Entrevista a Adriano Dell´Asta (primera parte)

Las razones dadas por Putin para la guerra nada tienen que ver con la realidad

Entrevistas · Juan Carlos Hernández
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8 enero 2024
Adriano Dell`Asta acaba de publicar “La «pace russa». La teologia politica di Putin” (Scholé), que habla del proyecto totalitario de teología política elaborado por Putin. Rusia como encarnación de valores y de la tradición cristiana queda completamente desfigurada.

Hemos hablado largo y tendido con el autor de este libro, desafortunadamente no traducido al español, cuyas reflexiones son las de un hombre que conoce y ama profundamente a Rusia a pesar de la tragedia de la que hoy es responsable. «Cuando reconozco la necesidad que tengo de ser perdonado, entonces empiezo a entender que tal vez yo también puedo perdonar a los demás», afirma el vicepresidente de la Fundación Rusia Cristiana, que condena duramente la invasión rusa y acusa de herejía a ciertos posicionamientos de la Iglesia ortodoxa rusa.

Publicamos la primera de las dos partes de esta entrevista.

Lo primero que llama la atención es que se trata de un libro escrito por alguien que ama Rusia de verdad. ¿Cómo nace este amor en usted?

Nace de las enseñanzas del padre Romano Scalfi, fundador de Rusia Cristiana en 1957 y del que se acaba de celebrar el centenario de su nacimiento. En su testamento espiritual, escrito en 2009, es decir en un momento tranquilo en el que nadie pensaba que pudiera estallar una tragedia como la que ha estallado, él nos dejó como legado espiritual el amor a Rusia «a pesar de todo» (decía literalmente). Este es hoy un gran desafío pero procede de una historia en la que aprendí a distinguir los pecados de una persona (o nación) de su auténtica vocación.

El padre Romano nunca ocultó las limitaciones de Rusia. Le pondré el ejemplo de un texto que escribió en 1990, justo cuando acababa de caer el muro y en Occidente no solo no había motivos para tener miedo sino que se estaba construyendo una Rusia democrática, donde todos creían en un futuro mejor ya sin las tensiones de la guerra fría. En ese texto el padre enumeraba los que consideraba sus motivos de preocupación en esos tiempos, que en cambio parecen tomados de la situación actual. Para empezar decía que había un anti-occidentalismo cada vez más extendido, luego destacaba el renacer del culto pagano, «de la húmeda madre tierra» en mucha tradición pagana, eslava y rusa.
Después añadía la reanudación de cierto mesianismo eslavófilo y de ahí la idea de una Rusia que salve al mundo al margen de cualquier sentimiento de arrepentimiento por sus pecados, mientras una de las características más importantes del fenómeno disidente, que llevó al final del totalitarismo, fue ese sentimiento de arrepentimiento y responsabilidad por los males del régimen soviético. Pero de ese arrepentimiento ya no quedaba nada, lo que había era la idea de que Rusia tenía justamente la tarea de salvar el mundo. Además, el padre Romano señalaba, y cito literalmente, la “afirmación de un nacionalismo ruso que sugiere operaciones militares”. Es impresionante porque usaba precisamente esa expresión, operaciones militares, que en esos tiempos era muy rara y hoy parece profética.

Era verdaderamente profético.

¡Es algo impresionante! Hablaba, literalmente, de un nacionalismo ruso que sugiere operaciones militares y sueña con confines imperiales, extendidos (son palabras textuales) a “todas las naciones que hoy forman parte de la Unión Soviética”. Y seguía así. La Rusia actual, decía, muestra literalmente “estrechez de miras e incapacidad para reconocer a los demás pueblos los derechos que pretende para sí”, desvelando así el rostro imperialista de este tipo de nacionalismo ruso. Y añadía: “hay un retorno a los valores de la tradición espiritual, de la religiosidad”. Pero precisaba: “esto no me convence”, porque delataba una inconsistencia de fondo, porque dejaba ver que el espíritu y el ideal ya no tenían valor por sí mismos, sino que su valor estaba en función del apoyo que prestaban a la causa nacional, en la medida en que podían hacer grande a Rusia. En definitiva, quiero decir que el padre, cuando nos dejó esta invitación a amar Rusia “a pesar de todo” tenía perfectamente presente aquellos que él indicaba como peligros terribles. Sin embargo, aun sabiendo esto, en 1993, apenas tres años después, quiso fundar un centro cultural en Moscú, con la idea (originaria de Rusia Cristiana) de hacer que se encontraran las diversas tradiciones, occidental y oriental, católicos y ortodoxos. Para él era importante que los rusos se encontraran y construyeran juntos algo nuevo, y sobre todo que contribuyeran a la unidad de la Iglesia.

«En el testimonio de los campos de concentración veíamos que el hombre puede seguir siendo hombre en cualquier situación»

Foto de archivo

Yo me formé en este amor, para mí Rusia siempre ha sido esto. Siempre la he conocido de esta manera. En definitiva, atravesando toda su historia, hasta el testimonio de los campos de concentración, nosotros veíamos algo distinto: que el hombre puede seguir siendo hombre en cualquier situación, y eso es lo que me llevó a amar Rusia. Aquel “a pesar de todo” nos decía que había habido campos de concentración, que no debíamos ni podíamos olvidarlo, que había sido algo trágico y que había que denunciarlo y condenarlo como tal, pero también que, “a pesar de todo”, el hombre había conseguido seguir siendo hombre. Y esa es la razón que hoy me hace seguir amando Rusia, a pesar de todo, a pesar de la tragedia de la que Rusia es responsable hoy.

Quiero dejar claro que no se trataba ni se trata de sentimentalismo, relativismo o falta de atención a la realidad porque, mientras nos enseñaba estas cosas, el padre Romano también nos mostraba la razón: a través de esa historia podíamos conocer a Cristo, salvador y redentor del hombre. Eso es lo que hace que hoy Rusia siga siendo digna de amor. La cuestión es que, a pesar de todos sus pecados, en ella, en su historia, en su cultura, de forma original, Cristo está presente, hay un constante reclamo a Cristo. El centro no era Rusia ni su grandeza, sino Cristo. Con una aclaración nada secundaria: que Cristo no es una doctrina, que Cristo no es una teoría, que Cristo no son preceptos, sino su persona, una persona que, cuando me encuentro con ella, cambia el destino de mi persona. De hecho, otra cosa que el padre Romano nos recordaba siempre es que Dios se hizo hombre en Cristo para que el hombre pudiera llegar a ser Dios. La cuestión no era la grandeza de Rusia, sino el encuentro con ese Dios hecho hombre, con ese Cristo que me liberaba y me hacía hombre en medio de los demás hombres.

«El padre Romano me dio a conocer una respuesta para ese deseo de liberación que no implicaba destruir a los demás»

¿Cómo conoció al padre Romano Scalfi?

Conocí al padre Romano a finales de los años 60, cuando yo, como gran parte de mi generación, soñaba con un mundo mejor y para conseguirlo estaba dispuesto a hacer la revolución. El padre Romano me dio a conocer una respuesta para ese deseo de liberación que no implicaba destruir a los demás. Cierto, buscábamos un mundo mejor, pero aquel sueño podía traernos barbaridades. En aquellos años, en países en general democráticos como los occidentales nacía la lucha armada. Cada uno tenía su grupo de lucha armada. Nosotros las Brigadas Rojas y Primera Línea. Vosotros, ETA. Alemania tenía la RAF y Reino Unido, el IRA. Cada país europeo se encontraba con este deseo de liberación que llevaba a la violencia. Ahí el padre me hizo darme cuenta de que, con el Cristo que me daba a conocer y que salía a mi encuentro, había otra forma de liberarse. Ese es el gran desafío también hoy. Ahora nuestra juventud y nosotros mismos, viejos que llegan al fin de su vida (ya sin sueños revolucionarios), podemos caer en el cinismo, que es lo que destruye a nuestra juventud. La política da asco, todos son unos corruptos, ¿qué crees que puede cambiar? ¿Cuántas veces hemos oído estas quejas? Y al final solo queda un nihilismo sin salida. O bien podemos recuperar esa posibilidad de ser libres ahora a pesar de todo. Eso es lo que me hace amar Rusia porque me ofrece, repito que a pesar de la tragedia que está provocando son sus renovados sueños imperiales, una vía de salida de este aparente callejón sin salida: o la nada o la violencia, o un relativismo radical o una pretensión de posesión y dominio sobre todo.

«Hay que distinguir radicalmente entre la Santa Rusia y el imperio ruso, entre la vocación de Rusia a la santidad y la vocación a la grandeza imperial de la Gran Rusia»

Es cierto que Rusia tiene una vocación universal, de hecho el Papa ha hablado de ello en un encuentro con jóvenes, pero ¿cuál es la diferencia entre esa vocación universal y una misión imperial?

Hay una diferencia radical. Pero no es algo que yo me invente en busca de excusas para la Rusia actual o para el discurso del Papa. Al principio de los años 20, y antes aún, un gran filósofo ruso, Nikolai Berdiayev, primero marxista y luego cristiano, insistía en que hay que distinguir radicalmente estas dos cosas. Decía que hay que distinguir radicalmente entre la Santa Rusia y el imperio ruso, entre la vocación de Rusia a la santidad y la vocación a la grandeza imperial de la Gran Rusia. Como decía el padre en el texto que citaba antes, una cosa es la tentación imperialista y otra completamente distinta es la vocación a la santidad que debe tener cualquier persona y por tanto cualquier nación, y que cada día se puede realizar pero cada día también se puede traicionar. El gran filósofo ruso Vladimir Soloviev tiene una poesía de finales del XIX tremendamente profética. Ese poema, de 1890, se titula Ex Oriente lux, y su idea central es la luz que viene de Oriente, una idea que después de la revolución se retomó mil veces con el mito del alba radiante del comunismo y sus infinitas versiones, un mito que todos, realmente todos, hemos vivido. Pues bien, mucho antes de la revolución, Soloviev concluía su poema con estos versos: “¡Oh Rusia! Presa de un presentimiento sublime, cautiva de un soberbio pensamiento. ¿Pero qué Oriente quieres ser? ¿El Oriente de Jerjes o el Oriente de Cristo?”. Esta es la cuestión y el gran desafío.

O nos medimos con esta pregunta o cualquier idea sobre la grandeza de Rusia corre el riesgo de transformarse en un “retorno a Jerjes”, en una forma de paganismo, no solo en una herejía sino en un auténtico retorno al paganismo porque se vuelve a un mundo naturalista donde la libertad del hombre no existe, donde sobre todo domina la necesidad de la naturaleza, exorcizada mediante una serie de ritos mágicos. No en vano, en este sentido, entre los teóricos de esta nueva grandeza imperial rusa hay personajes como Aleksander Dugin que, en sus elucubraciones, dan espacio precisamente a la idealización del antiguo paganismo eslavo, donde ya no queda nada verdaderamente cristiano y solo queda un culto pagano de sangre y la muerte. Esta es la cuestión: ¿quieres ser la Rusia de Jerjes o de Cristo? Cuando hablaba el Papa en su discurso a los jóvenes ruso, era esto lo que quería decir. Luego él mismo precisó, señalando que las expresiones que usaba podían resultar un tanto infelices o equívocas, pero también a la luz de esas precisiones debemos tratar de entender lo que quería decir cuando evocaba la grandeza de Pedro el Grande y de Catalina II. No era la grandeza del imperio. Más aún cuando hay un hombre que se opuso duramente a cualquier forma de imperialismo como es justamente el Papa. Por tanto, si habla de imperios en términos positivos hay que tratar de entender lo que quiere decir, y eso supone es sin duda un desafío también para nosotros. Lo que decía a los jóvenes es, en mi opinión: id al fondo de vuestra tradición cristiana sin falsificarla, siguiendo el espíritu de Soloviev que recordaba antes. Una tarea para los jóvenes rusos que no es menos esencial para el resto del mundo.

Hay un concepto clave en su libro: Russkij mir. ¿Qué significa?

Es una forma de falsificar esa vocación según la técnica de la vieja ideología y el viejo totalitarismo. Es decir, se toma una idea, el Russkij mir (el Mundo ruso), que ahora intentaré definir, y se organiza de tal forma que pueda comprender todo lo que el ideólogo de turno desee. En el concepto de Russkij mir, en el así llamado mundo ruso, no solo entran los ciudadanos de etnia rusa o de ciudadanía rusa de los que el Estado ruso se siente responsable, sino también los rusos que viven en los países extranjeros “cerca o lejos” y de los que el Estado, siempre el ruso, se cree responsable independientemente de cualquier norma de derecho internacional. Aquí ya tienes la idea de un Russkij mir que se ensancha indefinidamente en términos espaciales porque cuando se habla de extranjero cercano podemos pensar inmediatamente en Ucrania y Bielorrusia, pero cuando se añade también el concepto de extranjero lejano se amplía hasta el infinito, y ya no se sabe hasta qué punto el Estado ruso puede agrandar su esfera de influencia e intervención. Si seguimos adelante examinando este concepto, la cosa se complica aún más porque empezamos a descubrir que este Russkij mir también abarca a los emigrantes, es decir, a los que salieron de Rusia justo después de la revolución y también sus descendientes. Además, de este Russkij mir también forman parte los ciudadanos extranjeros que hablan ruso (¡yo!), lo estudian (¡yo!), lo enseñan (¡otra vez yo!) y todos aquellos que se interesan sinceramente por Rusia y se preocupan por su futuro (yo, pero también usted en este punto, y sus lectores). Y sobre todo este mundo Putin avanza derechos de tutela, protección, salvaguarda de ciertos valores, establecidos e interpretados obviamente siempre por Putin y siguiendo su concepción del mundo. Se entiende que es una idea que no tiene relación alguna con la realidad, de hecho, lo que es aún más grave, es una idea con la que se quiere sustituir la realidad. Cuando Putin habla de rusos y ucranianos (y luego de bielorrusos, etcétera) como de un pueblo que debe confluir en el “mundo ruso”, está diciendo que al final, de esos dos pueblos, debe quedar solo uno, lo que obviamente es algo muy grave. Sin pensar que la esfera de influencia podría no tener ningún límite.

El trasfondo de esta idea es una tendencia imperialista y totalitaria que acaba inevitablemente no solo queriendo conquistar cada vez nuevos territorios y nuevos pueblos, sino transformándolos según una visión del que mundo que no tiene ningún viso de realidad. Así, Ucrania, según la visión del mundo de Putin, no tiene una historia autónoma, no tiene una lengua autónoma, no tiene una tradición religiosa y nacional propia (como si lo que definiera el cristianismo fuera la pertenencia nacional y no la pertenencia a Cristo, que es común e idéntica para todos los hombres).

«El filetismo es la confusión entre la pertenencia nacional y la pertenencia a Jesucristo»

Pero así es como toda la realidad queda eliminada porque, sin embargo, Ucrania tiene una historia propia, que en ciertos casos empieza incluso antes que la moscovita, porque Ucrania tiene una tradición literaria autónoma, con grandes escritores y con el reconocimiento en tal sentido de la Academia Rusa de las Ciencias, ya en tiempos de los zares (que podían prohibir esa lengua, pero cuya existencia reconocían); porque Ucrania tiene su tradición religiosa, que no hay que confundir con sus rasgos étnicos o nacionales. Y la realidad queda aún más eliminada allí donde Putin, con esa reconstrucción suya de la historia, habla por ejemplo de Ucrania como de un país nazi, con una falsificación que costaría tomar en serio si no resultara trágica: definir como nazi a un país que, de los 450 diputados que componen su parlamento, solo tiene uno que pertenezca a un partido de extrema derecha. Mientras que por un lado se niega la realidad de Ucrania, por otra se inventa una Europa colectiva (esta es la expresión que se usa), llena de defectos, que querría destruir la tradición cristiana (usando fórmulas ofensivas como la Europa de los gays o del LGBT). El problema es que mediante el Russkij mir se quiere imponer una versión propia de la tradición cristiana. Y aquí es donde, como intento explicar en el libro, detrás de esta demonización de una Ucrania irreal y de esa idealización de una Rusia que no existe, llegamos a una forma de herejía: es lo que se ha definido como filetismo, una corrupción de la doctrina cristiana que la Iglesia ortodoxa ya había condenado en la segunda mitad del siglo XIX (en el sínodo panortodoxo de Constantinopla en 1872) y que consiste en la confusión entre la pertenencia nacional y la pertenencia a Jesucristo, de tal modo que lo más importante, lo que te define, lo que define mi persona, lo que define mi vocación, lo que define la vocación de mi país no es la pertenencia a Cristo, sino la pertenencia a la nación.


Lee también: Una mirada a la guerra desde Moscú


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