Entrevista a las Madres del Dolor

Las madres del dolor amigas de Bergoglio

Mundo · Arturo Illia
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21 abril 2015
29 de diciembre de 2001, Buenos Aires. Maxi, hijo de Silvia, entra con tres amigos en una cafetería del barrio de Floresta, donde vivía. Ve en la televisión las dramáticas imágenes de la carga de caballería contra los manifestantes en las trágicas jornadas de la crisis argentina de aquel año, donde se alternaron en el poder varios presidentes. Comenta el hecho con duras palabras para las fuerzas del orden. Junto a él, un ex militar retirado saca un arma y mata a sangre fría a tres de los cuatro chavales.

29 de diciembre de 2001, Buenos Aires. Maxi, hijo de Silvia, entra con tres amigos en una cafetería del barrio de Floresta, donde vivía. Ve en la televisión las dramáticas imágenes de la carga de caballería contra los manifestantes en las trágicas jornadas de la crisis argentina de aquel año, donde se alternaron en el poder varios presidentes. Comenta el hecho con duras palabras para las fuerzas del orden. Junto a él, un ex militar retirado saca un arma y mata a sangre fría a tres de los cuatro chavales: el último consigue salvarse milagrosamente y sale huyendo. El suceso se conoce como “la masacre de Floresta” y se resolvió penalmente con la condena a cadena perpetua del culpable, que le fue conmutada con un arresto domiciliario al cumplir los 70 años de edad.

Kevin, hijo de Viviam, con solo 14 años de edad, es atropellado por un coche mientras cruza por el paso de cebra una calle del barrio de Vicente López. Le dejan agonizando en el asfalto y, mientras lucha entre la vida y la muerte, detienen al conductor que le ha embestido pero, al tratarse de una persona que pertenecía a una familia con mucho poder en la zona, se falsifican las pruebas: desaparece un video del accidente, no se realiza la prueba que establece los niveles de alcohol en sangre… Kevin muere y pasan cinco años antes de que se celebre el proceso, donde el culpable es condenado solo a tres años. Al cabo de dos meses, el imputado es liberado para permitirle proseguir con los estudios que cursaba en una de las mejores universidades del país. A pesar de los llamamientos, el proceso que se celebra en el tribunal de San Isidro, el barrio rico de Buenos Aires donde residía el acusado, calcula que la suma de los dos meses de prisión más los seis de “estudio” alcanzan la pena mínima prevista, de ocho meses, y por tanto Eduardo Sukiassan recupera su libertad.

Viviam y Silvia son dos de las muchísimas historias de dolor por la pérdida de sus seres queridos en circunstancias violentas, que se cruzaron en las manifestaciones que siguieron a los delitos para reclamar justicia, y que han tenido el coraje de unirse en una asociación llamada “Madres del dolor”.

“Nuestra asociación nace jurídicamente en diciembre de 2004”, explica su presidenta, Silvia Irigaray. “Somos siete madres que han decidido unir su dolor por la pérdida de sus seres queridos haciendo nacer así algo positivo, rindiendo así homenaje a nuestros hijos, sobre todo pretendiendo que la verdad salga a la luz en todo caso, aunque al final la condena pueda no satisfacernos. En nuestro camino hemos conocido a otras madres que han pasado por experiencias como la nuestra y que sentían la necesidad de no dejarse morir por el dolor causado por la pérdida de sus seres queridos. Teníamos la tarea, sostenida por nuestras ganas de luchar, de proteger a otros hijos de la sociedad en que vivimos, para que los crímenes y la injusticia que hemos sufrido no se repitan”.

La certeza del cumplimiento de la pena en Argentina hoy parece una quimera.

Viviam Perrone, secretaria de la asociación: La sociedad de este país ha pasado de una dictadura militar que reprimía cualquier cosa a un camino desarrollado durante la democracia que hoy nos ha llevado al punto opuesto, el de justificar el delito mediante una política de garantías que al final no defiende a nadie, porque los jueces se definen como progresistas pero de hecho destruyen a muchísimas familias. En un cierto momento mi marido me sugirió fundar una asociación y nos ayudó a establecer toda la estructura legal y a diseñar el logo. Luego murió, pocos días antes del veredicto. Entonces decidí dejar de centrarme solo en mi causa y me prometí a mí misa ser voz de aquellos a los que nadie escucha, de las pobres madres que no tienen medios para defenderse, dado que hoy en Argentina existe la teoría de que nadie puede ser encarcelado, ya sea un delincuente, un violador o un político corrupto.

¿Cómo continuó su camino?

Silvia Irigaray: Con el paso del tiempo crecimos, hasta llegar al punto de visitar las cárceles para ver cómo era la vida allí dentro, hablar con los reclusos, algo que hacemos con gran amor y con un esfuerzo que a veces nos deja sin energías, pero que seguimos haciendo. Y hacemos lo mismo con las fuerzas policiales, a las que invitamos a implicarse en nuestra experiencia. No tenemos intereses políticos, no militamos en ningún partido, pero lo que sí hacemos es mantener un diálogo continuo con todas las fuerzas para tratar de mejorar la situación por el bien de todos.

¿Qué resultados han logrado?

Viviam: Nos hemos organizado en sectores donde actuamos según las posibilidades y preferencias de cada una de nosotras. Unas se dedican a la asistencia procesal, otras a la organización. Hemos llegado, algo nunca visto en Argentina, a reclamar un proceso a un juez que a lo largo de su carrera se había “especializado” en acortar las penas o excarcelar a los condenados que luego sistemáticamente reincidían en sus delitos, causando nuevas víctimas, y la intervención de un jurista afín a este gobierno garantista consiguió que no fuera apartado de sus funciones. Pero creemos que sobre Axel López, así se llama el juez, ha caído una mancha indeleble que le impedirá repetir estos “errores”, pues este caso ha tenido un enorme impacto mediático. Además, un proyecto nuestro para la creación de un banco de datos relacionado con los abusos sexuales ha sido aprobado y realizado, lo que supone un recurso importantísimo para la resolución de estos casos. También nos hemos dedicado a las carreras clandestinas de coches, que tantas víctimas han provocado, y a los accidentes de tráfico en general, pidiendo el aumento de la pena para quien huye del luchar del accidente o conduce con tasas de alcohol elevadas.

El Papa Francisco siempre las ha apoyado.

Silvia: Pocos días después de la “masacre de Floresta”, Bergoglio vino a visitarnos. Cosa que se repitió otras veces, y un día me dijo: “cuando se calme tu dolor, harás algo”. Una afirmación que me dejó un poco perpleja, pues en aquel momento el sufrimiento era muy grande. Luego, el 11 de noviembre de 2013, cuando nos recibió en Roma, al entregarle una chapa de nuestra organización, mientras se la ponía junto al corazón nos dijo: “qué hermoso trabajo estáis llevando a cabo”. Unos días después nos llamó para saber si nuestro regreso a Buenos Aires había ido bien, pero también para decirnos que la chapa con nuestro símbolo la había colocado en su altar personal en Santa Marta.

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