La última confesión del tirano Fidel

Mundo · Lorenzo Albacete
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21 abril 2008
Entre el miedo de los refugiados y el idealismo neocon. Por qué América se teme que la enfermedad del dictador de Cuba no sea más que una fanfarronada.

La última hora de los noticieros nocturnos de la televisión americana dedican su espacio al show de los cómicos. La reacción del público ante sus sketches es un óptimo indicador, incluso mejor que las encuestas, de lo que piensa el americano medio sobre la actualidad. Por ejemplo, hace algunas noches Jay Leno dijo: "Las noticias que llegan desde Cuba hablan de las débiles condiciones de salud del presidente Castro. De hecho, muchos están preocupados, pero parece que está mejorando". Aplausos y risas.

Para la mayor parte de los americanos, hoy Fidel Castro es una figura cómica del pasado. En los tiempos que corren, de post-comunismo, post 11-S, y con lo que está ocurriendo en Oriente Medio, la salud de Castro queda en el último lugar de sus preocupaciones. Es ya sólo material para los sketches de última hora.

No es así, obviamente, para la comunidad cubana de América, vistas las celebraciones de Miami, los artículos y editoriales de intelectuales y artistas cubanos. Siempre he pensado que la historia de la revolución castrista era vista por la comunidad de los exiliados cubanos como un enfrentamiento familiar: las emociones superan a la política y llegan al nivel de traición personal. En esta atmósfera, que persiste aún entre las generaciones posteriores al exilio, las noticias de la enfermedad de Castro son seguidas con la intensidad de una experiencia religiosa.

La administración Bush, sin embargo, parece tener dos preocupaciones: evitar la explosión de una nueva crisis de refugiados y promover una transición hacia la democracia. La primera parece posible, pero la transición a la democracia en la isla parece cada vez más lejana porque Raúl Castro, hermano y sucesor designado por Fidel, es uno de los duros como él, si no peor. Fidel ha permitido algunas reformas de mercado en los años 90 después de la caída de la URSS, pero gracias al apoyo del presidente venezolano Hugo Chávez estas reformas se han retirado. Además, Raúl ya ha situado a muchos familiares y militares en puestos clave del gobierno, garantizándose un enorme poder.

Y luego está la incertidumbre sobre el estado real de salud de Fidel. Algunos dicen que padece un cáncer o una úlcera, porque, según explican, a nadie le aparece una hemorragia interna por estrés. Otros piensan que Castro podría ya estar muerto. ¿Por qué Raúl se resiste a mostrar su rostro públicamente?

En una conferencia reciente sobre Cuba organizada por un think tank de Washington de orientación neocon, el moderador se preguntaba por qué el gobierno americano tenía tanto miedo a una llegada de nuevos refugiados. El ponente respondió que la primera ola de inmigrantes pertenecía a la alta burguesía cubana, que huía del comunismo a finales de los años 50, mientras que la segunda estaba compuesta por la burguesía de los profesionales y la tercera por las capas más pobres de la población. En total, ha habido cinco olas migratorias, cada vez más pobres. Y muchos de los refugiados llegados en los últimos años ni siquiera son buenos trabajadores porque tienen la mentalidad típica que el comunismo instala en las personas. Es por esto que los neocon ansían la democracia para Cuba. Para ellos los temas clave para las próximas elecciones al Congreso y para las presidenciales del 2008 parecen ser más bien Iraq y el Líbano.

A un colegio de jesuitas

Un cardenal americano con el que a Castro le encantaba charlar, o al menos eso parece, le dijo una vez que, si quería que la conquista de la revolución cubana permaneciera después de su muerte, debería normalizar sus relaciones con la Iglesia cubana, puesto que sólo en la Doctrina Social de la Iglesia esas conquistas tenían una esperanza de supervivencia. Castro escuchó con atención sin replicar. El cardenal había ganado.

Lo cierto es que el comportamiento más realista del líder máximo se da junto a los obispos cubanos, que (siempre unidos a pesar de las diferencias) han publicado un comunicado que invita a la calma y a la oración, y que subraya que el futuro de la isla depende de los cubanos de Cuba, no de la comunidad en el exilio.

Cuando Juan Pablo II visitó Cuba, fui invitado por el gobierno de La Habana, al parecer por un artículo que había escrito para el New Yorker, para participar en un acto de bienvenida que Castro había organizado para los obispos americanos con ocasión de la visita papal. En mi artículo había evitado los argumentos políticos y me había concentrado en la visión religiosa de Castro, fruto de la educación que había recibido por parte de los jesuitas.

Cuando me presentaron ante él como teólogo, me miró y me preguntó: "Dígame, ¿los teólogos han descubierto qué tipo de peces multiplicó Jesús?". Yo no sabía cómo interpretar esta pregunta. ¿Hablaba en serio? ¿Se estaba riendo de la teología? Tras un momento de silencio, respondí: "Eran doradas rojas". Castro sonrió: "No había doradas rojas en aquellas aguas". Yo repliqué: "¡Ah, eso es parte del milagro!". Afortunadamente le gustó mi respuesta y se rió.

Pero tenía otra pregunta, "una seria": "¿Por qué hay más conversiones en África que en China?". Para los africanos, expliqué, es más fácil aceptar la presencia de lo divino en lo humano (la Encarnación), puesto que su sentido religioso tiene su centro más puesto en la naturaleza, mientras que en el Este el sentido religioso está totalmente privado de espacio y de materia. Castro pensó un momento y observó: "Los jesuitas nunca me lo dijeron". Repuse: "Yo fui a una escuela católica". Afortunadamente, volvió a reír. Después le prometí que le enviaría un libro sobre el sentido religioso que me parecía interesante. Y así lo hice: cuando volví a Nueva York le mandé el libro de Luigi Giussani firmado.

No sé qué pensó, pero años después fui autorizado para presentar públicamente ese mismo libro, en un congreso de bioética en La Habana, promovido por la Iglesia con la aprobación entusiasta del gobierno de Fidel Castro. Al concluir, mientras estábamos saludando al presidente, Castro le dijo al cardenal de Nueva York, John O'Connor, que estaba a mi lado: "Como ve, eminencia, finalmente he ido a Misa. Cuando vaya de nuevo a Nueva York, podrá recibirme en la catedral de St. Patrick". El cardenal respondió: "Aún falta una cosa por hacer: le recibiré si va a confesarse". Castro rió: "No tan deprisa, eminencia, aún no". Después me miró. Es la última imagen que tengo de Castro. El cardenal O'Connor ya está en la Eternidad e imagino que le está esperando. Rezo por él ahora, esperando que admita que es el momento oportuno para la confesión.

 

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