La victoria sobre la desesperación

Mundo · Giuseppe Frangi
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18 enero 2019
¿Para qué sirve rezar? Podríamos reconducir a esta pregunta elemental la catequesis esencial que el papa Francisco está ofreciendo los miércoles en sus audiencias sobre el Padre nuestro. Un itinerario en el que Bergoglio no da nada por descontado, consciente de la condición del hombre de hoy, indefenso y expuesto a las mil ilusiones que continuamente se le proponen. Para ello, el Papa desmonta palabra a palabra la oración que el mismo Jesús nos enseñó, para hacernos tocar con los dedos su concreción y también su fiabilidad.

¿Para qué sirve rezar? Podríamos reconducir a esta pregunta elemental la catequesis esencial que el papa Francisco está ofreciendo los miércoles en sus audiencias sobre el Padre nuestro. Un itinerario en el que Bergoglio no da nada por descontado, consciente de la condición del hombre de hoy, indefenso y expuesto a las mil ilusiones que continuamente se le proponen. Para ello, el Papa desmonta palabra a palabra la oración que el mismo Jesús nos enseñó, para hacernos tocar con los dedos su concreción y también su fiabilidad.

Por ejemplo, con su habitual capacidad para trabajar sobre las palabras para dar a entender todo su espesor, se centró en la vocación inicial, “padre nuestro”. Una palabra que en arameo tiene un matiz diferente. “Padre” en arameo se dice “abbà”, que no en vano usa san Pablo en dos circunstancias distintas en sus cartas. “Decir ‘abba’ –dijo Francisco– es algo mucho más íntimo, más conmovedor que llamar a Dios ‘padre’ simplemente. Por eso alguno ha propuesto que se tradujese esta palabra original aramea ‘abba’ con `papá’”.

Si bien “padre” subraya más el aspecto de autoridad, “abbà” señala en cambio una relación familiar. “Debemos imaginar que en estas palabras arameas ha quedado ‘grabada’ la misma voz de Jesús: han respetado el idioma de Jesús”, señaló Francisco en otro momento de su catequesis. Y al decir “grabada” se percibe la conmoción de algo que nace de la vida y toca la nuestra. En esta sencilla invocación, reside por tanto “una fuerza que atrae todo el resto de la oración”.

¿Pero qué puede garantizar que una vez invocado, aun dentro de una relación familiar, “abbà” nos escuche y por tanto la oración nos sirva? Con gran sencillez, el Papa desbrozó el campo de estas posibles perplejidades. “Rezar es a partir de ahora la victoria sobre la soledad y la desesperación”, dijo. “Rezar. La oración cambia la realidad, no lo olvidemos. O cambia las cosas o cambia nuestro corazón, pero siempre cambia. Rezar es a partir de ahora la victoria sobre la soledad y la desesperación”. Es un cambio posible, verificable concretamente en uno mismo. Decir “abbà” (bastaría con eso, dice el Papa) es un hecho que descoloca, que traslada de una condición a otra. Con palabras de Péguy, la oración “es el lugar donde todo se hace fácil”.

En cierto sentido, podemos decir que la oración es algo tan real que se puede tocar con los dedos. Es indicativo, por ejemplo, lo que está pasando en un país hiperlaico como Holanda. Una comunidad protestante de La Haya, para proteger a una familia armenia (padre, madre y tres hijos) que ha visto cómo el gobierno holandés les denegaba el permiso de asilo político, lleva tres meses de continuo maratón de oración en la iglesia de Bethel.  La familia, que corre peligro en el caso de ser repatriada puesto que el padre es opositor político, vive acogida en la rectoría, protegida concretamente por las oraciones que continúan sin pausa, con cientos de fieles que se van alternando. De hecho, mientras se mantiene, la policía no puede intervenir por ley para repatriar a los solicitantes de asilo. Obviamente, se trata también de un pulso con el gobierno. Pero por si hubiera alguna duda respecto de la utilidad de la oración, la experiencia de La Haya, dentro de su pequeñez, ayuda sin duda a despejarla…

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