Carta Laicidad

Laicidad para crecer

Mundo · Agustín Domingo Moratalla
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23 septiembre 2013
El filósofo Agustín Domingo Moratalla interviene en el diálogo que se ha suscitado en www.paginasdigital.es  en torno a la Carta de la Laicidad francesa. Después de que Massimo Borghesi contestara a Gabriel Albiac , Moratalla entra en la conversación.

El filósofo Agustín Domingo Moratalla interviene en el diálogo que se ha suscitado en www.paginasdigital.es en torno a la Carta de la Laicidad francesa. Después de que Massimo Borghesi contestara a Gabriel Albiac, Moratalla entra en la conversación.

Desde hace unos días todas las escuelas francesas sostenidas con fondos públicos han dispuesto a la entrada de los centros su correspondiente Carta de la Laicidad. Para algunos pensadores como Gabriel Albiac expresa fielmente el sentido de la laicidad positiva de la que hablaba Benedicto XVI, como hemos podido comprobar en el reciente artículo publicado el pasado 11 de septiembre en ABC. Para otros como Massimo Borghesi, el modelo que persigue Hollande y su ministro Peillon no es de una laicidad positiva sino el propio de una religión civil para el espacio público educativo.

Las autoridades educativas francesas no han concedido a esta carta un valor normativo, se trata de un documento simbólico que, a nuestro juicio, debería ser leído junto a la Carta a los maestros que el ex-presidente Sarkozy envió a todos los maestros a primeros de septiembre de 2007. A diferencia de la Carta de laicidad que presenta una laicidad de abstención, la de Sarkozy plantea una laicidad de confrontación. Dos laicidades muy diferentes que responden a dos formas distintas de enfocar el papel de las confesiones religiosas en la escuela.

La laicidad de abstención hunde sus raíces en cierto laicismo de combate propio de tradiciones que consideran las confesiones religiosas como obstáculos para el progreso de los valores ilustrados y modernos. No cuestionan la libertad religiosa como derecho individual y siguen considerando a los creyentes como ciudadanos que viven en la oscuridad de los mitos porque no se han atrevido a dar los pasos necesarios hacia la claridad que proporcionan la Razón, la Ciencia y el Progreso. A diferencia de los no creyentes, que no están obligados a justificar la racionalidad (o irracionalidad) de sus convicciones para participar en los espacios de deliberación pública, a los creyentes se les exige pericia en el arte de la separación para que su participación pública sea verdaderamente racional, científica e ilustrada. Con ello se exige una sobrecarga de legitimidad que ha sido denunciada recientemente por pensadores tan poco sospechosos de conservadores como Habermas.

Durante la resistencia al fascismo, algunos intelectuales franceses pensaron que esta laicidad de abstención debería ser sustituida por un nuevo modelo. En torno a la figura de André Philip, ministro de Economía en la reconstrucción de postguerra, emergieron formas nuevas de plantear la laicidad de la República francesa. Fueron años en los que dentro del movimiento protestante Foi et Vie y su órgano de expresión Foi-Education se fraguó una nueva forma de entender la laicidad. Benedicto XVI la describió como laicidad positiva pero tiene sus raíces en planteamientos filosóficos del personalismo comunitario y la hermenéutica que Paul Ricoeur describió como laicidad de confrontación, debate y diálogo. En los años noventa del pasado siglo, el propio Ricoeur volvió a denunciar la estrechez de miras de un laicismo de abstención que, apoyándose en cierto naturalismo neurocientífico, excluye las religiones de los espacios públicos de deliberación.

Cuando Sarkozy pedía que la escuela permaneciera laica era porque reclamaba el respeto mutuo y porque “abre un espacio de diálogo y de paz entre las religiones, porque es el medio más seguro de luchar contra la tentación del aislamiento religioso… no hay que dejar el hecho religioso a las puertas de la escuela”. Estamos ante una laicidad que abre la escuela al diálogo, al debate y la reflexión pública.

Quizá tengamos que hablar de una laicidad para crecer donde la neutralidad o imparcialidad de las administraciones públicas tenga que ser entendida desde el principio de la cooperación mutua o mutuo entendimiento entre confesiones religiosas. De esta forma, el estado y las administraciones públicas facilitarían el pluralismo y no necesitarían ninguna religión civil; recuperarían su sentido originario de servicio público al bien común.

Formado en las mismas tradiciones filosóficas que Ricoeur pero escribiendo al otro lado del Atlántico, Charles Taylor ha planteado la necesidad de que las religiones nos sirvan para hacer pie en las aguas turbulentas de unas sociedades modernas que no se pueden entender de manera neutra, homogénea o uniforme. En su voluminoso trabajo sobre la secularización (A secular Age, 2007) nos proporciona argumentos para construir una laicidad nueva, positiva y abierta, una oportunidad para crecer.

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