Las tortura de la CIA y la historia de los USA

Mundo · Robi Ronza
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10 diciembre 2014
La comisión de Servicios secretos del Senado de Estados Unidos ha anunciado la publicación de una síntesis de 480 páginas de un informe de un total de seis mil con una investigación sobre los métodos interrogatorios de la CIA en los años que siguieron al gran ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas y el Pentágono.

La comisión de Servicios secretos del Senado de Estados Unidos ha anunciado la publicación de una síntesis de 480 páginas de un informe de un total de seis mil con una investigación sobre los métodos interrogatorios de la CIA en los años que siguieron al gran ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas y el Pentágono.

De dicho informe se deduce que la CIA realizó interrogatorios “brutales” a sospechosos de pertenecer a Al-Qaeda detenidos en cárceles secretas tanto en territorio americano como en el exterior. La brutalidad de la que se habla se refiere a torturas psicológicas y físicas, en este último caso efectuadas con métodos que no dejaban huellas relevantes en el cuerpo de los torturados. Además, el informe sostiene que las informaciones que se obtuvieron mediante estos procedimientos no fueron decisivas. En cambio, la CIA afirma que dichas informaciones resultaron determinantes para comprender qué era Al-Qaeda, que su utilidad sigue siendo vigente hoy y que ayudaron a “salvar vidas humanas”. Sin embargo, admite que “se cometieron errores”, sobre todo en la fase de preparación del “programa” al que el informe se refiere con el nombre de “Rendition, Detention and Interrogation”, que estuvo en vigor entre 2002 y 2007.

La presidenta de la comisión, la demócrata Dianne Feinstein, ha afirmado que “los detenidos por la CIA fueron torturados”, que este caso deja una “mancha en la historia de los Estados Unidos”, pero que no ocultarlo demuestra que “América es lo suficientemente grande como para admitir cuándo se ha equivocado y tiene suficiente confianza en sí misma como para aprender de los propios errores”. El presidente Obama ha añadido que métodos de este tipo “están en contradicción con los valores de EE.UU”.

Este tema ha entrado en el debate político interno de los USA y los demócratas lo utilizan contra los republicanos, pero en realidad el uso de métodos no coherentes con los “valores de los Estados Unidos” por parte de la CIA y otros organismos análogos es desde hace mucho tiempo una constante en la política Washington. Lo mismo se puede decir de otros muchos países. En el caso de EE.UU el empleo de tales métodos perdura tal cual una presidencia tras otra. El propio Obama se cuida muy bien de cerrar el campo de prisión de la base americana de Guantánamo, bajo control norteamericano desde 1898 pero de iure en territorio cubano: al estar situado fuera de los Estados Unidos, allí no valen, según el derecho USA, las garantías de las que disfrutan los que son acusados y detenidos en territorio americano.

El episodio se presta a consideraciones de dos tipos. Unas se refieren al lado oscuro de los servicios secretos, el espionaje, los cuerpos militares especiales, etcétera, de los que ningún estado carece, incluidos los más demócratas y rigurosamente sensibles a la cuestión de los derechos de la persona humana. En este ámbito, la única diferencia son sencillamente las dimensiones, proporcionales respectivamente a la potencia de los diversos estados. Es una cuestión de realismo reconocer que existen, que tal vez sean inevitables (aunque habría que ver hasta qué punto su utilidad es proporcionada a su coste), y preguntarse si, cuánto y cómo, en los límites del mundo oscuro en que se mueven, tratan de evitar que se pisoteen derechos humanos fundamentales. Es un tema que está abierto y que merecería profundizar en ello.

El otro tipo de consideraciones se refiere al caso particular de Estados Unidos, un país que más que cualquier otro pretende actuar en la escena internacional no por motivos de potencia sino de tutela de los grandes valores de libertad y democracia. Tal pretensión es fruto de un autoconvencimiento tan fuerte que lleva desde siempre a la política americana, cuando es necesario, a una duplicidad sorprendente. Es una historia que comienza en los albores de los EE.UU, cuando se trataba de hacer coexistir la esclavitud con el derecho constitucional de todo hombre a la “búsqueda de la felicidad”: un principio por otro lado sancionado por los padres de la patria, que eran además dueños de esclavos. Entonces se resolvió el problema con una enmienda en virtud de la cual quien entraba en territorio americano con un cierto status no podía cambiarlo. Y la esclavitud entraba entre los status posibles.

Por extraño que pueda parecer a los europeos, esta duplicidad se da en cierto modo de buena fe. Depende más que otra cosa de una incapacidad profunda para plantearse el problema del choque entre los valores de la libertad personal y social que están fuertemente arraigados y la agresividad de un pueblo para el que su propia tierra prometida era un lugar que no estaba desierto y que dudó en someter a quienes la habitaban.

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