Las tardes largas y la luna de Cuartango

Disfrutamos ya del horario de verano. El horario de invierno es para la gente muy productiva, la que a las siete de la mañana ya está saliendo de casa o ya lleva una eternidad levantada. El horario de verano le gusta más a los que la vida se les ensancha por la tarde. En el horario de verano, después de hacer todo lo que hay que hacer, todavía queda tiempo para darse un paseo, para tomar unas cañas y cuando te das cuenta son las diez y todavía no te has recogido. Con el horario de verano parece que la vida te da una propina, la noche se demora, no cae como una ladrona. Otra cosa es qué pasa cuando se acaba la propina.
Pedro Cuartango publicaba hace unos días en en ABC una columna admirable, admirable por valiente, porque parece que los periodistas solo sabemos hablar de política y no sabemos hablar de la vida. Y Cuartango habla de la vida. Cuartango contaba que cuando tenía 15 años cogió un tren desde la estación de Burgos a Briviesca, el pueblo de su madre. Era un día de primavera y había anochecido. Se sentó en un banco y vio una luna grande, inmensa, tan grande que parecía que bastaba subir a los montes para alcanzarla. Y contaba Cuartango que, ante tanta belleza, fue consciente por primera vez de la fugacidad del presente.
Hay momentos de la vida en las que, de pronto, las cosas se vuelven muy claras, transparentes y te das cuenta, como dice Cuartango que aunque tuvieras toda la pasta del mundo y fueras el tío con más poder del planeta, también eso sería insuficiente. El horario de verano da más ganas de vivir y por eso en el horario de verano se hace más dolorosa, más intensa esa nostalgia de la que habla Cuartango, la nostalgia de lo que no tiene límite, de una luna que se pueda alcanzar. Cuartango hablaba de preguntas sin respuesta.
En realidad tan pronto como una pregunta se formula genera una soledad que está preñada de compañía. Es lógico que sea una cuestión tormentosa. La pregunta es, por definición, una relación. La pregunta no espera una respuesta que sea un mero enunciado.
Lee también: Lluvia, tristeza y grandeza