La Transición española como momento histórico: cómo la vivimos, cómo la contamos

España · Mikel Azurmendi
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6 julio 2017
Lo histórico (minúscula) de una historia de vida es el pasado de uno y puede sacar lecciones de ello. Es una memoria personal, familiar de hechos vividos. Lo Histórico (mayúscula) de la Historia es una recomendación, una efeméride para que lo vivan todos; con orgullo, también valor, o enemistad y hasta odio. Esto ya no es memoria sino registro oficial. Lo histórico puede compungir porque uno piensa que pudo haber hecho algo mejor las cosas. Lo Histórico suele enardecer.

Lo histórico (minúscula) de una historia de vida es el pasado de uno y puede sacar lecciones de ello. Es una memoria personal, familiar de hechos vividos. Lo Histórico (mayúscula) de la Historia es una recomendación, una efeméride para que lo vivan todos; con orgullo, también valor, o enemistad y hasta odio. Esto ya no es memoria sino registro oficial. Lo histórico puede compungir porque uno piensa que pudo haber hecho algo mejor las cosas. Lo Histórico suele enardecer.

La transición, la mía, me compunge. La Transición, la de todos, me consuela pero no me enardece ni me gratifica: pudo haber sido mejor.

Me dieron la medalla al Mérito Constitucional allá por el 2002 y supongo, por tanto, que nadie esperará de mí escuchar que la Transición democrática no haya sido un éxito. El sistema democrático funciona y sirve para solucionar el conflicto, ¿podremos hacerlo mejorar? Las instituciones funcionan, no son corruptas, pero pueden mejorar mucho y controlar mejor la corrupción de personas y partidos políticos. ¿Lo conseguiremos los ciudadanos?

Sin embargo seguramente nadie espera tampoco que yo haya venido aquí a decirles que la viví como un gran éxito. En un texto de 2010 expliqué cómo la viví dejando claro que no voté la Constitución, no voté el Estatuto de Autonomía de Euskadi y tampoco voté nunca jamás hasta el año 2001. Ese año voté por primera vez, lo hice por correo, hallándome exterrado y optando por el partido político, a mi entender, más castigado por ETA por entonces. Ese fue, al menos, mi criterio.

Yo viví todo el período constitucional desde una ideología liberal-social-democratista muy opuesta al nacionalismo (exiliado en Francia, desde 1969-70 me opuse frontalmente a la violencia de ETA; repartí junto con un compañero una octavilla al día siguiente del asesinato de Carrero Blanco, condenando aquella barbaridad. Mi esquinadura respecto del PCE, en París, se debió precisamente a que los comunistas festejaron con algarabía aquel acto de terror. Estaban como locos de contento. Me fui acercando bastante a los socialistas franceses de Michel Rocard. Me sondearon incluso por si quisiera acudir al Congreso de Suresnes. Yo me negué junto con ese otro compañero). En mi ideología de entonces había un supuesto libertario: hacer una consulta referendaria en Euskadi para terminar con el franquismo acabaría con el terrorismo y haría bascular decididamente el dispositivo mental de los vascos hacia la unión con España.

O sea, planteaba yo un pacto entre españoles para que la sociedad vasca obligase a ETA a dejar el terrorismo.

Como se recordará, el Partido socialista de los vascos enarbolaba por aquellos días la pancarta de la autodeterminación. Yo no la enarbolaba con ellos porque mi supuesto no era oportunista sino una convicción radical. Esto lo ha demostrado el tiempo. ¿Por qué cambió el PSE-PSOE su lema de autodeterminación? ¿Lo sabe alguien? Cuando uno se espera hoy cualquier cosa de ellos respecto de los asuntos nacionalistas, uno ya puede inferir que su ideología no posee un anclaje ideacional sobre qué es España. Tampoco sobre qué sea una nación. Suponiendo que tenga anclaje alguno, claro. Por consiguiente, los socialistas desconocen qué es el nacionalismo y cuál fue su propia trayectoria socialista. Esto demostraría que el PSOE, hoy, carece de tradición intelectual, de una tradición de discurso. O sea, de una investigación que arranque de un punto de partida histórico contingente, lo suficientemente asombroso como para plantear interrogantes y provocar respuestas rivales. Una tradición intelectual es un conflicto interno entre argumentos contrapuestos que, desarrollados en el tiempo, se convierten en un rasgo prominente de las relaciones sociales que conforman y a las que da expresión.

Yo me esquiné del proyecto institucional, retirándome a la enseñanza bien dada y la literatura: una estupidez, marcharse de la participación política. Y no enmendé hasta encontrar poderosas razones para cambiar. Eso sucedió a mediados de los 90, cuando ETA asesinó al teniente alcalde donostiarra Gregorio Ordóñez. Entonces me impliqué públicamente porque había encontrado razones para defender la Constitución [cuando comprobé que se atacaba a la representación popular y en Euskadi el nacionalismo obligatorio aceptaba la motivación política de ETA, abriendo la senda al totalitarismo. Y laboré para incitar el diálogo y acuerdos básicos entre partidos constitucionalistas y para que gobernase el partido más votado].

[Lo hice buscando o creando plataformas cívicas, nunca a través de los partidos políticos. Me arrimé a las víctimas de Denon Artean, creamos el Foro de Ermua y, luego, Basta Ya. Y ahí se acabó todo].

Tras la muerte de Franco, mi supuesto ideológico, aproximadamente liberal-social-libertario, lo consolidó sobremanera la acción del Estado español sobre mí. Eso es la historia minúscula que me hace ver mejor eso de la Historia mayúscula.

Cuando llego del exilio con el flamante pasaporte de Fraga a finales de agosto de 1976, me presento en el cuartel de San Sebastián. Yo tenía una requisitoria desde 1967, cuando hui de España. Lo hice ante el teniente coronel Yoldi, familiar lejano de la familia de mi mujer. Él me dice que hay una orden de arresto contra mí y que el pasaporte de Fraga no me sirve para nada. Vaya hombre, ¿es un puto anzuelo por si yo picaba?, le digo. Él sólo me aconseja: hará la vista gorda porque soy yo, pero me exhorta a que me marche a Francia por mi seguridad. Que desde Francia escriba una petición a Capitanía General de Burgos. Por si…

Estamos en el primer Gobierno de Suárez compuesto de ministros no franquistas salvo uno. Paso a Francia con el pasaporte y entrego una carta en el Consulado de Hendaya para Capitanía General. Mientras tanto, resido clandestinamente en España y alguien me ofrece trabajo remunerado en la construcción. Tengo 34 años, esposa buscando trabajo y un hijo de 4 años. En enero de 1977, los militares me llaman a filas. Al cuartel de Vitoria, please. Desde la mili tramito una petición de acortamiento del servicio militar por edad y por tener un hijo. Hago el período de instrucción militar y, tras jurar bandera, me acuerdan un final del servicio militar. Salgo de civil en vísperas de la legalización del PC y de los demás partidos políticos. Pero no tengo el alma para participar en las elecciones de ese junio de 1977 porque el Estado no me convalida mis diplomas de la Sorbona. Poseo la Licence, la Maîtrise con su correspondiente tesina en Filosofía y Cursos de doctorado en la Sorbonne de París. También mis certificados de profesor contratado durante tres años en la Facultad de Derecho y Economía (París I). Sin embargo debo cursar 13 asignaturas. Trece. ¡Toma ya!

Así que ya van dos putadas desde el Estado en transición democrática. Entonces, es octubre de 1977, viene la Amnistía. De hecho, a mí ya me la había aplicado el Ejército haciéndome morder campamento y la vida en común con reclutas de 18 y 19 años.

Sin trabajo mi esposa y yo, mientras preparo mis trece asignaturas en la Autónoma de Madrid, pido trabajo de enseñante en las ikastolas. Me encantaría dar clases en vascuence. Pero en todas soy rechazado por no ser nacionalista. Por fin soy licenciado por la Autónoma de Madrid, a fines de 1978. El Ministerio de Educación en Guipúzcoa recluta masivamente profesores interinos. El inspector general que reparte el trabajo es un sacerdote a quien yo ayudé de monaguillo en el Oficio de Misacantano. Me tutea pero me niega una interinidad en razón de que he sido rojo muy rojo. Pero me aconseja ir a Madrid a opositar. Fue un buen consejo. Me hice funcionario por oposición en la Educación secundaria. Estrené mi función docente coincidiendo con el referendo del Estatuto de Autonomía (dic.79). Volví a abstenerme: si me he abstenido ante la Constitución, ¿cómo aceptar la lógica pragmatista de los nacionalistas vascos de aprovecharse de las instituciones para señorear tu tierra en nombre de algo que no aceptan?

Ese es el estado personal en transición democrática que yo vivo en la Transición democrática. Esto es lo histórico de una historia de vida: puteado por las instituciones, en paro y en estrechez económica. La Historia lo silenciará, claro, porque la Historia nacional es un camino recto que suele substituirse a los meandros de las sendas históricas cuya pertinencia le parece nula. Los historiadores de la nación suponen que los acontecimientos van derechos hacia una meta definible. Y parten de esa definición para entender esos acontecimientos del pasado. Cada hecho es un mero eslabón de una cadena de causas convergiendo hacia el efecto elegido. Por tanto, hechos como los míos, y miles y miles de hechos tan o más desgraciados que los míos no entran jamás en la porción que los historiadores juzgan pertenecer a la serie ancestral de su interés. Pero si algo tiene de valor aquella Transición fue que los intereses personales de hombres de intereses contrarios fueran capaces de ponerse sobre la mesa para ser negociados. El problema de aquellos hombres fue que creyeron que, para consensuar el bien común del conjunto de españoles, bastaban sus intereses.

Yo me equivoqué al esquinarme de la política. Pero ¿no está equivocado el relato de la Nación Constitucional? ¿Por qué se niega a imaginar otra alternativa más positiva que pudo haber sucedido pero se impidió sucediese?

Un futurible que pudo haber ocurrido en 1977: que Euskadi se convirtiese en España por propia voluntad. Y esto no ha sucedido. El imaginario camino recto de la Historia pudo haberse torcido lo suficiente para acoger uno de los meandros que haría bascular la Historia de España hacia otro derrotero. Es el hecho de los votantes vascos de la Constitución. En Euskadi la abstención política en el referéndum constitucional fue del 55,35%. Yo estaba entre esa mayoría de vascos abstencionistas. El 10,51% de quienes votaron lo hicieron por el “no”. O sea, que de 1.552.737 votantes vascos inscritos no llegó ni a medio millón el voto favorable a la Constitución. Es decir, no alcanzó el 31% la proporción de vascos que dijeron “sí” a la Constitución. No alcanzaron un tercio los vascos que dijeron aceptar ser españoles.

¿Aceptaría alguien hoy la validez democrática de la independencia de un país (vgr. Cataluña si, por un casual, se votase) si únicamente 1/3 escaso de los votantes dijese <sí> a la separación (31%), en tanto que más de 2/3 no estuviese por separarse sea absteniéndose o diciendo <no>? Pues algo similar sucedió aquí en nombre de la democracia al darse por sentado el hecho constitucional. Si en todas las Provincias españolas se hubiese dado esa escasa proporción del 31% a favor de la Constitución, ¿habríamos dicho que había habido un consenso popular? Supongo que no.

Se negó esta realidad vasca en nombre de la ideológica unidad de la España franquista precisamente en el momento de dotarse España de una ideología fundacional democrática. La fórmula “de la ley a la ley” encierra la paradoja de hacerlo todo legal sin tomar conciencia de que ambas leyes comparten una parte importante de ideología común. Además, tampoco se buscó lo más humano, o sea, lo menos malo.

Quedó así claro que todo comienzo histórico siempre es mítico, que siempre hay alguna fuerza trascendente que hace de fons et origo. Este acto es similar a guillotinar al rey en 1793 para así enunciar con claridad que el soberano es el pueblo. O en hacer que un rey cobarde huya en 1931 para decir que el pueblo es el soberano. Pueblo español, pues, en 1977, pero sin vascos que podrían haber sido españoles. En ese acto reside acaso una nítida explicación de lo que es ideología. A saber, un mapa de una sociedad problemática que disfraza motivos del uso de violencia y proyecta temores no reconocidos a fin de expresar una solidaridad intergrupal. Es así como se convierte ese mapa en matriz generadora de conciencia colectiva.

“Si España era una e indisoluble desde siempre por la fuerza de las cosas. Fuerza de las cosas con mucha fuerza, por cierto, ¿por qué no empezar siendo otra cosa por la fuerza de la ciudadanía consciente? ¿Por qué no consensuar por primera vez en ser españoles?”. Esa era mi posición en 1977 y la justificaba en la presunción de que eso quitaría a ETA un argumento decisivo para asesinar.

Nadie podrá probar que yo no tuviese razón. Nadie podrá demostrar que lo que ha ocurrido desde 1977 tenía que haber ocurrido y era lo mejor que pudo haber ocurrido. Si los cientos de asesinados y sus familias, y si los miles de extorsionados, vulnerados y perseguidos por el terrorismo, desde 1977 acá, pudiesen ver por anticipado en 1977 lo que se les iba a venir encima con la Constitución, y además estuviese en sus manos la posibilidad de hacer que se preguntase a los vascos si querían formar parte de España con la condición de que ETA no ejerciese ningún acto más de terror aceptando los resultados de las urnas vascas, ¿qué habrían elegido? Yo creo que si todos los españoles hubiesen tenido presente eso no hubiesen elegido Constitución quamvis pereat mundus.

La Constitución no fue igualitaria al fracturar la igualdad en derechos de los españoles:

1. Porque fijó unos derechos territoriales históricos, según los cuales unos ciudadanos de un territorio español serían tratados privilegiadamente respecto a los de otros territorios españoles (o sea, se prefirió negar la igualdad de hecho entre los españoles antes de consensuar la españolidad amistosa de todas sus gentes).

2. Porque creó este Estado de las Autonomías, desigual en la proporcionalidad de la representación política e incapaz de evitar el tratamiento desigual de la ciudadanía en los diferentes territorios en asuntos de educación, sanidad y en el ámbito económico de los impuestos, sucesiones, etc.

En la Constitución hubo un consenso oportunista de consecuencias muy negativas:

1. Posibilitó que en las Comunidades de dominación nacionalista (como Cataluña, Euskadi y Navarra) se diese la violación constante e ininterrumpida de los derechos constitucionales del ciudadano (uso del español, restricción de libertades en el ámbito educativo, ideologización partidaria en la escuela y en la radioTV, discriminación para el acceso a la función pública, etc).

2. No sólo no detuvo el terrorismo sino que dio nuevas armas a ETA para arreciar su terrorismo. La fractura del izquierdismo vasco, creada por la expectativa democrática, (fractura patente en una sopa de siglas proletario-eusko-revolucionarias) fue en poco tiempo convergiendo en apoyo del terrorismo, con el argumento de que la Constitución no había sido validada en Euskadi. Y por tanto la democracia aquí era espuria (y luego, para más inri, el Estado negoció con ETA, cuando se pudo haber negociado contra ETA en 1977).

3. Posibilitó a los Gobiernos en minoría hacer acuerdos oportunistas con partidos dudosamente constitucionalistas en lugar de haber incentivado la necesidad de acuerdos entre constitucionalistas para hacer el Gobierno.

4. Todo este cúmulo de oportunismos ha ido exacerbando la ideología diferencialista y la mirada al otro como enemigo o, cuando menos, adversario. Se ha fortalecido el independentismo. No existe en España una sola ideología en la que el otro sea un bien y sea mejor consensuar con él que pasar el rodillo.

Todo esto ha ido debilitando mucho a los sucesivos Gobiernos y a los partidos constitucionalistas incapacitándolos para generar una cultura del encuentro y reconciliación entre españoles. El irredentismo, el guerracivilismo, el recurso malévolo a la Memoria Histórica están señalándonos que, si nuestra democracia no ha sabido enseñar cuál fue el error de la II República y el sustrato de la guerra civil, es porque fue oportunista aquella Transición que silenciaba de dónde veníamos y por qué queríamos ser otra cosa que en nuestro pasado. O sea, en el período constitucional lo fallido fue la no referencia al pasado, a lo histórico. La segunda generación ha terminado por rematar aún más oportunistamente aquel error.

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