Pascua 2011

La única esperanza

Mundo · Francesco Ventorino
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25 abril 2011
Cormac McCarthy, en la novela No es país para viejos, narra con un estilo veloz y seco la historia de tres hombres que en el Texas actual, a lo largo de la frontera con México, se persiguen sin piedad, animados por una necesidad ineluctable, de forma que sólo los despiadados pueden sobrevivir, en el sentido de que pueden elegir "en qué orden abandonan su propia vida". Uno de ellos, el sheriff, contempla al final de la historia un bebedero excavado en la tierra. ¿A quién se le ocurriría una idea como ésa en aquel país que no conocía la paz? Aquel hombre "lo había puesto allí con martillo y cincel", y el bebedero "habría podido durar diez mil años". ¿Por qué lo había hecho, en qué creía? "Debo decir que lo único que se me ocurre pensar es que aquel hombre debía tener una especie de promesa dentro del corazón. Yo, ciertamente, no tengo la intención de ponerme a excavar un bebedero de piedra. Pero me gustaría ser capaz de hacer una promesa de ese tipo. Es lo que más me gustaría de todo".

¿Es posible hacer una promesa al hombre, es decir, a nuestros amigos e hijos, que no tenga como fundamento la resurrección de Cristo?

Un "teólogo laico" (según la definición del propio interesado) escribía en un conocido periódico italiano: "Si mañana me encontrase una urna con los huesos de Jesús de Nazaret, en mis valores y mi visión del mundo no cambiaría mucho […]. No porque Jesús haya resucitado es mi maestro. Lo es por las cosas que ha dicho y por el estilo de vida con que ha vivido, por su humanidad, su sentido de justicia. Esto demuestra que no es el cristianismo lo que salva a los hombres, igual que no les salva ninguna otra religión. Los hombres se salvan […] porque son justos" (V. Mancuso, Il Foglio, 23 de marzo 2008).

El cristianismo se convierte así en un objetivo ético al que tender con las propias fuerzas. Nobilísimo objetivo. ¿Hay esperanzas razonables de alcanzarlo? Francamente, parece que no. Ante los mismos resultados, incluso morales, siempre hay algo que falta. Advertía un testigo no menos "laico", Italo Calvino, en Las ciudades invisibles: "Sólo si conoces el residuo de infelicidad que ninguna piedra preciosa llegará a resarcir, podrás calcular el número exacto de quilates a que debe tender el diamante final, y no errarás los cálculos de tu proyecto desde el principio". Con no menos realismo, la Iglesia, en la liturgia de Semana Santa, habla de una humanidad "agotada por su debilidad mortal".

El desafío de la Pascua no es un ideal moral, sino un hecho sucedido realmente: el inicio de una vida humana distinta en la que se hacen reconocibles los rasgos de lo divino. De aquel diamante final deseado con urgencia por el corazón. En la Pascua, la Iglesia muestra al mundo la única "piedra angular" sobre la que es posible construir nuestra esperanza.

"La fe cristiana -escribe Benedicto XVI en su Jesús de Nazaret– se mantiene o cae con la verdad del testimonio de que Cristo ha resucitado de entre los muertos. Si se prescinde de esto, aún se pueden tomar sin duda de la tradición cristiana ciertas ideas interesantes sobre Dios y el hombre, sobre el ser hombre y su deber ser -una especie de concepción religiosa del mundo-, pero la fe cristiana queda muerta".

La resurrección de Cristo, por tanto, es la única esperanza. ¿Pero puede suceder verdaderamente? ¿Cómo podemos nosotros, hombres de nuestros días, creerlo sin abdicar de las exigencias de nuestra razón? Las pruebas deben buscarse en la vida de los creyentes. Son ellos los que dan hoy testimonio de Jesús resucitado, poniendo en el mundo gestos que serían imposibles y absurdos si Él no estuviera vivo y presente.

En este sentido, la resurrección de Jesús sucede ahora.

Il Sussidiario

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