Las emergencias que Europa no quiere ver

Mundo · Robi Ronza
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7 julio 2015
La crisis griega es, digámoslo una vez más, un temporal disfrazado de huracán. Como todo temporal, requiere algunas precauciones, pero lo cierto es que no es un grave problema. Si monopoliza las primeras páginas de diarios y telediarios es solo porque le conviene a un sistema mediático gobernado por cadenas televisivas transnacionales especializadas en programas de crónica televisada permanente. En este escenario, una historia como la del referéndum griego “funciona” igual que una final del mundial de fútbol. Bien gestionado, reclama al gran público y por tanto tiene un gran valor publicitario. Eso es todo.

La crisis griega es, digámoslo una vez más, un temporal disfrazado de huracán. Como todo temporal, requiere algunas precauciones, pero lo cierto es que no es un grave problema. Si monopoliza las primeras páginas de diarios y telediarios es solo porque le conviene a un sistema mediático gobernado por cadenas televisivas transnacionales especializadas en programas de crónica televisada permanente. En este escenario, una historia como la del referéndum griego “funciona” igual que una final de mundial de fútbol. Bien gestionado, reclama al gran público y por tanto tiene un gran valor publicitario. Eso es todo.

Los problemas urgentes y graves de la Europa de hoy son otros, esos de los que se habla poco o nada. Hoy la información es un espejo sustancialmente deformado, donde con nuestras fuerzas estamos llamados a poner remedio cada día en la medida de nuestras posibilidades. Siguiendo el caso de la Unión Europea, su problema más grave no es Grecia sino la creciente inestabilidad de toda su frontera estratégica hacia el este y sureste, desde Ucrania hasta Oriente Próximo. Tanto en el caso de Ucrania como en el de las guerras en curso en Siria e Iraq, por no hablar de la anarquía en Libia, no se está haciendo nada serio ni eficaz. A la sombra de la continua rueda de encuentros (ampliamente reflejados por los telediarios) de los principales líderes de la Unión Europea, todo sigue parado. Si vemos cómo era la situación a principios de año, veremos que no se ha dado ni siquiera un paso adelante, y por tanto se han dado muchos pasos hacia atrás.

Cada vez es más evidente que los Estados Unidos se están retirando del área euro-mediterránea, dejando tras de sí varios focos de crisis y tensión. Alemania se ilusiona con ser la heredera del papel protagonista de una Unión Europea de guía alemana, pero es una tentación a la que es mejor ayudarla a resistirse. En la historia siempre las ambiciones hegemónicas de Alemania han tenido un pésimo resultado no solo para Europa sino para la propia Alemania. Lo que ya vemos basta para concluir que esta vez podría acabar igual. Pero para eso no basta con una declaración televisiva y alguna entrevista en los principales periódicos. Hace falta un proyecto claro y un trabajo sistemático, hace falta establecer relaciones y saber mantenerlas, hace falta crear las condiciones necesarias para alianzas estables.

Hace falta acabar con las reuniones del Eurogrupo inspiradas solo en la necesidad de dar respuestas inmediatas a problemas inmediatos. Así no se construye el papel propio de una entidad como la Unión Europea que, por sus dimensiones económicas, geográficas y geopolíticas, junto a Estados Unidos, Rusia, China y la India, es uno de los cinco actores principales de las relaciones internacionales de nuestro tiempo. Y no puede evitar serlo. Cuando de hecho se tienen ciertas dimensiones, uno no puede salir de escena: o se convierte en una gran locomotora o se transformará en un gran vagón de cola.

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