Manifiesto de CL

Las fuerzas que cambian la historia son las mismas que cambian el corazón del hombre

Mundo · PaginasDigital
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13 diciembre 2010
Páginas Digital publica por su interés el manifiesto que ha hecho público Comunión y Liberación con motivo de la crisis.

Crisis social, económica y política. Al final de este 2010 todos estamos dominados por el desconcierto. Como ha dicho recientemente el cardenal Bagnasco, "estamos angustiados por Italia, a la que vemos como atrapada en sus mecanismos de decisión, mientras el país parece atónito y mira desorientado". ¿Por qué esta crisis nos coge tan desarmados que no conseguimos ni ponernos de acuerdo para afrontarla, a pesar de percibir la urgencia como nunca?

De forma sorprendente el Informe Censis 2010 ha individuado la naturaleza de la crisis en un "descenso del deseo" que se manifiesta en todos los aspectos de la vida. Tenemos menos ganas de construir, de crecer, de buscar la felicidad. A este hecho tendríamos que atribuir la responsabilidad de las "evidentes manifestaciones de fragilidad tanto personales como de masa, comportamientos y actitudes desorientadas, indiferentes, cínicos, pasivamente adaptativos, prisioneros de las influencias mediáticas, condenados al presente sin profundidad de memoria y de futuro". ¿Cómo es posible que, si hemos sido capaces de alcanzar importantes objetivos en el pasado (casa, trabajo, desarrollo…) ahora "somos una sociedad peligrosamente marcada por el vacío" y después de un ciclo histórico llenos de intereses y ganas de trabajar sigue otro marcado por su anulación?

Todo esto nos demuestra que la crisis sí es social, económica y política, pero sobre todo es antropológica porque se refiere a la concepción misma de la persona, de la naturaleza de su deseo, de su relación con la realidad. Nos habíamos hecho la ilusión de que el deseo se mantendría en vida por sí solo o incluso que sería más vivo en la nueva situación de bienestar obtenido. La experiencia nos muestra, en cambio, que el deseo se puede allanar si no encuentra un objeto a la altura de sus exigencias. Nos encontramos así todos "saciados y desesperados". "El allanamiento del deseo es el origen del desconcierto de los jóvenes y del cinismo de los adultos; y en la astenia general, ¿cuál es la alternativa? Un voluntarismo sin respiro y sin horizontes, sin genialidad y sin espacio, y un moralismo de apoyo al Estado como última fuente de consistencia para el flujo humano", como dijo don Giussani en Assago (Italia) en 1987. Veinticinco años después vemos que ambas respuestas -voluntarismo individualista y esperanza estatalista- non han sido capaces de darnos la consistencia deseada y nos encontramos afrontando la crisis más desarmados, más frágiles que antes. Paradójicamente, nuestros abuelos y nuestros padres estaban humanamente más preparados para afrontar desafíos similares.

El Censis da de nuevo en el blanco cuando identifica la verdadera emergencia de este momento histórico: "Volver a desear es la virtud civil necesaria para reactivar una sociedad demasiado apagada y plana". Pero, ¿quién o qué puede despertar el deseo? Es éste el problema cultural de nuestra época. Con éste están obligados a medirse todos los que tienen algo que decir para salir de la crisis: partidos, asociaciones, sindicatos, profesores. Ya no será suficiente una respuesta ideológica, porque hemos visto el fracaso de todos los proyectos. Por esto estaremos obligados a testimoniar una experiencia.

También la Iglesia, cuya contribución no podrá limitarse a ofrecer una protección asistencial por los fallos ajenos, deberá mostrar la autenticidad de su pretensión de tener algo más que ofrecer. Como ha recordado Benedicto XVI, "la contribución de los cristianos es decisiva sólo si la inteligencia de la fe se convierte en inteligencia de la realidad". Deberá mostrar que Cristo está tan presente que es capaz de despertar a la persona -y por ello, todo su deseo- hasta el punto de no hacerla depender totalmente de las coyunturas históricas. ¿Cómo? A través de la presencia de personas que documentan una humanidad distinta en todos los campos de la vida social: escuela y universidad, trabajo y espíritu emprendedor, hasta en la política y en el compromiso en las instituciones. Personas que no se sienten condenadas a la desilusión y al desconcierto, sino que viven a la altura de sus deseos porque reconocen presente la respuesta.

Podemos esperar salir de dramática situación actual si todos -incluidos los gobernantes que hoy tienen la difícil responsabilidad de guiar al país a través de esta profunda crisis- decidimos ser verdaderamente razonables, sometiendo la razón a la experiencia, es decir, si liberándonos de toda presunción ideológica, estamos dispuestos a reconocer algo que en la realidad ya funciona. Apoyar a quien, en la vida social y política, no se ha resignado a una medida reducida de su deseo y por eso trabaja y construye movido por una pasión por el hombre es la primera contribución que podemos dar al bien de todos.

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