a la idea de lo eterno, como leemos en A sí mismo: “Reposarás por siempre, cansado corazón. Murió el engaño que eterno imaginé”. Igual que en Amor y Muerte, siendo uno “aquella nueva, sola, infinita felicidad que en su soñar retrata” y la otra, el lugar de esa “calma”, ese “puerto ante el terrible anhelo”. Es también el sentido de la amistad, que tiene el deber de sostenerse con afecto frente al límite de la realidad, como leemos en el Diálogo de Plotino y Porfirio, o en unos versos de La Retama: “Índole noble aquella que a alzar se atreve frente al común hado ojos mortales (…) el mal que nos fue dado en suerte (…) a esta llama enemiga, y comprendiendo que ha sido unida a ella y ordenada con ella en un principio la humana compañía, los hombres todos cree confederados entre sí, los abraza con amor verdadero, les ofrece y espera de ellos valerosa ayuda en las angustias y el peligro alterno de la guerra común”.

Ni pesimista, ni materialista, ni nihilista. Leopardi se parece más a un guerrero que decide “a las ofensas del hombre armar la diestra”, sin dejar de buscar durante toda su vida lo “infinito”, como su “olorosa retama contenta en los desiertos”, y “adornar con tus matas la campiña”.

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