La victoria sobre la noche

Cultura · Angelo Scola
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27 abril 2022
En 1965, en Castel Gandolfo, Pablo VI escribió el famoso Pensamiento ante la muerte, publicado en L'Osservatore Romano el 9 de agosto de 1979.

“Se impone esta consideración obvia sobre la caducidad de la vida temporal y sobre el acercamiento inevitable y cada vez más próximo de su fin… No mirar más hacia atrás, sino cumplir con gusto, sencillamente, humildemente, con fortaleza, como voluntad tuya, el deber que deriva de las circunstancias en que me encuentro. Hacer pronto. Hacer todo. Hacer bien. Hacer gozosamente: lo que ahora Tú quieres de mí, aun cuando supere inmensamente mis fuerzas y me exija la vida… pero la muerte sella así la meta de la peregrinación terrena y ayuda para el gran encuentro con Cristo en la vida eterna”.

Pero el drama de la muerte, que arraiga en la experiencia singular de cada persona, no puede prescindir de su vínculo constitutivo con todos sus hermanos los hombres. Por ello, sin perder nada de la experiencia personal intrínseca a la muerte, está marcada por las circunstancias concretas y relaciones que forman la realidad histórica.

El eco de la muerte en nuestras opulentas sociedades occidentales se cubre normalmente con ruidosas distracciones. Hoy, sin embargo, en la martirizada tierra de Ucrania, a dos pasos de nosotros, se vuelve amenazante imponiendo su siniestro impacto. Por no hablar de la resonancia causada por el Covid desde hace más de dos años.

No hay tiempo en estas páginas para analizar las causas y consecuencias de estas dos pruebas tan duras. Bastará con intentar captar el núcleo central.

La guerra representa siempre un proceso degenerativo de la convivencia, siembra muerte y suscita divisiones entre los estados y los pueblos. Favorece el homo, homini lupus rompiendo la hermandad universal. Resulta por tanto estructuralmente contraria a un orden mundial justo fundado en la libertad y en el derecho.

Respecto a la pandemia, esta pone en evidencia el estrecho vínculo que nos une, haciéndonos potenciales, aunque involuntarios, portadores de mal e incluso muerte los unos para los otros.

Miedo y angustia marcan nuestros días. Además, el enfrentamiento ideológico provocado por estos dos flagelos genera dialécticas que suelen resultar tortuosas e insostenibles. Pone en discusión algo que en las últimas décadas hemos abanderado como “nuevos derechos” del humanismo occidental.

Frente a los dos fenómenos de la pandemia y la guerra hay que decir que resiste un movimiento popular de compasión documentado por la movilización masiva para acoger a los refugiados. La atención gratuita a quien tiene necesidad, expresión de una exigencia universal inextirpable, acaba abatiendo los violentos contrastes que minan actualmente nuestras vidas y dando un sabor humano a nuestra existencia.

La situación descrita, que como oprime por todas partes como una tenaza el drama del yo, nos lleva a identificar en la experiencia de la angustia (estado extremo de ansiedad: angustia) con toda su carga de dolor, sufrimiento y muerte (las potencias oscuras que marcan inevitablemente toda existencia humana), una clave dominante de nuestra vida.

Sin poder citar ahora a los estudiosos de la angustia –entre los que destaca el nombre de Kierkegaard (1813-1855), el primero en proponer en su género un enfoque teológico de este tema– podemos considerar con Balthasar, después de Freud y Heidegger, que los poderes tenebrosos son, al menos para el cristianismo aunque no solo, en cierto sentido naturales. El Hijo de Dios no ha venido al mundo para ahorrarle al hombre la angustia que va estructuralmente unida a su contingencia.

¿Cuál es la vía de salida, si existe, de esta situación de estancamiento? ¿Cómo vivir, si es posible, la angustia, no para abolirla sino para poder convivir con ella y con los poderes tenebrosos que la general?

Escribe el discutible pero agudo novelista Michel Houellebecq: “Para el occidental contemporáneo, incluso cuando se encuentra bien, la idea de la muerte constituye una especie de ruido de fondo que invade el cerebro cuando se desdibujan los proyectos y los deseos. Con la edad, la presencia del ruido aumenta; puede compararse a un zumbido sordo, a veces acompañado de un chirrido. En otras épocas el ruido de fondo lo constituía la espera del reino del Señor; hoy lo constituye la espera de la muerte. Así son las cosas” (Las partículas elementales, 1999).

Para aceptar el desafío que la muerte nos plantea a cada uno de nosotros, debemos remontarnos a la pregunta de las preguntas, transversal a todas las demás. “¿Hay en alguna parte alguien que por fin me ame?”.

Solo una respuesta afirmativa a esta pregunta puede dar seguridad al yo. “¿Quién me da seguridad? ¿Una seguridad para siempre, realizando la empresa de liberarme de la angustia de mi muerte?”. Lo describe muy bien la Carta a los Hebreos: “…liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos” (Heb 2,15). Y la segunda carta de Pedro precisa que “uno es esclavo de aquello que lo domina” (2Pe 2,19). La muerte parece radicalmente invencible incluso en la plenitud de la existencia humana. Esta, con las posibilidades increíbles disponibles actualmente para cuidarse, solo puede, como mucho, posponerse. Tampoco es posible tratar de liberarse de esta esclavitud por derivas eutanásicas: la domino porque adelanto yo el momento, dándome yo mismo, acaso asistido en el suicido.

Sin embargo, la historia de Occidente, historia que ya ha tocado los extremos confines del mundo, grita el día de Pascua: resurrexit sicut dixit. Jesús de Nazaret ha muerto realmente, pero ha vencido a la muerte, que no pudo devorarlo definitivamente, reabriendo a la humanidad el camino de la esperanza.

Jesús probó la angustia de la muerte porque quiso hacer suya la de todos los hombres. Se entregó voluntariamente a la muerte por amor a la humanidad entera y a cada uno. Así lo documenta su pasión, llevada hasta el extremo, hasta la sudoración de sangre en el Huerto de los Olivos, hasta el golpe de la lanza del soldado romano con la emanación de sangre y agua. En su Cuerpo –vehículo de toda su singular Persona, verdadero Dios y verdadero hombre–, Cristo nos ofrece el camino para afrontar las potencias tenebrosas del dolor del sufrimiento y de la muerte, en una palabra de la angustia, que proyectan sobre nuestra existencia, dramática de por sí, una sombra de tragedia.

Ser respuesta a la pregunta: “¿Hay alguien que me ame?” es la pretensión de Cristo con cada uno de nosotros. Por tanto, vale la pena detenerse brevemente en la experiencia de la angustia mortal de Cristo. Luego podremos ponerla en relación con la nuestra. Teniendo a la vista, aunque sin explicitarlo, el horizonte de la persona de Cristo y de Su historia, podemos centrarnos en sus propias palabras: “Padre, si quieres, aparte de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42).

El contexto de la pasión donde se enmarca esta invocación-oración de Jesús, saca a la luz dos aspectos concretos de la angustia de Cristo.

El primero es Su relación con el pecado de los hombres. No nos interesa aquí analizar el nexo entre dolor, sufrimiento, muerte, angustia y nuestro pecado. Pero es necesario destacar objetivamente, como hacen los Evangelios, que la angustia de Cristo se pone de manifiesto en la experiencia y por tanto en el conocimiento completo de la oprobiosa tragedia que suponen todos nuestros pecados, que Jesús lleva consigo al ser clavado en la cruz. La prueba del abandono del Padre que padece el Crucificado hasta perder su rostro encuentra en el Espíritu, que ese momento atroz mantiene unidos a ambos, una garantía que da seguridad. La angustia que el pecado de cada hombre genera en Jesús va a la raíz de nuestra angustia frente a la muerte. De hecho, nosotros no llegamos siquiera al umbral del conocimiento pleno de nuestro pecado.

Pero hay un segundo elemento que contiene la singular angustia de Jesús. Al final, Él la vence: “tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). El Ángel dice a las mujeres, asustadas y cabizbajas: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Habiendo vuelto del sepulcro anunciaron todo esto a los Once y a todos los demás” (Lc 24,5). Esta victoria también puede llegar a ser nuestra, en la perspectiva del juicio, en el que ya se encuentra el tiempo de la Iglesia, nuestro tiempo. Pensemos en los novísimos: muerte, juicio, infierno y Paraíso (escatología).

Para iluminar estas consideraciones, podemos recordar nuevamente a Balthasar. Hay que distinguir entre la angustia “derivada del pecado prohibida por la angustia derivada de la cruz. En la primera se muestran las propiedades del pecado: el apartamiento, la huida, la vida detenida, el extravío, la caída en el abismo, el estrechamiento, el aprisionamiento, el encogimiento, el exilio” (H. U. von Balthasar, El cristiano y la angustia). Sin embargo, la angustia que deriva de la cruz de Cristo “es precisamente el amor de Dios, que asume en sí toda esta angustia del mundo, para superarla padeciendo. Un amor que en todo es lo opuesto a la experiencia angustiosa del pecador”.

En la experiencia de la conversión recibimos la gracia de pasar de la angustia del pecado a la de la cruz. La redención (la Pascua) es una liberación profunda que hace surgir al hombre nuevo, documenta una libertad llena de fecundidad.

El paradigma de esta nueva vida es María bajo la cruz. No en vano la Iglesia la venera como refugium peccatorun.

Pedimos a la Virgen María que nos inunde de amor por su Hijo. Aunque seamos reacios, queremos ver a Jesús. Estamos inquietos, como hombres de nuestro tiempo. A menudo desmemoriados, no raramente perdidos y angustiados. Confusos y aturdidos como náufragos en el mar tantas veces tempestuoso por mil opiniones contrapuestas, pero atravesados en cada fibra de nuestro ser por el deseo inextirpable de encontrar la respuesta vital que desate este nudo intrincado en nuestra persona y en nuestra vida.

Me permito acabar con un deseo pascual haciendo mías las palabras de Paolo Takashi Nagai, víctima de la bomba atómica, uno de los grandes artífices de la regeneración de Nagasaki. “Hay personas que no soportan la idea de tener que morir. Intentad imaginar si un buen día os llegare una invitación que llevabais muchísimo tiempo esperando, de alguien que habéis esperado mucho poder ver. Una persona con la que habéis deseado mucho poder estar, para poder hablar largo y tendido. El día que llegue esa invitación, ¿cuán grande será vuestra alegría? La muerte es la invitación de Dios, y con esta alegría de corazón la espero. Sé con qué ternura Él me cuida. Por eso, cuando por fin reciba su invitación, estaré contentísimo de poder aceptarla”.

Artículo publicado en Il Foglio

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