Las noticias, Miqui Otero y la señora de rojo

Sociedad · Elena Santa María
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9 febrero 2021
Repaso diario a la prensa. Algunos titulares: “Sanidad notifica 900 muertes desde el viernes, máximo de fallecidos en un fin de semanas desde abril” (El País). Migración: “Lo siento mamá, no pude llegar”, este va acompañado de una fotografía de un chico joven ahogándose en el mar (El Mundo).

Repaso diario a la prensa. Algunos titulares: “Sanidad notifica 900 muertes desde el viernes, máximo de fallecidos en un fin de semanas desde abril” (El País). Migración: “Lo siento mamá, no pude llegar”, este va acompañado de una fotografía de un chico joven ahogándose en el mar (El Mundo). “Al menos 24 muertos por un cortocircuito eléctrico en un taller textil clandestino en Tánger” (Niusdiario).

Quizá es la forma de contarlo la que nos deja impasibles. Quizá es que nos hayamos acostumbrado. Hace unas semanas el escritor Miqui Otero se sometió al cuestionario Proust en el Hotel Jorge Juan –el podcast de Javier Aznar para Vanity Fair–. A la pregunta: «¿Cuál es tu mayor miedo?», Miqui respondió sin dudar: “mi mayor miedo evidentemente es la muerte”. Contó que desde muy pequeño, desde los cinco o seis años, tenía miedo e “iba a incordiar a mi hermana a su habitación a decirle: tengo mucho miedo de morirme”. Ahora, varias décadas después, sigue siendo “la peor imagen, vuelve constantemente a mí”.

También tenía miedo el protagonista de la última novela de Miguel Delibes, Señora de rojo sobre fondo gris. Su mujer está gravemente enferma y tiene que someterse a una delicada operación. El personaje descubre alarmado el poema de un libro de Ungaretti que su mujer lee una y otra vez: «Morir como las alondras sedientas/en el espejismo. /O, como la codorniz/ una vez atravesado el mar/ en los primeros arbustos…/ Pero no vivir del lamento/ como un jilguero cegado».

Una noche de insomnio, él y su mujer se encuentran en el sofá de su estudio de pintura. Él dice: “repentinamente titubeé, se me aflojó la garganta y rompí a llorar. Nunca había llorado ante ella y, entonces, me cogió de las manos y me sentó a su lado en el sofá, dejando que mi cabeza reposara sobre su hombro. Me acarició la frente: No te aturdas; déjate vivir, decía (…) A partir de ese momento dejé de buscar los primeros arbustos del poema. No existían. Ella no necesitaba un escondrijo para morir sino arrojo para no vivir del lamento como un jilguero”.

Y yo me pregunto: ¿tendrían ese arrojo las 900 personas que han muerto de coronavirus en España en el último fin de semana? ¿Lo tendría el migrante que se lanzó al mar o los 24 muertos en Tánger? ¿Lo tengo yo?

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