Editorial

La unidad, en el otro

Editorial · Fernando de Haro
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25 enero 2021
Fue un buen discurso. Un excelente discurso. Y las palabras pesan. No es lo mismo hablar de unidad y de superar la guerra incivil que enfrentar a los estadounidenses (podemos extender el conflicto a todos los occidentales), que asegurar que el país sufre una carnicería. Las palabras son importantes, pero no lo son todo.

Fue un buen discurso. Un excelente discurso. Y las palabras pesan. No es lo mismo hablar de unidad y de superar la guerra incivil que enfrentar a los estadounidenses (podemos extender el conflicto a todos los occidentales), que asegurar que el país sufre una carnicería. Las palabras son importantes, pero no lo son todo.

No es fácil superar lo que algunos llaman un nuevo sistema feudal, determinado por el supremacismo de la derecha, por un cristianismo nacionalista, por un elitismo contrario a la igualdad de la izquierda, por nuevas castas. Es un problema, como para todo Occidente, de refundación nacional. La unidad de hecho se percibe por la relación con el otro, con el extranjero.

Una de las últimas fórmulas con las que Estados Unidos reconoció oficialmente que necesitaba a los otros fue el “Bracero Program”. Un programa que, durante la II Guerra Mundial, acogió a los trabajadores del campo que llegaban desde México. Eso se acabó en 1965, aunque seguía haciendo falta mano de obra. Hace 55 años, el país que se había construido gracias a la migración fue uno de los primeros en restringir el acceso legal de los inmigrantes. Desde entonces, ha habido excepciones, como la de Reagan, que llevó a cabo una regularización de tres millones sin papeles. Pero desde 1996 los muchos que están en una situación irregular, en la práctica, no tienen modo de regularizarse. El progresismo de Obama no mejoró la situación. El expresidente demócrata se convirtió, de hecho, en un “deportador en jefe”: expulsó a casi 2 millones de personas.

La falta de una vía para la regularización y la política agresiva de Trump han creado tres anillos migratorios en los Estados Unidos. El primero es el de los once millones que viven desde hace tiempo en el país en situación irregular. Realizan trabajos esenciales, como se ha visto durante la pandemia, y pagan impuestos. Algunas estimaciones señalan que pagan 11.000 millones de dólares en tributos. De esos once millones de ilegales, la mitad son mexicanos y dos millones centroamericanos. El fenómeno es, sobre todo, hispano. El segundo anillo es el de los solicitantes de asilo, no migrantes económicos. A diferencia de lo que sucede normalmente, en cumplimiento de la legislación internacional, esos solicitantes de asilo están en México. No han podido acceder a Estados Unidos. En algunos casos ocupan campos de refugiados, como el que hay en Río Bravo. Y el tercer anillo es el formado por los que salen de Honduras y el Salvador en caravanas.

Para los tres anillos de migración Biden ha querido ofrecer soluciones en sus primeroas días de mandato. Será difícil que se puedan concretar todas. Las órdenes ejecutivas ya está en marcha. El nuevo presidente ha reforzado el DACA, el programa que protegía a los dreamers, los que llegaron siendo niños, de la expulsión. Han quedado anuladas las medidas agresivas de deportación, no hay ya discriminación para los países de mayoría musulmana. Y desaparece la emergencia nacional que permitía destinar mucho dinero a la construcción del muro con México. El solo hecho de que el muro haya dejado de ser una prioridad tiene un alto valor simbólico. Estados Unidos no es un país asediado por extranjeros. La insistencia en la construcción del muro ha sido un mecanismo para simplificar problemas, buscando culpables.

Biden ha impulsado también un proyecto de ley complejo y completo que podría dignificar la situación de las personas que están en uno de los tres anillos. Para los ilegales residentes en Estados Unidos se estable un proceso que, pasados algunos años, les permitiría hacerse primero con la “green card”, la residencia, y después con la condición de ciudadanos. Mientras este proceso concluye, se garantizarían su derechos laborales y familiares. Si la ley saliera adelante, existiría un auténtico sistema para solicitar asilo. Y habría también un presupuesto de 4.000 millones de dólares para proyectos de desarrollo en Centroamérica que hagan menos necesaria la migración.

Es un programa de máximos. Y si saliera adelante sería una de las cosas más importantes que Biden hiciera en su presidencia. Solo haberlo anunciado supone un gesto decisivo. Es necesario, para reconstruir la unidad entre los de dentro, romper la dinámica que convierte en chivo expiatorio a los que vienen de fuera.

Biden tiene dos problemas para hacer su giro histórico en política migratoria. Uno lo tiene dentro: los miembros de su equipo trabajaron con Obama. El otro lo tiene fuera: hay senadores republicanos como Ted Cruz, hispano, que considera el cambio una declaración de guerra. Algunos hispanos, como los de origen cubano o venezolano, tienen la misma sensibilidad hacia los migrantes que Trump. Hay nuevos estadounidenses atascados en lo que algunos llaman un sistema de castas.

Si Biden consigue un país algo menos agresivo con el extranjero habrá hecho mucho por esa unidad de la que hablaba una mañana fría de enero.

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