Lección obtusa sobre la Transición

España · José Luis Restán
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3 junio 2009
José Bono tiene más conchas que un galápago. Es un superviviente de la política desde los lejanos años de la Transición en que militaba en el PSP de Tierno, y quién sabe si desde la atalaya del Congreso avizora aún la posibilidad de que se derrumbe el zapaterismo y llegue su ansiada hora. Pero hoy por hoy eso es un puro sueño, y Bono tiene el instinto del condottiero para manejarse en la política. Hace años postuló en una entrevista que el socialismo necesitaba refundarse sobre la base del humanismo cristiano, pero ahora no hace ascos al radicalismo nihilista de Zapatero. ¡Curioso enjuague!

A Bono le encanta aparecer como un outsider mientras ocupa relevantes puestos de poder. Lo ha demostrado esta semana en el curso "Ética y futuro de la democracia", de la Universidad CEU San Pablo. Según él hay socialistas que no le aceptan por no ser ateo, y católicos que no le aceptan por ser socialista. Le encanta el papel, pero tiene truco. Alguien tan realista como él no debería hacer abstracción del contexto histórico de un modo tan cínico. Es cierto que en el socialismo europeo ha existido siempre una veta de inspiración cristiana que ha jugado su papel, aunque éste sea cada día más exiguo y problemático. Pero en España el PSOE ha tenido siempre raíces anticlericales, y en buena parte explícitamente anticristianas. Durante la Transición esa deriva clásica se matizó por el pragmatismo de Felipe González y por el clima general de reconciliación al que tanto contribuyó la Iglesia, pero los genes seguían siendo los mismos y no cuajó una presencia cristiana significativa. 

Esto no significa que no hayan existido en el PSOE (y que no sigan existiendo) cristianos sinceros que han intentado abrir un surco. Pero su mérito es proporcional a su fracaso, especialmente tras el aterrizaje de Zapatero y sus muchachos de la nueva ola, que arrumbaron los intentos encabezados por Jáuregui entre 2000 y 2004. ¿Y Bono qué? No se trata de juzgar aquí las intenciones de la persona sino su acción política. Probablemente ha intervenido en algunas ocasiones para engrasar relaciones entre la jerarquía católica y el PSOE, probablemente ha moderado algunos discursos socialistas, probablemente también ha explotado su singularidad para captar buena parte del voto católico en Castilla La Mancha mientras el PSOE practicaba a nivel nacional una política agresiva contra la tradición católica en España.

Pero después de cinco años de Zapatero en el poder, lo que es duro de tragar es que Bono ponga cara de niño bueno en una universidad católica y haga un discurso sobre la Transición como si no pasara nada. Más aún, en lugar de apuntar alguna crítica hacia el programa radical y nada socialdemócrata de su jefe de filas, ha preferido echar en cara a la Iglesia que haya vuelto grupas del taranconismo y que ahora sí se decante por un partido político. Eso sí, reprocha a la Iglesia que levante la voz, y lo asocia con la supuesta pretensión de imponer su moral a todos: después de estos años de gobierno pedagógico de ZP, el comentario es de traca. El católico Bono (dicho sea sin ningún retintín) ha sido estos años perfectamente funcional al programa de Zapatero, y no ha rechistado ni frente al matrimonio homosexual, ni frente a la Educación para la Ciudadanía, ni frente a la liberalización del aborto, ni frente al acoso sistemático a las raíces cristianas en las que se reconoce la mayor parte de la sociedad española. ¡Y todavía dice que la Iglesia ahora sí tiene partido!

No dudo de que Bono haya participado del espíritu de la Transición, al que colaboraron socialistas y comunistas, democristianos, liberales y conservadores. Pero es difícil creer que no vea cómo Zapatero ha pretendido liquidar esa herencia, basada a fin de cuentas en la cultura de raíz cristiana, para inventar una nueva etapa en la que el factor católico debería quedar como algo residual y sin valencia pública. Los comentarios de taberna sobre obispos y cardenales que acaba de realizar un Alfonso Guerra, antaño irónico y descreído pero también respetuoso del papel histórico de la Iglesia, revelan que algo muy profundo se ha podrido en la sociedad española.  

Claro que Bono lo sabe, pero prefiere un lugar al sol que más calienta, el de Moncloa. Pese a su patética queja, la Iglesia sigue libre y sin partido, pero no es indiferente a los proyectos sociales que cada partido impulsa. Defiende como siempre la libertad de los sujetos sociales, la dignidad de toda persona y la tradición ético-cultural que funda la democracia occidental. Y de eso están más cerca unos que otros. Si la división y polarización social y cultural se ha hecho mucho más profunda que en los últimos 30 años, el responsable se llama Zapatero, y ya es hora de que alguien lo denuncie desde la izquierda. No será ciertamente Bono, cuyo valor (escaso) no es comprable a su kit de supervivencia política. Al final nos viene a decir que no hay que trasladar las convicciones personales a la política. Acabáramos.

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