“La última palabra es de la misericordia”

Entrevistas · Riccardo Maccioni
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1 marzo 2022
Por su interés, publicamos la entrevista que monseñor Paolo Pezzi, arzobispo de Moscú, ha concedido al diario Avvenire

Ansiedad, angustia. Pero también confianza en las “potentísimas armas” de la oración y el ayuno, la conciencia de la fuerza de la fe, la esperanza que ni siquiera decae ante el horror. Sobra decir que para monseñor Paolo Pezzi, arzobispo de Moscú, son horas de grandísima inquietud, en las que se pide al pastor un plus de coraje para sostener a una comunidad presa del desconcierto, que vive “en un clima de preocupación y angustia por el destino de la gente, de los pueblos, de la paz”. El pasado viernes recibieron una bocanada de oxígeno con la visita del Papa, fuera de protocolo, a la embajada rusa en la Santa Sede para expresar también físicamente su firme petición de que las armas dejen paso al lenguaje de la diplomacia y a la búsqueda de una reconciliación, sin duda complicada pero siempre posible. “Con estos gestos, el Papa también se pone a la escucha. Por eso, estos pasos diplomáticos siempre son bienvenidos. Cada paso que ayude a aliviar un empeoramiento del conflicto será positivo”.

Naturalmente, el compromiso por la paz también se concreta a nivel local, prestando atención al sufrimiento de la gente y a la constante invocación al Dios de la reconciliación y del perdón. Durante semanas, la Iglesia rusa ha seguido la escalada negativa de los acontecimientos conjugando estos dos factores. En todas las misas se reza por la paz en Ucrania. “Los obispos católicos hemos escrito una carta a nuestros fieles constatando el fracaso momentáneo del diálogo, la acción política y la diplomacia. Pero invitando a no perder el ánimo ni la confianza. Los cristianos aportamos algo único: la reconciliación, el perdón y la paz interior que nacen de la fe. Y lo podemos testimoniar en cualquier circunstancia, incluso en conflicto”.

Más allá de las relaciones de fuerza sobre el terreno, esta crisis ha dividido a muchas familias. Es necesario que la comunidad cristiana les haga sentir su presencia.

A veces estamos al lado de una familia, pero vemos que la cercanía no siempre es suficiente. También hay que custodiar las relaciones entre pueblos y naciones, igual que entre familias, del mismo modo que nos propone Francisco: permiso, gracias, perdón. Puede parecer utópico, pero ahí radica la fuerza de la fe, que puede mover montañas.

¿Cómo pueden contribuir los cristianos? Hace unos días citaba usted una famosa expresión de Juan Pablo II: cuando los poderosos de la tierra se enfrentan, la Iglesia reza.

Con la oración y el ayuno, que son unas armas formidables, hay que pedir la paz con la fe y la audacia propias de los hijos.

El cardenal Parolin, secretario de Estado vaticano, ha dicho que aún hay tiempo para la buena voluntad y para la negociación.

Siempre hay tiempo, en los momentos más oscuros de la historia la última palabra la escribe la misericordia.

¿Qué espera para los próximos días?

El milagro de la paz, del fin del conflicto, que se vuelva a dialogar mirándose como hermanos que pueden tener ideas contrapuestas, pero son hermanos.

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