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Mundo · José Luis Restán
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3 octubre 2016
Algunos colegas están desconcertados. Durante su visita a Georgia y Azerbaiyán, el Papa de la acogida y de la misericordia ha empleado unos tonos de gran severidad a la hora de valorar las consecuencias del divorcio y la pretensión de imponer la ideología de género desde los poderes públicos. Demasiado duro es este lenguaje, han debido pensar, como si las afirmaciones de Francisco fueran nuevas en su pontificado, y como si contradijesen su imagen de la Iglesia como hospital de campaña. 

Algunos colegas están desconcertados. Durante su visita a Georgia y Azerbaiyán, el Papa de la acogida y de la misericordia ha empleado unos tonos de gran severidad a la hora de valorar las consecuencias del divorcio y la pretensión de imponer la ideología de género desde los poderes públicos. Demasiado duro es este lenguaje, han debido pensar, como si las afirmaciones de Francisco fueran nuevas en su pontificado, y como si contradijesen su imagen de la Iglesia como hospital de campaña. La cuestión se la han planteado a Francisco a bocajarro, durante su habitual rueda de prensa en el vuelo de regreso a Roma. En su respuesta, el Papa ha partido de su propia experiencia pastoral como sacerdote y obispo, en la que ha acompañado a personas con tendencia y con prácticas homosexuales. Y ha reconocido que a algunas de esas personas las ha acercado al Señor, pero en otros casos no ha sido posible. Hay que acompañar a las personas como las acompañaría Jesús, que seguramente no despacharía a una persona que se le acerca diciéndole “¡vete, porque eres homosexual!”.

Este acompañamiento hecho de acogida, comprensión, paciencia y lealtad a la verdad, no está en contradicción con la denuncia planetaria de la pretensión de muchos poderes (mediáticos, económicos y políticos) de imponer la “teoría de género”. A esta pretensión de adoctrinamiento, el papa Francisco la ha denominado en numerosas ocasiones “colonización ideológica”, y esto lo ha hecho en Nueva York, ante la sede de Naciones Unidas, y en el último rincón de Filipinas o del Cáucaso. “La vida es la vida -dijo el Papa a los periodistas- y hay que tomar las cosas como vienen… El pecado es el pecado… cada caso hay que acogerlo, acompañarlo, estudiarlo, discernir e integrarlo. Esto es lo que haría Jesús hoy… Es un problema humano, de moral. Y hay que resolverlo como se puede, siempre con la misericordia de Dios, con la verdad, pero siempre con el corazón abierto”. Como hacía Jesús.

Francisco había dicho a los sacerdotes, religiosos y seminaristas en Georgia que hoy está en marcha una “guerra mundial en contra del matrimonio”, al que calificó como la obra más bella de la creación de Dios, y fue especialmente duro al hablar de las consecuencias del divorcio. Como explicó en el avión, en realidad esas cosas están ya dichas (aunque con otras palabras) en la Exhortación Amoris Laetitia. Y es curioso que algunos se sorprendan ahora de este modo de hablar del Papa, como si ello estuviese en contradicción con el ímpetu de acompañar e integrar a las familias heridas.

La Iglesia custodia y presenta la hermosura y la verdad del matrimonio a la humanidad en todo tiempo y lugar. Eso es parte esencial de su misión, pero ella no olvida que “las debilidades humanas existen, los pecados existen, pero siempre la última palabra no la tienen las debilidades, los pecados, ¡sino la misericordia!”. Francisco recordó los cuatro criterios recogidos en la AL: acoger a las familias heridas, acompañar, discernir cada caso e integrar. De esta manera, la Iglesia “colabora en esa recreación maravillosa que ha hecho el Señor con la redención”. La estocada final es de antología: “En Amoris Laetitia todos van al capítulo octavo, pero hay que leerla toda, desde el principio hasta el fin. El centro es el capítulo cuarto, sirve para toda la vida. Pero hay que leerla toda, y releerla y discutirla toda, es un conjunto. Está el pecado, la ruptura, pero también está la cura, la misericordia, la redención”.

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